En tanto la desmesura del arte no permanezca única y exclusivamente a la naturaleza, existirá una distancia insalvable que separará a hombres y mujeres en sus ansias por expresar un fenómeno artístico. Si nos detenemos a contemplar un paisaje, por ejemplo, del litoral santafesino, presenciaremos la armonía de colores, formas, matices, sonidos, texturas y brisas suficientes como para que ningún artificio sea requerido para sublimar el momento. A lo sumo podrá complementarla, generando o reproduciendo una música que lo acompañe o que esté inspirada allí mismo; pintando un cuadro que busque asemejarse al paisaje sin poder lograrlo; erigiendo en arcilla la figura totémica de la madre tierra como duplicado y agradeciendo a la mano que ofrece dicho espectáculo. Pero, ¿qué pasa con la desmesura? Ese desborde tan cercano al caos que tanto nos preocupa, pero que tanto anhelamos. Se encuentra, en este caso, en las explosiones nubosas que, algunas, poseen movimiento, otras invaden un fondo profundo; otras un horizonte más cercano, ciertas prometen la luz solar que ahora ocultan; otras se tensan con la pesadez de la lluvia venidera o pasajera. En sí, todo se desfasa de la apolínea imagen del marrón y el verde, del agua y de la tierra, como también del macrocosmos vegetal barranca abajo donde existe una lucha voraz por la vida y la coexistencia. Hasta aquí llegamos y el desborde se nos ofrece adaptable e incluso controlable y, de hecho, todo es una forma definida que nos rodea, en apariencia. Sin embargo, una vez vuelto el contemplador o contempladora a la arquitectura de la civilización, buscará resignificar la finitud de su retención y el aplacamiento que descarga el mundo de cemento al que pertenece y deberá preguntarse cómo puede poner en marcha artísticamente eso que lo movilizó y ahora debe pasar a ser su creación. Nuevamente, la distancia se manifiesta certera, en principio y fundamentalmente porque no todos poseen el beneficio económico de adquirir todos los materiales y las cantidades necesarias para llevar adelante un arte de la desmesura. Y de poseerlos, no todos pueden darse el lujo de tenerlos a todos en las cantidades suficientes, tampoco de liberar las fuerzas internas que intentan plasmarla y son como esas nubes estalladas en un varietal ahora indómito. Incluso en la libertad supuesta que da el arte, el que busca crear se verá atado en su (im)posibilidad material, debiendo aprender a mesurar sus impulsos si no quiere quedar con la manifestación inconclusa. ¿Controlar la pasión arrolladora o afrontar una obra a medias expresada? He aquí que el conocimiento de usos y técnicas para lograr grandes expulsiones del sinsentido existencial deberían considerar la posibilidad de que todos y todas podamos configurar el elemento artístico bajo una estrategia inagotable, más allá de la precariedad económica. Tan vital como convertir el agua en vino.
El Narrador Tardío
1) Los títulos de los textos son palabras aleatorias. 2) Dichas palabras aparecerán en algún lugar incierto del texto. 3) El contenido de lo escrito no responde al sentido deliberado de tales palabras; también es un producto del azar. 4) La extensión de cada texto es la digitilización de una página escrita a máquina (Olivetti Lettera 32).
ESPINAS
Quien descubre el dolor posee la ventaja de distinguir entre ese sentimiento y algún otro que, para no caer en dicotomías falsas, denominaremos no-dolor. Las del último grupo son de gamas variadas y muchas veces se confunden con el placer, por lo tanto, rompen la posibilidad de cotejar las experiencias en un uno contra uno. La ventaja no corre en relación a su historicidad, como en un antes y después de no conocer el dolor y sí adquirir su certeza, sino en concomitancia con otros individuos que han nacido en el dolor y les cuesta reconocer otra experiencia que no sea esa misma, como una cicatriz que siempre se rasca cuando está a punto de sanar. Hace tiempo, tuve una discusión con mi novio. Estábamos de viaje de vacaciones con otra pareja amiga. Ellas discutían casi todos los días por nimiedades (desde nuestra perspectiva) y nosotros podíamos anclar, en nuestro sentido crítico, la solidez del vínculo que creíamos tener y ellas carecer; con la calma de quien ya superó esa instancia de la discusión fácil y por todo. Un día, a la hora del almuerzo, la novia de mi amiga se puso a relatar algunas historias de su pasado, de su infancia (o de cuando era niña, porque no podría decirse que experimentó dicha etapa del desarrollo humano) hasta llegar a su precoz adultez, salteándose todo período previo. A medida que iba y venía con el relato de sus experiencias, la tragedia, el desamparo, la marginalidad y las malas decisiones competían para ver quién era la más lacerante. No solo su vida era una sucesión de desgracias, también las de sus padres (biológicos y adoptivos), las de sus abuelos (había una abuela, hay cosas que no se pueden olvidar y deben ser dichas, que había querido asesinarla arrojándole un ladrillo desde el techo de su casa), las de sus hermanos y hermanas (que no habían corrido mejor suerte que ella); su propio cuerpo (con una sangre que, análogamente, había estado enferma hasta hacía no mucho) y así, ordenadamente, una tras otra comentaba las causas por las que debía sentirse agradecida de estar hoy donde estaba. Por la tarde de ese mismo día, mi novio y yo discutimos. Los motivos, justicieramente, fueron trivialidades de la vida conyugal. De ese cortocircuito salí despedida a caminar para poder respirar con tranquilidad y calmar mi bronca mezclada con lo que, para mí, era el dolor. Llegué a un terreno de césped cortado al ras, limpio y deshabitado a la vera de un afluente del río. Una barranca se mostraba perpendicular con una inclinación de unos cuatro o cinco metros. Miré ese borde, ese límite, y vi todos los arbustos crecidos mezclados con cardos, pequeñas flores, espinas, troncos en estado de putrefacción, micro movimientos que delataban vida en ese híbrido. Entendí que mi vida había sido ese mismo terreno cuidado y bucólico que yo pisaba y mi situación vigente una declinación hacia el grado cero de la existencia como lo es el dolor. Y también comprendí a esa chica, novia de mi amiga, que vivió toda su estadía en este mundo en ese precipicio buscando, poco a poco, discusión a discusión, frustración tras frustración, llegar al plano estable en el que el dolor no sea una constante o, al menos, la única sensación conocida y por conocer.
CÁSCARA
CONTINUUM
Esto sucede, como debe ser, en el viaje de regreso a casa desde el trabajo arriba de un colectivo. Quien narra se toma el atrevimiento deliberado de observar críticamente a los que comparten el habitáculo enlatado con él. Se hace el que escucha música pero no tiene puesta ninguna melodía, solo se dedica a escudriñar y escuchar. El área, en general, está muy callada de voces; no así el exterior motriz, que ofrece el típico concierto de una ciudad metropolitana un miércoles a las cuatro de la tarde. También la luz del sol brinda imágenes nítidas de los rostros con sus arrugas graduales en tanto la edad que se pueda adivinar; siendo que la faena diaria acelera el ocaso de muchas pupilas aún jóvenes. De todas maneras, fue una piel pulida y clara, tersa y blanquecina, la que le llamó la atención y prometió no olvidarse o retener lo más eficientemente para luego describirla con detalle. La cualidad de impoluto que lo sorprendió no venía de un recién nacido o de alguien cuya procedencia genética debería ser suficiente, sino de la sorpresa que daba esa piel al encontrarse en contacto con raros estímulos después de mucho tiempo. Raros para esa piel, pero no para el común de las pieles. Lo segundo fue adivinar la edad, y aunque al principio le pareció sencillo decir 16 o 17 años, después empezó a visualizar otras cosas que lo hicieron dudar: las uñas tenían una amarillento aspecto que mostraban una decena de pliegues que solo el tiempo da; las medias estaban un tanto caídas y dejaban ver un bello renegrido y rizado, rodeado de algunas manchas o moretones, incluso alguna várice arácnida; la calidad del cabello era demasiado escasa, como de una persona con insuficientes nutrientes corporales como para darle un mínimo de vigor. Un leve movimiento acomodándolo detrás de la oreja reforzó la idea de que ese supuesto joven níveo hacía mucho, demasiado posiblemente, tiempo no salía de su casa. Un último detalle lo convenció: la patilla estaba crecida confundiéndose con el nacimiento de su barba. Tanto uno como otro formaban un continuum que no transmitía un estilo estético determinado sino más bien el resultado de cierta dejadez existencial o, como prefirió considerar, el efecto de un millar de horas frente a una pantalla (o a varias) sin salir de casa. Una vez centrado en ese pasajero, llegaba el momento de pensar lo que él estaría pensando. Ya no había vuelta atrás, era una de las necesarias y clásicas jugadas del observador crítico que después pasa todo a palabras. Era el momento de convertirse en Dios. Se acomodó en su asiento e ideó: "No estuvo tan mal salir, aunque ahora estoy un poco inquieto. Me siento el olor. Eso no está bueno. El sol está fuerte, aunque hace bien. Esa piba que se subió está linda, creo que la vi en Tik Tok, nah, qué digo, si las de Tik Tok no viven acá. ¿O en Instagram era? Qué se yo. Igual esto está bueno, es como tener una vida más. Como en Dark Society II. Al final, los videojuegos me sirvieron para entender que si entreno mis diferentes skills puedo desempeñarme mejor o peor en la realidad. Sociabilidad: 4, Inteligencia: 8, Encanto: 6 (hasta 7 alcanzo); Estilo: 9; Experiencia: 5; Personalidad: 7, Misterio: 8; Tecnología: 9; Dinero: 4. Tengo que estar atento, en una de estas tengo que tocar el timbre. Mejor me paro. Mirá ese, se hace el que escucha música y me mira como un acosador. La calle está llena de locos."
COYUNTURAL
Como padre, la peor sensación de lo que desataría el terror en función explícita era una explosión súbita. Cada vez que prendía el horno, abría el agua caliente y el calefón encendía o algún elemento gaseoso de alta y espontánea combustión estaba cerca de su familia, lo invadía un escalofrío que ya había logrado socavar en gestos aprendidos, aunque por dentro el miedo lo estremeciera implacablemente. La imagen del cuerpo desmembrado de su hija o de su mujer, él intentando agarrarlas en el aire despedidas por la sorpresa y el impacto; el calor y el aturdimiento lacerando pieles y tímpanos, todo confluía en un microinstante de indefensión absoluta, donde su poder y responsabilidad quedaban sin efecto, demostrándole que, por más que se esforzase, un evento así podía arrebatarle lo más amado de manera instantánea. En realidad, no existían razones certeras para poseer estos temores, sin embargo, parecían nacer desde un lugar más primitivo que el de sus instrumentos de cocina y baño eficazmente calibrados. No sucedía lo mismo con el agua, a la que respetaba pero no así temía en demasía; los demás recursos naturales e incluso las fuerzas peligrosas provenientes de los hombres no lograban tensionarlo en situaciones cotidianas. La explosión sí. El impacto voraz y devorador lo hacía rezar por las noches antes de dormirse a una imagen de Dios que pudiese controlar tal fuerza que él no. Esto no lo había compartido con nadie, ni con la mamá de su hija siquiera, ya que ese sentimiento lo tenía antes de que la niña naciera. Todo devino cuando cayó en la cuenta de que lo que él consideraba que era amar a alguien implicaba cuidar a esa persona de los males circundantes. Se ve que su mente, hábil conspiradora, rastreó y configuró una escena que le presentara el peor de los escenarios posibles y le demostró que ya no era suficiente con desestimar la finitud de su propia existencia cuando ahora había otros que se respaldaban en él. A partir de allí, del reconocimiento de ese sentimiento que tranquilamente podía transformarse en presagio, buscó las maneras de evitar y alejar a sus seres queridos de instancias que pudiesen motivar aquellos resultados tan temidos: se encargaba de prender el horno siempre, pedía que se alejen del calefón cada vez que lavaba los platos, jamás puso un tanque de gas al auto, evitó siempre los lugares que usaran garrafas para su encendido (esto lo llevó a cancelar unas vacaciones en unas cabañas del norte hasta encontrar un hospedaje a gas natural). Pero a pesar de sus esfuerzos y contemplaciones, el tiempo pasó, su familia creció, él creció, y ese temor coyuntural lejos estuvo de disiparse. Empezó a temerle al fuego en casi todas sus formas y manifestaciones, quitándole un goce indispensable para procesar los ciclos básicos de la satisfacción, el dolor y, por sobre todo, el equilibro entre la vida y la muerte. Ya grande, entrado en años y cansado, a pedido de su intacta hija mayor, comenzó a ir a terapia.
EMINENCIAS
...nuevamente en bici, cruzo avenidas y esquivo autos, se me parte el manubrio, pero sigo andando. No tengo destino alguno. Derivo en una sala con una mesa y algunas sillas de espera. Frente a mí un señor habla con autoridad sobre literatura mientras un chico y una chica le hacen una entrevista (en realidad ella es quien pregunta, él es silencioso). La chica le hace preguntas porque quedó con ansias (de esas propias de la gula) del día anterior cuando dio muy excelentemente su examen ante la eminencia. Yo sonrío por eso, ella me detecta y me ataca: ¿De qué te ríes? La literatura también es risa, le digo. El profesor sigue hablando con monotonía y logro distinguir que le recrimina al chico: Él, con treinta años, no puede decir cómo está compuesta la palabra "alfabéticamente". Yo intento hacerlo mentalmente y fallo también. Aparece una secretaria regordeta anunciando el inicio de una reunión: ¡Acuérdense que somos la pregunta!, exclama con alegría. Ahora el profesor se transformó en una mujer emperifollada con cabellos rojizos y rulos sin densidad, pero eléctricos; viste de marrón y su mirada está siempre a punto de tornarse violenta. Comienza a hablar de la métrica poética y de sus grandes poemas. Yo intento mostrarle uno de los míos, saco mi cuaderno de mi mochila pero ella me detiene. Yo aclaro: Sí, se me complica hacer bien la métrica. Por supuesto, responde ella. ¿Cómo sabe que es así (si nunca leyó nada mío)? Yo lo sé, -y su mirada que busco y rebusco es inapelable- podrías estar muchísimos años intentándolo (o algo similar de hiriente), termina de espetarme antes de que la pequeña regordeta los apure una vez más: ¡Somos la pregunta!, vuelve a exclamar. La mujer, siento, antes de entrar a la reunión me regala un halago implícito. Ahora en la sala hay nuevos profesores (una que reconozco mastica una aceituna), todos quieren que les cuente qué me dijo la eminencia colorada. Yo, despierto.
NIEVE
A quienes creen que los recorridos tienen una preconcepción, no solo por los tiempos en los que se realizan o cumplen en base a las expectativas sino también por las determinaciones que supuestamente nos rigen a partir del lugar donde hemos nacido, a esos me gustaría contarles las infinitas historias que reúnen a aquellos que todavía no hicieron lo que la mayoría sí. Y como no voy a poder contarlas a todas, voy a quedarme con una, con la que para mí resume los esfuerzos por llegar a instancias que deberían garantizarnos la felicidad, pero, así y todo, nos siguen dejando el sinsabor de lo no vivido. Experiencias que tardan en aparecer y, casi sin darnos cuentas, vamos desechando hasta quedarnos con el resabio de un mundo empobrecido dentro de lo ya reticente de las posibilidades. Irene fue mi novia durante cuatro años. En esa época ambos estábamos saliendo de los condicionamientos familiares y empezábamos a gozar de una independencia que nos daba mucho tiempo aunque poco dinero. Nuestros primeros viajes fueron a destinos clásicos como el mar en verano y la montaña, también en verano, ya que no podíamos elegir mucho por las limitaciones esgrimidas. Siempre íbamos de camping y, hasta que yo aprendí a manejar, nos desplazamos en colectivo y hemos hecho dedo en más de una ocasión. En unas de nuestras vacaciones en las montañas ella me mencionó lo hermoso que sería ver todo ese escenario cubierto de nieve. Yo continué con ese hilo mencionando otros viajes que había podido realizar con mi familia y con amigos, sin olvidar el, ya no, clásico viaje de egresados. Estaba en el medio de mi disertación sobre deportes sobre hielo y vi que su mirada estaba en otro lado, mientras con nervios inconscientes arrancaba motas de pasto. Me detuve abruptamente y le pregunté qué le pasaba. Luego de unos sucesivos e incómodos nadas, me confesó que nunca había conocido la nieve. Más de un año y medio estuvimos planeando el viaje a las montañas en otoño-invierno. Estiramos al máximo la fecha de partida para que las nevadas llegaran antes que nosotros. Estuvimos más de diez días en nuestro destino y las lluvias fueron permanentes. La inclemencia de la naturaleza fue tal que el camino en aerosillas a las cimas estuvieron todas inhabilitadas por días. Con el más profundo de los dolores, y el peor sentimiento de resignación en ella, volvimos a casa sin haber cumplido el sueño de Irene. Tiempo después, una vez separados, nos encontramos en la peatonal y charlando me dijo que todavía no la conocía. Deseé que la persona con la que estuviese tenga un pacto mejor con el destino o la naturaleza para poder darle algo que, para mí, es inherente a lo que significa vivir. Por otra parte, sin darme cuenta, la historia de Irene me demostró que toda la armonía que yo podía aspirar sobre lo que me rodeaba estaba lejos de ser remotamente así y, por sobretodo, depender de mí.
ROEDOR
Los trabajos universitarios tienen, entre sus tan pocas formas avaladas de realizarlos, una que consiste en tomar un hilo conductor y hacerlo dialogar (palabras o frase muy recurrentemente pedagógica) con dos, tres y no muchas más literaturas (en este, mi campo de estudio). Entonces, se puede hacer un análisis sobre las formas de violencia doméstica del Siglo XX en Europa Oriental utilizando la intertextualidad entre Los Hermanos Karamazov y Ana Karenina. De allí pueden desprenderse múltiples aristas o subtítulos que no vienen al caso. Hubo una vez, cuando ya no iba más a la universidad porque no me daban las pestañas (ni las neuronas) que hice un ensayo (sin saber, en ese momento, que lo era) para la carrera de nivel terciario sobre la concepción de la infancia como una etapa reconocida dentro del crecimiento humano vista desde una selección dentro de un libro de George Duby y dos literaturas. Estas últimas, lamentablemente, ya no las recuerdo. Sí recuerdo que quedé muy conforme con esa puesta en escena que fue, ni más ni menos, frente a una docente que dictaba cátedra en la universidad y luego, al final de la carrera, me confesó que me hubiese ido muy bien en el ámbito universitario. Supongo que ella no debe recordar eso que me dijo, pero por suerte la memoria es una de las pocas y reales propiedades de hecho, tanto así como lo que consideramos memorable. Este mediodía, durante el almuerzo con mi novia, nos propusimos que la comida durase treinta minutos. A los cinco ya me había devorado tres cuartas partes de mi plato. No tenés que cortar un pedazo mientras tenés otro en la boca todavía. Comé como un roedor: de a poco pero masticando mucho, me aleccionaba cual primate (con el perdón de los primos evolutivos). En ese período que duró el almuerzo me puse a pensar en el tiempo que le dedicaban las familias, los hombres y mujeres con sus hijos, parientes, vecinos, conocidos, de hace cientos (por qué no miles) de años para ese ritual del día. Horas tal vez, compartiendo el alimento cotidianamente sin la necesidad de salir despavoridos a retomar alguna actividad o simplemente revisar el celular. Creo que sería un buen tema para un ensayo universitario detectar algunos registros temporales del acto de almorzar o cenar en ciertas literaturas de determinadas épocas. Puede que algunos autores se detuviesen en ese aspecto como parte de una cotidianidad, marcando un poco más la huida de comida veloz en la que hemos convertido nosotros el compartir una mesa o, en realidad, un alimento.
PARKOUR
¡Eso no cuenta como salto!, gritó Adrián desde la otra orilla. Nico lo miraba molesto mientras se limpiaba las rodillas con las manos. Por supuesto que sí, viejo, respondió señalando el espacio de aire que los distanciaba. No está permitido agarrarse de ninguna cosa para cruzar, querido. Las consignas eran claras; habían sido redactadas aquella tarde en el Parque Botánico cuando decidieron oficializar lo que parecía un pasatiempo. Carajo, siempre se me olvida eso, venía perfecto. Es que si no me impulso con la ayuda de la antena no creo que llegue. Ese no es mi problema, la fuerza viene de este templo –Nico golpeaba su pecho y sus piernas- y no de artificios externos. Bien, es verdad eso, pero eso lo decís porque sabés que tenés más fuerza de piernas que yo. ¿Vas a seguir buscando excusas o vas a volver a hacerlo? No, ya me cansé, vamos a otro lugar. Ah, claramente estás asustado. No. Sí. Ok, ahí voy. Nico se dejó caer por una pared hasta un techo, cayó de nuevo en una saliente, bajó unas escaleras, se tomó de un caño de agua que cruzaba de edificio a edificio y volvió a retomar el camino ascendente. Acordate, no te agarres de nada. No. Adrián observaba la escena con mucha atención; antes de saltar, Nico lo miró, lo vio pestañear y se sorprendió. Al despertar, Nico vio una luz amarillenta y sintió gusto a metal en la boca, sobre él había una figura con aspecto humano pero que no lograba identificar. No es Adrián, se dijo. Volvió a perder el conocimiento. Al recuperarlo una ráfaga de viento fue lo primero que recibió, la sintió primero en las piernas, luego en los brazos y por último en la cara. Al mirar hacia abajo vio la rugosidad de los techos. No estoy en el piso, se dijo. Al mirar hacia adelante se vio venir. Estaba subiendo la escalera e iba decidido a saltar, veía la secuencia, se veía caer y sentía desvanecerse. Una vez más despertaba, ahora en el piso, un líquido caliente se deslizaba desde una oreja en tanto todo alrededor se batía inestable. No puedo moverme. Miró hacia arriba, no había más que cielo y dos edificios enfrentados, pestañeó, al abrir los ojos vio aparecer una cabeza por sobre el edificio derecho, la figura se alargó toda sombra, se estiró y vino sobre él entrando por su boca llenándolo hasta descomponerlo. La oscuridad invadió. La cuarta vez que volvió en sí, se vio venir nuevamente, decidido. Abrió sus ojos lo más que pudo y quiso gritar, le fue imposible. Pestañeó, vio su salto, vio su error de cálculo y se vio caer. Se desmayó. Al despertar, Adrián no sabía cuánto tiempo había pasado, caminó hasta el borde, se asomó y vio a Nico tirado en el piso, un hilo de sangre salía de su cabeza. Desesperado abrió su boca y con fuerza inhumana gritó: ¡Adrián!
INTACTA
Los primeros testigos fueron dos vecinos, es más, fueron ellos quienes los encontraron. Para su poca suerte uno era pariente, primo hermano, así que en realidad la impresión fue doble o cuádruple. De todas maneras, poco significó frente a la magnitud total de la evidencia hallada. El verano tardaba en llegar, se repartía entre cambios de vientos y calentamientos globales que traían consigo intervalos de altas lluvias y bajas temperaturas. No obstante, esos últimos días, la calidez había estado pareja durante casi una semana permitiéndole a este grupo de cuatro integrantes concretar su despedida de año, que en realidad era festejo del día del amigo, tan habitual en el mes de diciembre. Muy cerca se encontraron un par de pelotas, lo que permite estipular que algún juego de fútbol se había realizado promediando la tarde del sábado; una mesa casi cuadrada de aproximadamente un metro de lado por sesenta centímetros de alto al principio generó muchas dudas, pero se dedujo que también podría haber sido utilizada para practicar cierto fútbol-tenis con variante de pique. A su vez, desperdigados alrededor, se hallaron diversos elementos propios de un evento veraniego. Ahora bien, si del hecho puntual hay que referirse podría mencionarse que, tal como sucede con las noticias escabrosas, hay un pacto entre las instituciones gubernamentales y los medios de comunicación en no brindar detalles a la población en general. No por lo improbable de su acaecimiento sino por la magnificencia de su rastro, casi artístico, a la par de lo trágico de su consecuencia. Hay una serie de factores que deben confluir para que esto se produzca: la aleación química sumada a la fuerza del impacto que estatúa los elementos sólidos y evapora los líquidos, la zona de presión atmosférica llevada al mínimo y el cruce de temperaturas que oscilan en una variable de tiempo muy corta. Cerca de las 20:30 hs, aún con el sol amagando a irse, los vientos confundían a la nubosidad pero principalmente a los humanos. Desde la ciudad todo parecía más peligroso, desde el llano césped solo una tormenta más. Con lo que quedaba de energía, y ánimos, se supone que los jóvenes terminaron de sobredorar sus pieles en un partido de fút-table y se lanzaron presos del calor a las aguas de la pileta. Alguno de ellos, más precavido, fue en busca de una lata de cerveza para refrescarse aún más. Una vez todos adentro se quedaron en la charla habitual de los desacostumbrados a nadar cuando se acerca una tormenta. Habrían incluso hecho chistes sobre la tan poco probable chance de que sucediera algo así. Lo cierto es que todos vieron, tanto en la ciudad como en las afueras, ese cielo algodonado trazar figuras de pliegues sobre pliegues confluyendo en un gran ano gris. Y el movimiento fue tan súbito que solo nos queda imaginar lo que la naturaleza nos dejó. El aeródromo situado a escasos kilómetros todavía no puede explicar por qué sus instalaciones preventivas no fueron efectivas. Tal vez, en una deducción un tanto metafísica, fue esa comunión única de la amistad lo que desvió la atención del fenómeno. Se llegó a decir que el número de ph o la concentración de cloro fueron los elementos seductores, otros solo se lo atribuyen al azar. La mañana siguiente, después de una noche intermitente de destellos y centellas, el día estuvo de nuevo caluroso. Impecable verano. Brillante como la purga de un trabajo arqueológico, tallado con precisión quirúrgica como un Miguel Ángel. Nunca fue necesario reconocer las identidades. Tal cual un museo, como el flash de una foto, la luz se precipitó, los atrapó en burbujas interminables de energía y sin que pudiesen pestañear los dejó a todos descansando exactamente como estaban disfrutando. Una lata, imperial, quedó intacta, sostenida entre los dedos de ese primo que no pudo llevársela a la boca pero sí evidenciar su sed.
DETERGENTE
Sucedió que salía de trabajar un sábado. Sí, sábado. Y me puse la campera primero por la manga izquierda y luego por la derecha. Me costó hacerlo porque comúnmente uno lo hace al revés o al menos ni se fija cómo lo hace. Qué me movió a generar tal cambio en mi universo no lo sé. No obstante, estaba realizando una acción comúnmente inconsciente de forma totalmente consciente y a su vez la estaba modificando. Abría la puerta del azar solo por curiosidad. Llego a la esquina, cruzo, voy en busca de mi bicicleta. En el camino surge una madre con su bebé, que recién daba sus primeros pasos. Acaricio suavemente un bucle rubio de su cabeza, introduzco la llave en el candado y ahí lo veo. El desencadenamiento de lo inevitable, la catástrofe hecha fruto cuando recién plantada la semilla. Y ahí estaba mi insolencia de ponerme la campera de otro modo plasmada. La rueda trasera totalmente doblada. Te la hicieron un ocho, me dijo la madre de la criatura que ahora eran atroces y detestables. Un acto de maltrato puramente despiadado ¿Sirve que me detenga a pensar si fue algo voluntario o no? ¿Si nació de un corazón por demás de maligno y dañino o fue solo un accidente (extraño de por sí)? No, no sirve de nada. Pero quién me quita el bodoque de bronca clavado en el pecho. Hice quince cuadras con la bici al hombro, en realidad diez porque me ayudó Rama (un amigo) el primer tramo, hasta mi departamento. Almorcé siendo las 14:30 y me dispuse a ir al súper siendo que hace semanas el detergente de la cocina es agua enjabonada.Ya sentía una molestia en la sien que seguramente venía de mi ceño fruncido como papel abollado. Cruzo Alvear altura Catamarca y alguien desde un auto me dice Pelotudo. ¿En serio? ¿Me acaban de decir Pelotudo? No, no creo. Miro al auto ya desde atrás, el conductor saca su brazo por la ventana y sí, me hace fuck you. Perfecto, no me equivoqué, ese completo extraño me dijo Pelotudo. Soy un agujero negro, ahora absorbo como el triángulo de las bermudas la riada de bosta que el universo despliega ante mi camino. Si alguien viene y se acerca va a sentir mi vaho maloliente y mi aura oscura tornándose cada vez más y más opaca. Fui, compré, pagué, salí. “Nada malo, nada nuevo malo. Nada malo por favor. Ya entendí el mensaje. Me quedo en el molde. Hoy no es hoy. Ya no pasa nada bueno hoy.” Caminé de vuelta, el cielo amenazaba con llover a cantaros, apuré el tranco, iba casi trotando. El viento movía las ramas y parecía mufarse de mi velocidad insuficiente. Estoy a una cuadra. Ya llego. Sí, me encierro for ever and ever en lo que queda de este sábado 4 de algún mes de mierda. Un auto sube a la vereda para meterse en una cochera, paso frente a su trompa, la bocina estalla a fondo ante mi humanidad. No lo puedo creer. Miro de reojo mordiéndome la puteada. No me voy a detener ante un potencial conflicto. Sigo caminando. A los dos metros me llaman. Giro mi cabeza y reconozco a un amigo de mi infancia. Me vuelvo, lo abrazo casi con ganas de llorar sobre su hombro y nos quedamos charlando. Su papá fue mi profesor de educación física y técnico de handball durante toda mi adolescencia, reconozco en él los gestos del pasado olvidados, la misma forma de mover sus manos, los mismos tics nerviosos. Épocas de gloria y de lo que uno ya no es pero fue y seguirá siendo. Fueron cinco minutos y nos despedimos. Volví a casa. En estos minutos, mientras escribo, el cielo se desploma en una tarde que se transformó en noche, relámpagos desde el sur y el oeste rajan la tierra a la distancia. La campera gira y gira sola en el lavarropas.
CAPITAL
No sé bien como expresarlo, digamos que es una especie de mundo dentro de otro mundo. Un plano interior abarcado por otro de mayor magnitud y resonancia. Una mamushka social pero aún así determinada por fuerzas similares e incluso análogas en pureza. A lo sumo la diferencia es mínima y compensada desde otro ángulo. La cuestión y la observación son las siguientes: dentro de un marco local, de pueblo, aldea, comunidad o conjunto de personas reducido, surge una banda musical conformada por un grupo de jóvenes (y otros no tanto) que comienzan a hacer temas propios teniendo contadas participaciones en los bares. Se hacen famosos en esa escala, la del boca en boca, la de la radio de ahí, la del club en el aniversario de la fundación del pueblo. Allí permanecen durante años y años casi siempre con los mismos integrantes exceptuando los que algún día se cansan o los que pasan a mejor vida, entre otros avatares. Pero jamás trascienden de esa dimensión hogareña donde todos se conocen con todos. Están cómodos, su música es escuchada y representan la voz popular, pequeña, pero popular al fin. Los niños aman sus recitales por la variedad polifónica que presentan y los ancianos siguen yendo a verlos porque reproducen los clásicos que escuchaban en su juventud y para ambos, tanto pequeños como adultos, la armonía está bien lograda, tiene identidad y la práctica los hace excelentes. Ahora bien, en ese plano dicha banda tiene éxito. Su meta está lograda. Lo poco que tenían lo hicieron mucho y encontraron su lugar en el mundo. Tal vez por negligencia, tal vez por no animarse al salto que implicaba tomar el auto del batero e ir a probar suerte a la capital, tal vez, sí, por cuestiones de destino, su realidad fue quedar anclados en el seno de su lugar natal dándole vida con la música que gestaban. Con los mismos parámetros quiero evaluar a la otra banda, a aquella que es mundialmente conocida y posee millones de seguidores que conocen su discografía y se tatúan su logo en el cuerpo. Hay éxito, por supuesto. Hay un fin logrado mucho más masivo evidentemente pero en definitiva tanto una formación como la otra logra su cometido de hacer nacer música para el regocijo propio y de los demás. Para darle un sentido a todo esto, hablando mal y pronto. El eje de por qué uno logra trascendencia mientras que el otro queda sumido en la mamushka más pequeña, no lo sabemos. Revolotean palabras fuertes en su contenido como azar, arriesgue, destino. En definitiva, unos se quedan donde nacieron, otros conocen el globo terráqueo con su música. Ambos logran una especie de éxito y mueven el nervio vital de quienes oyen. Con esto quiero demostrar, simplemente, que dentro de los planos cortos y allegados uno puede lograr la satisfacción de dar lo que tiene para dar. Puede que el superar nuestra esfera cuasi privada no dependa exclusivamente de nosotros pero al fin y al cabo la espiritualidad que tiene la música no podemos perderla. No es conformismo, no es delirio de grandeza, es saber gozar lo que se tiene cuando se lo tiene y no desaprovechar el recurso máximo que tiene el poder crear música.
ANILLO
En la comunidad se tomó la información como de quien venía. Para poder hacerla asunto de estado debía ser chequeada por integrantes del departamento de ciencia correspondiente y, una vez hecho esto, comunicárselo a las altas esferas para que decidieran transmitírselo a la generación vigente o esperar a que la venidera, tan pronta, gozase de dicho descubrimiento. El lugar del hallazgo, generalmente, está repleto de malos olores y figuras extrañas que se acercan algunas a hacer fluir el agua y otras a eliminar excrecencias. Estos últimos son las víctimas predilectas para la población, ya que están durante un período prolongado mirando un objeto aún más extraño y suelen elevar temperatura, permitiendo mayor atracción a los fines de la alimentación. Por su parte, el ser que suele ir a beber o a veces a recostarse en el agua no es el de interés tanto para la población como para él mismo. Su afán están más con las primas genéticas que comparten el cielo y la humedad. El hecho, puntualmente, sucedió a media tarde de un día caluroso, ideal para las labores y la procreación. Una de las figuras, la que más transpiración apetitosamente generaba, estaba lavando las distintas superficies del cuadrante donde, según el informe, una decena de pobladores merodeaban por distintos rincones. En su mano derecha portaba un trapo color verde y en la izquierda una botella con una especie de difusor. El blanco no era sencillo de aproximación, ya que su movimiento era continuo y el grado de atención elevado, como para no ser víctima de un descuido en la zona de los tobillos, que sueles ser la más accesible. Sin embargo, el poblador Nro. 47.052 de la era 20/21 decidió acercársele a un sector cercano a una extremidad izquierdo. La víctima hizo un giro veloz hacia ese sentido y generó que Nro. 47.052 descendiese abruptamente a la plataforma blanca que obstruye el lugar que utilizan para defecar. Allí, sin tiempo de reacción, recibió una lluvia proveniente de la botella. El líquido inutilizó las alas, pero Nro. 47.052 dio batalla queriendo remontar vuelo; otra embestida lo embebió en el líquido quedando paralizado bajo una muerte, se infiere, dolorosa. La figura continuó con sus movimientos hasta retirarse del cuadrante y, por último, rociarlo con un spray de agradable aroma. Lo que no pudo percibir fue que del cuerpo desechado de Nro. 47.052 una iridiscencia comenzó a resplandecer desde el tercer anillo de su abdomen. Según el informante, sus alas se regeneraron y su zumbido se asemejó al de las primas, aunque su mirada ya no era la de él, ni la de nadie.
JIRONES
Salió despedida de la antesala y el pasillo abovedado rumbo hacia la calle. La excusa era que faltaba leche, pero, por dentro, se drenaba una necesidad de desprenderse de ese hálito que envolvía el 2377 de la cortada Irizabal. Hacía días, semanas tal vez, que las cosas no estaban bien. Mamá cargaba una tristeza muy profunda luego del diagnóstico de la tía Vilma: cáncer. Era la palabra que de a poco dejó de ser tabú, pero no por eso menos dolorosa al nombrarla, como si fuese el error de todo aquello que aparentaba estar tan bien y que empezaba a trazar una fractura de generación en generación, cargando la sangre de hiel, dañando irreversiblemente la información cromosómica. Ella era parte de esa cadena, un eslabón más que, hasta hace unos meses, se preocupaba por ver si podía llegar a juntar la plata para el recital de Ca7riel y Paco Amoroso y ahora se sentía contaminada por algo que no había elegido y le tocaba simplemente por ser parte de su familia. Por nacer donde naciste, se repetía mientras cruzaba esquinas casi sin mirar si venía un auto. Reflexionaba sobre la desdicha de haber nacido bajo ese apellido o apellidos, el materno era el problema, o esa circunstancia o contexto. Solo podía ver la nube por encima de su cabeza, aunque no lograba trasladar la inducción a que no solo ella era presa de esa suerte, buena o mala. Recién cuando se alejó del calor del hogar, no sin antes dar los portazos necesarios, pudo ver que ese sino lo lleva cada uno y una adonde va, pero que rara vez se aplica al enjuiciar al que tenemos al lado. El otro tiene oportunidades, yo solo soy una víctima de mi destino, reflexionaba sinuosamente. En el camino que unía su casa con el almacén, también rememoró sus momentos con la tía enferma, como despidiéndose de antemano o viendo si su relación había sido lo suficientemente estrecha o quedaba algo por hacer. Concluyó que se veían muy poco y el dolor llegaba más por el padecimiento de mamá que de ella misma. Giró en una ochava y pudo detectar que el paredón había sido pintado con cal blanca y encima se habían pintado en negro las siguientes palabras: UN CORAZÓN HECHO JIRONES SIGUE SIENDO UN CORAZÓN, firmado por Poesía en acción. Se detuvo un instante para ver si lo que leía era efectivamente eso. Y así fue. Si esta es la poesía que nos va a salvar, estamos condenados, dijo al aire, apretando los puños. Siguió cincuenta metros más y llegó al almacén. Al ser atendida, ya se había olvidado por qué estaba allí, cediéndole su lugar a otro cliente para poder pensar. Recordó la leche y esperó su turno nuevamente. El almacenero buscó en la heladera el sachet y extenidéndolo le preguntó: ...y decime, ¿cómo está tu tía? Ahí supo, con certeza, que debía irse de una y definitivamente de ese pueblo.
DRAGÓN
Fue una de las primeras salidas que hizo Bruno junto a sus dos hermanos mayores. Los más grandes minimizaban el acontecimiento, pero ya habían recibido el apercibimiento durante la tarde por parte de sus padres, en especial de la madre. Por la noche, se dirigieron los tres a la casa de Fausto, que celebraba su cumpleaños en el garage acondicionado para tal celebración. Al principio, los saludos hacia Bruno fueron especiales dada la particular circunstancia, pero a medida que se adentraba la noche, ya casi nadie le prestaba atención y, de a poco, él mismo se fue apartando hasta quedar en un rincón cercano a la puerta principal y, a su vez, a la del baño. Esta ubicación impidió que ellas lo vieran. Un grupo de chicas que ingresó casi en manada y claramente no eran las amigas del curso de sus hermanos. Saludaron a la mayoría tomando el control de la música y del ánimo festivo, una o dos se percataron de la presencia del individuo del rincón, pero ninguna le dio demasiada importancia. Bruno estaba pronto a irse a su casa (la condición que mantenía con sus hermanos era simplemente avisar), pero cuando salió de la oscuridad notó que lo poco que había tomado de alcohol estaba haciendo efecto y, lejos de generarle temor, lo envalentonó. Se acercó a la mesa donde estaban las bebidas e intercambiando miradas cómplices con los amigos de sus hermanos se sirvió un trago más. El panorama se abrió hacia una claridad inusitada y todos los peones parecieron moverse para dejar a merced la única mesa libre en el fondo que le permitiría recorrer de punta a punta el territorio peligroso dela pista de baile de manera ilesa. Así como él arribaba a la mesa, también lo hacían dos chicas y un chico dispuestos a jugar un partido de truco. Ante la falta de un cuarto jugador, lo invitaron dándole un protagonismo que Bruno no buscaba, aunque no le molestaba. Sin embargo, ya sea por el alcohol o por su propia personalidad definiéndose en ese preciso momento, dijo que sí e intentó cumplir con su rol lo mejor posible. Nada de eso fue fácil porque los reyes lo pusieron a jugar de compañero con una chica a la que no pudo dejar de contemplar, no solo para transmitir y recibir las señas propias del juego, sino porque de su antebrazo, ascendiendo hasta su hombro, tenía tatuado un dragón que combinaba rojos, violetas, rosas intensos y azules marinos, despertando los pensamientos y sentimientos más contradictorios y menos eficaces para ganar cualquier partida. Al decretarse la derrota, no le quedó más opción que levantarse de su asiento para darle lugar a otra pareja ganándose un sos horrible de su compañera y un guió de ojos que quedaron en ese espacio innegable donde los mejores sueños y fantasías de Bruno sucederán arriba de un tatuado dragón.
TÉ
-¿Y para vos qué es?
- Un pantalón sin división.
Y me sorprendí de mi respuesta. Hacía tiempo que me sentía extremadamente preciso en mis intervenciones orales, por más que en sí solo fueran o sonaran como estupideces o nimiedades. La vida de los sueños, ciertamente, ahora que poseía tiempo por las tardes para poder dormir siestas sin límite, se había acrecentado en cantidad y variedad. Eso me brindaba energía y sagacidad, creía yo, para, a la vuelta, en el plano consciente, escuchar con atención y responder de forma superadora o resuelta, por más que, repito, el diálogo parezca más inverosímil de lo que fue. Yo lo reducía casi todo a la posibilidad de introducirme en silencio y bien reposado en el universo de incongruencias atemporales. No hacía mucho, había esbozado una teoría en la que, en los sueños, las asociaciones se realizaban por eslabones temáticos, mientras que en la vigilia se producían por encadenamientos temporales. Esto me lleva a uno de mis últimos sueños en el que seres de hace diez años se pusieron en interacción con los de un pasado no muy remoto y, a su vez, con caras que había cruzado o imaginado esa misma mañana. El resultado fue una reunión bastante orgiástica, pero con el hilo conductor de ser todos personajes del ámbito estudiantil o académico. Al regreso, quedó un dejo de libido (no necesariamente sexual) que me hizo decir o hacer cosas a personas que rara vez podría llegar a atribuírseles. Por lo tanto, y aquí viene el punto por el cual inicié este bosquejo, en mí también hay un efecto libidinoso que es resabio de ese camposanto onírico que me da una fertilidad en la sinapsis y me aligera el celo que se siente al introducir la palabra productiva en el gran manto del discurso. O quizás me da el silencio y la paciencia necesaria para dar una estocada cuando el otro calla. Ayer fui a visitar a la hija de la prima de mi novia, tres años tiene, al principio no reconocía mi existencia, paseaba su mirada y se detenía en su madre o en otras personas presentes. Bastó para que me diese permiso para sentarme en su mesa de té para que en un intercambio no tan confuso, que podría catalogarse como diálogo, le pudiese explicar en una oración que jugar implicaba una cuota de compromiso por parte de los dos, ya que, si yo solo obedecía a todo lo que ella solicitaba, todo se resumía a un simple capricho. Esto, en otra etapa de mis sueños, no se lo podría haber explicado de ninguna manera.
HUELLA
La costumbre indica que los viajes de retorno, luego de unas vacaciones, suelen ser más largos y tediosos que los de ida. Está a las claras el por qué: la emoción de ir de un punto a otro es distinta, las ganas de estarlo es otra, la paciencia con la que se abordan también. En fin, obviamente estamos hablando de viajes hechos en auto, donde todo se hace más ameno si hay varios que conduzcan. La cuestión es que en el viaje que unió la ciudad de Curuzú Cuatiá con Las Grutas, fuimos tres los pasajeros y solo uno tenía noción de manejo. La distancia supera apenas los mil kilómetros, pero eso trasladado a tiempo sobre el asfalto es de casi diez horas. La ida y todo lo acontecido durante los días que nos quedamos allá son dignos de contar, pero en alguna crónica de esas cargadas de anécdotas positivas y gratas. Pero lo que voy a relatar corresponde al regreso del mismo, a bordo de un Renault Gol dotado de los requerimientos mínimos en cuanto a tecnología y comodidad; el "básico" como se le suele llamar. Es pertinente mencionar lo acontecido la noche anterior a la salida, debido a que es un atenuante significativo para el resto del tramo. Teníamos pensado retornar una vez nos levantásemos de la salida nocturna final, bien dormidos y descansados. Habíamos conocido, unos días antes, a unas cordobesas con las que entablamos una de esas relaciones propias de las vacaciones y, entre una cosa y otra, regresamos al departamento que alquilábamos pasadas las cinco de la madrugada, pensando que gozaríamos mínimo de siete y ocho horas de sueño. Sin embargo, a las diez de la mañana, nos golpean la puerta solicitándonos que dejemos el lugar, ya que otros inquilinos esperaban por entrar. A pesar de nuestras quejas, tenían razón. Apuramos el empaque y salimos hacia la playa, que era el único espacio donde no nos iban a cobrar por quedarnos. Dormimos mal y acalorados. Nos despedimos de nuestras amigas y salimos promediando el mediodía. Rotamos el copilotaje, pero rápidamente el tercero de nosotros se durmió profundamente en el asiento trasero. La temperatura fue in crescendo y los vidrios bajos no lograban alivianar el calor, más bien todo lo contrario. El número de plásticos de botellas de agua fue aumentando en la medida que teníamos estaciones de servicio para detenernos. El sol nos pegaba recto en las piernas, haciéndonos transpirar y achicando las pupilas para enfocarnos en la ruta. Hubo un fragmento que admito haber cabeceado, es más lo hice realmente, porque al despertar solo atiné a ver al conductor que seguía firme con la mirada en el camino y me decía: Va a cambiar el panorama, señalando con el movimiento de su cuello el firmamento frente a nosotros. Tras siete minutos ya estábamos debajo de ella. Solo queríamos que el auto y sus neumáticos no salieran de la huella hecha sobre el pavimento. Nos despabilamos, pero ahora el agua venía de afuera hacia adentro. Literal. Desde la alfombra brotaba agua y solo atinábamos a reír del nerviosismo. Nuestro amigo, atrás, dormía.
ADORNO
Lo forzado de esta elaboración obliga a un discurrir de palabras que se esparcen como pasta de un pomo apretado con fuerza mientras el orificio de salida apenas supera el diámetro de la cabeza de un alfiler. Ni la música de tiempos remotos, de esos que uno imagina cuando escucha subir las escalinatas melódicas de un chelo o un piano; ni las focalizaciones en objetos que uno tiene alrededor; nada viene en ayuda cuando la obstrucción creativa manda y la obligación escrituraria apremia. La postergación satisface a la irrealización que sonríe sarcástica al saber que por más que nos alejemos, tarde o temprano hay que volver para decir algo que es muy probable no tenga sentido o redunde en cosas, conceptos, metáforas, emociones o ideales ya dichos. Una calma, una pausa, una descripción de un tejado de época donde los gatos suelen dirimir sus querellas dicen que es la solución para detener las acciones y llevar al lector a lugares que seguramente no coincidirán con los que hemos pensado al momento de escribir. Pero la imaginación, la colectiva e individual al mismo tiempo, es el común denominador para compartir eso que el mundo llama literatura. Un adorno, un disfraz, una certeza, un punto de fuga, un modo de conocer, todas y cada una rodean nuestra corteza craneal cuando caminamos con la mirada de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Dentro, muy profundo, la inexplicabilidad yace tanto para el que escribe como para el que lee de que un tacto muy intenso unifica los tiempos y las tierras. Mientras tanto, ese esfuerzo primero se desovilla o, mejor dicho, se desanuda lentamente permitiéndonos retener en un haz de oraciones algún efecto propio, alguna imagen ajena o alguna teoría deliciosa. Entre los alambres de púa por los que arrastramos nuestro cuerpo creativo, se asoma una hoja escrita con vergüenza pero no por eso menos manchada de la sangre que solo busca decantar, junto con el tiempo que nos queda, la vida. De espaldas, doblada dentro de un folio, colgada como una prenda de un hilo y un broche o puede que reunida en un libro de un futuro inciertamente feroz, esperarán las escrituras fluidas y las trabajosas. Pensando que quien las leerá se dará cuenta del esfuerzo que demandaron y uno o una, al menos uno o una, agradecerá el sacrificio de la labor creativa, la inutilidad de la creación sin lucro, la despedida de un ignoto en los espacios blanquecinos de una, ya no, hoja en blanco. Pero primero concedámosle la vitalidad que tanto se hizo esperar, volviendo al plano de la acción, al respiro agitado y al tropiezo clandestino cuando todo parecía tan bien diagramado. Dejémosle que se oxigene bajo la rúbrica de un nuevo acontecer, un verbo que, de solo pronunciarlo, despierta la emoción del actuar. Un ordenamiento y una jerarquización del caos pleno en el pensamiento libre. Terminemos de una, y por esta vez, de escribir.
LANZAR
En sus inicios, solía ir a las plazas quedándose lejos del centro, trataba de que ninguna palabra se le escapara. Marcaba los ritmos con el pie y estaba atento a cuando alguno caía fuera o tropezaba. Eso, sin embargo, era evidente para la mayoría del auditorio. El ambiente le era extraño: su estrato social, la escuela a la que iba, el barrio en que vivía, ninguno era el acorde para pertenecer. De todas maneras, para él ese era el punto neurálgico de la explosión cultural, ahí se gestaba "la verdad" de su época por encima de lo que digan los que no saben realmente y de cualquier aula, museo o galería. Era crítico con lo que escuchaba y veía, detectaba las constantes en los recorridos que se hacían para poder lograr ciertos pareos: "matar al otro (figurativa y literalmente)"; "el nivel que el otro dice tener pero no tiene"; "vine a demostrar lo que vengo demostrando hace tiempo"; "sacar a relucir el pasado vergonzoso del otro"; "evidenciar lo malo que es el otro en sus mismos términos". Todo era anotado en un chat que tenía consigo mismo en el celular, cuando un encuentro finalizaba. También, registraba algunas máximas tales como: "el insulto explícito es una demostración de falta de recursos"; "dominar los tiempos es dominar la batalla"; "la rima no debe caer únicamente en el final de las palabras, pueden cortarse y rimar, aún mejor." Así se hizo su primer amigo, cuando en plena anotación escuchó: "¿y tenés bases para aplicar todo eso?" y al mirar hacia arriba vio a uno igual a él, esperando por su turno. Este amigo lo cuidó, principalmente de no entrar en el mambo antes de tiempo. Le pasó las bases más sencillas al principio, para, luego, ir complejizando; incluso sabía tirar beatbox. Sus primeras batallas fueron contra sus compañeros de escuela, a todos los venció. Pero se notaba que su mente estaba afuera, la arena principal era la plaza. Su amigo le dijo que, tal vez, estaba preparado, pero de poco sirvió. Su primer contrincante le ganó bien, por popularidad también, pero por mejor manejo de la retórica y la calle. Él tuvo un solo momento que fue al iniciar el duelo, con una temática que tenía preparada, aunque de poco sirvió. Al terminar, su vencedor lo tomó de los hombros y le dijo: "Pa, no podés prepararte las rimas con antelación. Las tenés que llevar con vos a todos lados, acá (poniendo el índice en la sien) y acá (apoyando el puño en el corazón)." Siguió participando de los duelos de la plaza hasta que se hizo familiar entre los asistentes. Decidió lanzar su nombre artístico y abrir un canal de YouTube, subiendo improvisaciones en su dormitorio y algunos videos de sus batallas. Se empezó a sentir parte de una comunidad, no solo por lo que vivía, sino también por lo que se podía decir. Una de sus anotaciones que tanto lo ayudaron en sus argumentaciones reza: Me siento parte de una generación sincera // que te dice careta sin importar quien seas. // Un grupo de pibes que muchos no tienen nombre // pero que sale a la calle con más huevos que muchos hombres. // Podrán decirme que no tengo proveniencia // pero yo me forjé es un hecho // pisando cada plaza con la misma insolencia, // sabrán mi nombre los wachos del futuro // porque yo lo que construyo // lo tallo en los muros (la variable agresiva, por si se había picado, cambia "los muros" por "tu culo").
CONGELAR
La pregunta sobre qué significa ser mujer fue (y es) uno de los lazos más certeros que tengo con Vicky. Desde hace casi treinta años que somos amigas y hoy, con con 37 cada una, hemos llegado a un punto en el que esa misma incógnita está por definir una variable que, de producirse o no, va a cambiar nuestras vidas para siempre. Ambas somos graduadas universitarias, solo que ella sí ejerce de arquitecta. Mi trabajo como madre de tres ya no me deja tiempo para ni siquiera estar aceitada en estructuras básicas de la construcción. Si hoy tuviese que edificar algo, es muy probable que el primer viento lo tumbe. Ella, en cambio, recientemente ganó un concurso para levantar el primer rascacielos en medio de un área desértica de alguna ciudad perdida de Medio Oriente, donde no solo su carrera profesional llegó al punto más alto sino que también nació la razón por la que nuestra amistad está al borde de desaparecer. Es bien sabido que la vida cultural por aquellos lugares se presenta mínimamente exótica para nuestros ojos occidentales. Pero, en el tiempo que ella permaneció allá, estuvo en contacto con un grupo de mujeres que, en su condición, lejos están de ser lo que nosotras, desde chiquitas, entendíamos que una mujer debía ser y defender. Se involucró tanto que llegó a estar ligada a una agrupación que actúa necesariamente en la clandestinidad. Los móviles de este grupo son, por supuesto, la liberación de la mujer ante la opresión del hombre y, entre otras causas, la modificación genética de los óvulos cuando estos se congelan con el fin de ser fecundados más adelante. "Estas mujeres están tratando de liberar no solo un condicionamiento social e histórico sino incluso la manipulación en la obligación de tener que seguir trayendo gente al mundo. Continuando un escarmiento que solo nosotras podemos detener. El cambio tiene que ser radical y a fuego, algo que cambie hoy y para siempre", me escribió en la última carta que recibí (enviaba cartas porque decía que a los mails se los podían espiar tranquilamente). A mí sus palabras me daban más miedo que esperanza. Mis tres hijos fueron un motor en mi vida y no una opresión, pero entiendo que allá las cosas son diferentes y, sin ir más lejos, cerca nuestro también. La penúltima vez que nos comunicamos me dijo que estaba reunida con una doctora en biodecodificación y le había explicado todo acerca del método que haría cambiar el futuro de las mujeres, pero para eso necesitaba acceder a las clínicas de fertilización in vitro y hackear todas las incubadoras. Era un trabajo lento pero a gran escala. La última vez que nos vimos fue acá, en nuestro país, ella venía vestida con una formalidad que le permitiría el acceso y la no sospecha a cualquier clínica que fuese. Discutimos mucho sobre el sentido de sus acciones y el grado de certeza de sus convicciones. Sus palabras finales, con el mayor grado de justificación que, para mí, puede tener lo injustificable, fueron: Tengo que congelar.
PEZ
¿Qué recorrido le espera a aquel que tuvo su religión durante la infancia de manera heredada (o impuesta como más le guste), se alejó y, luego, con el correr de los años, debió asumir la inevitable incógnita de qué hacer con su vida espiritual? ¿Qué recorrido les cabe a aquellos otros que no han tenido experiencias previas y se hallan con la religión por vez primera y ya de adultos? Las preguntas podrían ser muchas más, sin embargo, estas dos iniciales son suficientes para marcar un encuentro y que de ambas se desprenda la idea de ver cómo se asimila estar frente a algo novedoso. Hace un par de días, estuve en la casa de un amigo que practica un culto que data de cinco mil años antes de Cristo. Él está alojando a otro correligionario proveniente de Brasil, pero nacido en el conurbano bonaerense. Tuve la oportunidad de ser parte de sus actividades, de poder verlas y hasta de participar, si era de mi agrado. Pero más allá de esto, lo trascendente fue la charla que tuvimos sentados sobre una manta entre mates y tortas fritas. A mi amigo ya le conozco las aventuras y desventuras, y se ha ganado mi respeto de "vivir la vida", con todo lo que ello conlleva. Pero su compañero empezó a narrar su historia previa a llegar al punto que nos reunía y le sacó tres o cuatro cuerpos a "la calle" que cualquiera puede ostentar por haber vivido de mochilero en el norte tres meses. No obstante, a lo que apunto es a destituir un lugar común como lo es pensar que todo el que llega a una etapa de resignación material es por ser un gusano de templo que no lo quedó otra alternativa. La segunda premisa a derrocar es esta: Envidio a los que creen en Dios, porque tienen el camino allanado. A partir de esta afirmación el escéptico lubrica su sacrificio cotidiano por afrontar la existencia sin ninguna mano que lo condicione y, mucho menos, guíe. Pensando que el devoto deja su cuerpo flotar como un pez en el agua eterna y atemporal del Supermo al depositar su destino en esa fuerza y desestimando las restricciones físicas, materiales, alimenticias y terrenales que implican elegir un desafío por y para la espiritualidad. Claro, porque a nosotros, ateos-agnósticos-progresistas nos va de maravillas permitiéndonos todos los placeres y goces posibles, al punto de sentirnos pésimo si no estamos en un disfrute constante de cada minuto que respiramos. Una de las cuestiones que remarcaron ellos, estando allí, sobre nosotros, los que estamos acá, es la preconcepción que tenemos de que la práctica religiosa es un mero dogma con un culto gregario que obliga al practicante a acometer actos estrafalarios en nombre de la Verdad develada y no una creencia (fe, en la jerga) en que las cosas están dichas hace milenios antes de que existiésemos. Sin asumir que lo que no podemos es dar un pequeño, ínfimo, paso al costado y dejar de vernos como el centro, la causa, la razón y la finalidad por la que todo el mundo, el universo y lo desconocido existe. ¿Que creen ciegamente (y no tanto) en algo? Es verdad. ¿Que depositan su confianza en eso plenamente? También. Ahora, ¿que parezcan no estar viviendo plenamente por practicar un ejercicio de espiritualidad? Eso, definitivamente, no lo puedo creer.
IMBÉCIL
Reunidos estábamos luego de quince años de haber terminado la escuela secundaria. El gimnasio, que otrora había sido sede de competencias deportivas, amontonaba diez tablones con un manteles que rozaban los muslos incómodamente. Las luces blancas de los fluorescentes refulgían en modo led y todo parecía estar demasiado claro como para darle vida a las arrugas que nadie se salvaba de compartir. Pero el espacio no era lo único que nos reunía, también estaba el vino. Alguno más avieso al néctar escarlata subía y bajaba su vaso a una velocidad mayor que el resto, al tiempo que esperábamos para recibir el plato de entrada. Lo cierto es que cuando fue el turno de la comida principal, había un promedio de cinco comensales que ya tenían los ojos por demás de vidriosos. Es factible que, a pesar de que haya transcurrido tanto tiempo, aún tenían la certeza de que el enemigo central de las instituciones educativas son los vicios. El primero en acercarse fue el profesor de gimnasia, saludó como si reconociera a todos y cada uno, pero en el pasaje de su mirada se notaba que varios apellidos no estaban en el registro de su memoria. La siguiente fue la profesora de lengua, una mujer, ahora más, menudita que en su momento acaparaba los amores incipientes de los adolescentes, pero que su estadía tan prolongada en el colegio le había pasado evidentemente factura. No obstante, debido al nivel etílico, varios se gastaron en elogios por el pasado que fue mejor. Por último, y no menos sino más importante, se arrimó al tablón el director que, muy atrás en el tiempo, regía la primaria, en nuestra época la secundaria y, se decía, poseía acciones como propietario de la escuela. Sus palabras, lejos de ser gratificantes o de bienvenida, fueron en reprobación por la cantidad de cadáveres de vidrio que se distribuían por la mesa. Su mensaje fue corto pero contundente: Siempre los mismos. Y eso me incluía. Acto seguido subió al escenario para dirigirse a todos los presentes no ocurriéndosele otra cosa mejor que repetir la reprimenda a nuestra mesa. El silencio en el gimnasio fue palpable y las palabras rebotaban en un eco que las hacían el doble de incómodas. Alguno que otro trató de tomar esto con humor esbozando una sonrisa por lo bajo, pero el director, lejos de retraerse, continuó elevando su retórica contra los que desprestigiaban el nombre de la escuela. El punto cúlmine se produjo cuando empezó a decir uno por uno los apellidos de los herejes. Al llegar al mío, recuerdo que, en un envión energético y calórico, previo a salir bajo una lluvia de aplausos y posterior a patear mi silla de plástico, grité con la copa en la mano alzada: ¡Cállese, viejo imbécil!
PRESA
Hoy Clara estuvo lejos con el pensamiento. Esto se traducía en la tesura de sus facciones que, de por sí, eran bastante angulosas. El rictus de tensión componía, junto al ceño fruncido, una pareja que, de haber evidenciado olores, alejarían a cualquiera que tuviera un mínimo sentido del olfato. Igualmente, el verla era suficiente. Las razones para este gesto se desconocen pero, luego, al hablar con ella, alegó que simplemente tenía un mal día: "uno de esos que son fácilmente olvidables". Aunque en esa proposición había dos mentiras: que fuese uno solo y que sea olvidable. Tiempo después, mucho de lo que era su vida, o hasta lo que nosotros conocíamos, cambió significativamente. Todo lo que venía haciendo o formaba parte de su presente, más como construcción que como casualidad, se terminó. Una relación longeva, un trabajo deseado, una casa que realmente parecía un hogar, hasta las mascotas dejaron de ser. Y todo se fue dando en un silencio íntimo, sin ser compartido con casi nadie. Con quienes se encontraba, a medida que el desmoronamiento se acrecentaba, les contaba una pequeña novedad en el gran mapa de su desanclaje. Parecía un marinero que confiaba algún objeto que había decidido soltar para siempre. El tiempo nos dejó rearmar los fragmentos en un sentido flashback. Cada cual expuso lo que sabía y se callaba, por pedido expreso de Clara, y todos sabíamos algo similar y distinto a la vez. Las conclusiones sobre lo que le pasó eran variadas y casi todas erróneas, o mínimamente injustas. Además, nos dimos cuenta de que nosotros también éramos presa de algo que había decidido alejar de sí, buscando nuevas compañías. Hablando con su, ahora, ex compañero, nos comentó que, en esos días de sus gestos particularmente preocupados, había estado mirando videos viejos, hallados en una máquina de fotos digital olvidada y recuperada. Al mismo tiempo, se encontró con un amigo lejano y se vieron en varias oportunidades durante todo el día. "Este amigo vivía en un pueblo acá cerca, paraba en la casa de un pariente que le prestaba el cuarto de su hijo que estaba lejos por estudios - nos confesaba sin entender tampoco mucho-. Ahora que pasó todo puedo aceptarlo, pero, en ese momento, esos eventos no parecieron significar mucho." Clara empezó a tomar, en realidad a anunciar, sus decisiones con la calma del que tiene las cosas por demás masticadas. No discutió con nadie en el trabajo al irse, no reclamó la tenencia de ninguno de los dos gatos y con su novio fue arteramente sincero al confesarle que lo que fue el amor, así como gratamente no fue lo que ella imaginó antes de conocerlo, tampoco era lo que sentía en ese presente. Aún resta conocer los móviles de sus actos. Extrañamos una imagen de ella, aunque es precisamente eso lo que Clara quería, quiso y decidió cambiar.
LUNARES
Díscolo de rojo, díscolo de amarillo, díscolo de verde y atravesar el cemento para justificar la bifurcada. Una excusa no dicha vale más que mil evidencias sin suceder. Incluso si descartamos la posibilidad para engañar al deseo, hay una escena que puede incluir la espera, el nerviosismo, la adrenalina y la sequedad en la boca. Porque cuando nos acostumbramos a una representación determinada de la realidad perdemos la vergüenza; aletargados repetimos la pantomima con mayor destreza. Pero si nos ponen a barrer el tablón donde bailan los cisnes, sentimos que la labor supera nuestras capacidades. No niego a la emoción, tampoco a la indiscreción. Una veta tiene el rasgo de peligro como también de posibilidad. Acaecida sin preanuncios ni anticipos lunares, sucede como la primera gota que se desborda de una canilla mal cerrada. Mojemos entonces esa lengua seca por la afasia contenida en la respiración irregular, pestañeamos de más por temor a no pestañear de menos y manoseemos los cabellos desde la raíz hasta los remolinos; sonriamos al temor de la incertidumbre instantánea, porque no sabemos cuándo volverá a producirse sin nuestra egoísta e idealizada intervención. Detrás de un hecho descansan docenas de mirillas por las que espiar, algunas guardan risas sonrojadas y otras pesadumbre de pera apoyada sobre las palmas de una mano. Así y todo respetamos a la violencia de las catástrofes porque poseen la característica de presentarse en verticalidad frente al cúmulo de puntos que ordenamos para vivir en el tiempo. De esta manera: ¿qué no habríamos de tolerarnos a nosotros mismos sin ser víctimas de nuestro propio miedo al descontrol? En la dubitativa línea que nos trazamos para no caer, se encuentra la indeleble subversión que siempre se esconde detrás de lo normal. No hay mal en el goce de una transgresión basada en una manifestación más concreta que las leyes que aparentan censurarla. La dificultad de decir que no radica en decir que sí a todo lo que se venía haciendo y la fortaleza de ese acto reside en bañarlo de la honorable causa que es hacer uso de la libertad. Aunque luego todo siga como viene sucediendo. Aunque después de mucha abstención, nos vuelva a pasar la oportunidad, pero tengamos que atravesar díscolos de rojo, díscolos de amarillo y díscolos de verde. Aunque muchas veces, tengamos una oportunidad justo cuando la dejemos de buscar.
PATRÓN
Conseguir trabajo para mí nunca fue problema. Tengo amigos que desde la secundaria les cuesta quedar después de una o dos entrevistas o lograr que los contraten para puestos buenos. En mi caso, nada de eso sucedió desde que tuve que salir a ganarme mi propio dinero e, incluso, cuando vi que en mi actual trabajo no había posibilidad de ascender, decidí lanzarme a que me contraten en lugares mejores o, al menos, mejores pagos. Pero el último puesto que obtuve me hizo reconsiderar esta forma de ganar mi dinero. Puso en tela de juicio mis habilidades, osea la percepción que yo tenía de mis fortalezas y mis fortunas. El tema es que eso no provino de algún error mío o algún exceso de confianza que me llevara a darme la cabeza contra la pared sino de mi patrón. Ahora lo llamo así porque ya sé que ese es el nombre que mejor le cabe a una persona que trata o considera a sus empleados como propiedades dependientes a él. Y si bien en algún punto lo somos, ir descubriéndolo implicó desnudar modos de relación laboral que excedieron lo meramente económico. Recuerdo que la entrevista primera, incluso la segunda, no fueron hechas por él, sino por gente de recursos humanos, quienes fueron encantados por mis modos de expresión y mi experiencia que, para ser joven, es suficiente para cualquiera opción de contratación que se considere. El momento de conocernos llegó a la tercera, y última, entrevista. Su imagen buscaba ser fresca y desacartonada, aunque se percibía que las responsabilidades que caían sobre él eran las más importantes y pesadas. De todas maneras, me dedicó unos 45 minutos ahondando en lo que él consideraba relevante. Luego de ese encuentro, no nos volvimos a ver hasta pasados los tres meses de prueba. Yo, en esas instancias, también voy evaluando dónde estoy trabajando y mis posibilidades dentro de la pirámide laboral que me incluye y, al cruzar la puerta de su oficina, el balance era altamente positivo. Cuando ingresé, noté que esta vez no me estaba esperando y que mi presencia llegaba a molestarlo inclusive. Traté de iniciar el diálogo, pero fui interrumpido inmediatamente. Mientras intentaba acomodarme a la situación, él se sentó en su escritorio y, tras unos segundos de buscar algo en su computadora, giró el monitor y me mostró una tabla de valores con mi desempeño diciéndome que estaban realmente conformes y que la intención era que continuase con ellos. Hasta ahí todo iba bien, pero inmediatamente después de esas palabras, volvió a buscar algo en su computadora y empezó a mostrarme datos, fotos, videos e incluso un seguimiento de mi persona dentro y fuera de la empresa. Allí supe que las cosas estaban realmente complicadas, sin embargo, la curiosidad por lo que se venía fue más fuerte que mi temor. Lo siguiente que oí de mi patrón fue la famosa frase: "Lo que necesitamos de vos..." y después de eso, ya nada fue lo mismo.
COLUMPIO
En el seno de cada familia, las relaciones entre sus integrantes van tejiendo microrrelatos que, al reproducirse por otros integrantes de esa misma familia, van cobrando una ficcionalización que establecen, paulatinamente, los isotipos, los psicotipos, lo arquetipos que demarcarán los estigmas, las famas, las herencias, en definitiva, lo que condicionará el desarrollo y la forma de ser de cada uno o una. El caso de la familia Blázquez ha trascendido incluso los límites de sus propias ramificaciones, llegando a ser eco en las mesas familiares del pueblo donde vivía el núcleo duro, es decir, Norma Flandria y su esposo, Raúl Blázquez. Nombrarla a ella en primer lugar no es azaroso, ya que de quien más se sabía era de ella y sus andares por zonas que tiñeron de misterio lo que acontecía dentro de esa casa. Del matrimonio nacieron dos niñas, Kiara y Alma, que se llevaban tan solo 16 meses entre sí, pero eran diametralmente opuestas física y actitudinalmente. Se sabía, porque ella nunca lo ocultó, que Norma deseaba tener, al menos, un niño y como ninguna había cometido ese afán, el desprestigio corría para las dos por igual. Para las niñas, el desprecio fue algo natural y, mucho después, tal vez demasiado tarde, lograron entender la realidad en la que vivían. Cumplidos los ocho años, el matrimonio Blázquez decidió adoptar un hijo, es decir, un hermano que, según el relato de la madre: "estuvo esperando años para poder ser parte de la familia". Eso, sumado al consabido desprecio, significó para las hermanas pasar al ostracismo. Ni siquiera tuvieron la posibilidad de volcar algo de lo que recibían al recién llegado. Norma se ocupó de dividir la casa de manera tal que el único lugar en común fuese la cocina-comedor. Una vez que compartían las comidas, las niñas se iban a la parte superior de la casa mientras que el niño, de unos 6 años, podía acceder al patio. El desprecio pasó a ser odio mezclado con tristeza. Para los que vivíamos en el barrio, verlas apagarse y oscurecerse desde la llegada de su hermano fue notorio y, a la vez, doloroso. A Norma y Raúl, en cambio, se los veía alegres y entusiasmados. El señor Gálvez, dueño de la ferretería, mencionó que cuando le hicieron el encargue del columpio, le llevaron al niño para que le tomara las medidas y tanto el asiento como la altura fuesen hechos a medida y nadie más pudiese utilizarlo. El columpio se instaló a escasos metros de la habitación del niño y a una distancia en la que, desde la ventana de las hermanas, solo se lograba ver el balanceo del cuerpo hacia adelante pero no hacia atrás. La visión permitía ver el ascenso de su hermano y el rostro de felicidad que tenía al subir. Lo más ofensivo para ellas era imaginar a su madre o a su padre empujando desde el lado ciego. Como si una fuerza invisible, pero añorada, le llevara felicidad a él pero no a ellas. Y como la invisibilidad fue su característica principal, se dice que también ese mismo halo cubrió el accidente que se conoció en todo el pueblo pero nunca tuvo culpables. Lo cierto es que en el momento que ocurrió, nadie quería ser parte de la familia Blázquez.
FRÁGIL
ENCANTADO
Nosotros lo conocimos en una etapa que ya no era la mejor. Tenía muchos problemas fuera del ámbito laboral y le era inevitable llevarlos a cada entrenamiento. Eso decían, porque con nosotros siempre se manejó de manera respetuosa. Era el color de su piel, la de su cara, la que nos daba la pauta de que la heroicidad de a poco empezaba a ganarle el duelo a la trayectoria. Su mejor temporada fue la del 2000-2001, logrando el ascenso y luego el campeonato de primera división. Ahí nosotros ni existíamos o algunos tal vez estaban jugando en inferiores. Lo cierto era que todos sabíamos quién era y lo que había logrado. Cuando llegó, se presentó como si fuera cualquier hijo de Dios, pero a cada integrante del cuerpo técnico le dedicó seriedad y énfasis para decirnos qué había hecho cada uno para llegar hasta ahí. Los entrenamientos empezaron a ser totalmente diferentes a como eran. Desde lo técnico se enfocó en que trabajáramos en nuestros puntos débiles: los zurdos practicaban con derecha y viceversa, los defensores control, gambeta y definición; los mediocampistas no tener nunca la pelota y, luego, no dejar que el rival se las quitase, pero usando la pierna menos hábil y los delanteros ocupar roles defensivos mientras los defensores definían, o intentaban hacerlo. Desde lo táctico lo único que hizo fue consultarle a uno por uno qué posición disfrutaba más ocupar dentro de la cancha, la segunda pregunta fue qué puesto no le molestaría cubrir, dándole lugar a la tercera y última que era qué rol no ocuparía jamás si tuviese que elegir. Así organizó al equipo. No se puede negar que, al principio, el desconcierto era total y que para nuestra ubicación en la tabla (décimos de dieciséis) no era muy conveniente estar jugando al laboratorio. Aún así logramos terminar sextos esa temporada. Cuando promediaba el torneo siguiente, estábamos segundos a un punto del líder, con cinco fechas por jugar. Nos enfrentábamos al tercero y al término del primer tiempo íbamos 1 a 0 abajo y si hablamos de él ahora es, no solo por lo que significó en su mejor momento, sino también, por lo que nos dijo cuando las cosas se presentaban adversas: "Jóvenes, si hemos llegado hasta aquí es por el esfuerzo de todos y cada uno. Queda poco para terminar el campeonato y creo que lo vamos a ganar. Es una certeza que me llega casi de forma intuitiva, pero no por eso menos infalible. También ha sido una certeza para mí algo que me viene sucediendo incluso antes de agarrar este plantel. Algo que es tan adverso como ir perdiendo un partido clave durante los cuarenta y cinco minutos iniciales. Algo que logré cambiar incluso contra todo lo establecido por este contexto futbolístico que nos rodea. En contra de las tradiciones, del folclore, del periodismo, incluso en contra de mi familia. Es preciso para mí decirles, porque lo intuyo necesario, que hace un tiempo estoy en pareja con un ex compañero de mi época de futbolista. Y estoy muy feliz. Digamos que estoy encantado de poder decírselos."
CENIZAS
LEYENDA
HONDA
Camilo visitaba a su abuelo cada vez menos. Había crecido lo suficiente como para no necesitar más de sus consejos ni de sus afectos, incluso los materiales. El abuelo era uno de los pocos gallegos que quedaban con vida de este lado del charco y todas las generaciones junto a las costumbres, la jerga y las formas de ver la vida y el mundo habitaban en él. Es más, el nombre de Camilo le vino por un tal Camilo Abel Medina, capitán de la flota que los trajo a estas tierras de prosperidad. Según el abuelo, este capitán había impedido que muriese en el trayecto al levantarlo de las aguas oceánicas después de que cayera en dudoso estado de ebriedad. El abuelo aseguraba que lo habían empujado, pero no descartaba la teoría de la borrachera. Así, Camilo fue Camilo portando la fisonomía de aquel primero. Por dentro, él pensaba que su cuello corto y sus manos grandes derivaban de ese capitán que le valió el nombre, y no se equivocaba. El asunto o la visita, puntualmente, era que en la escuela le habían solicitado que realizara un proyecto que implicaba rastrear la genealogía familiar y, como el otro abuelo estaba muerto, no le quedó más opción que visitar al español. Es verdad que al viejo le costó reconocer al nieto, ya que su rostro había cambiado, tanto así como la altura y la contextura física y, en la mente del viejo, había quedado asociado el recuerdo a la imagen de un niño que apenas podía caminar. Y también es verdad que Camilo tuvo que hacer un esfuerzo para adaptar principalmente su olfato a los olores de la casa en la que entraba. "Vení, seguidme", le dijo apenas cruzaron el saludo llevándolo hacia el fondo donde tenía su taller y, por el polvillo reinante, en plena faena. "Bueno, preguntad", le ordenó a Camilo que no terminaba de acomodarse. Pero sin dejar que profiriera una palabra continuó: "¿Cómo era que tenías que hacer? ¿Quién te lo pide?". "Un proyecto, abuelo. La profesora de historia."."¿Y qué quiere saber que no digan los libros?". "No sé, algo así como precisamente lo que no dicen los libros. Algo familiar. Algo como -y sacando su celular para revisar - una historia mínima." "Que si es mía, no por eso debe ser mínima, hijo. ¿O acaso yo parezco mínimo?" "No, ya sé, creo que lo de mínima se refiere a lo que los libros no dicen pero es importante para vos -y dándose cuenta que hablaba con un familiar de sangre -, bah, para nosotros." "¿Y ese nosotros se refiere a la familia que nunca me visita?" -el abuelo parecía adivinar. Incómodo al extremo, Camilo quiso excusarse, pero el abuelo no lo dejó: "Es una broma, tío, qué poco sentido del humor, chiquillo." Automáticamente, se puso a buscar entre las herramientas y los cajones mientras farfullaba maldiciones por tamaño desorden mezcladas con melodías silbadas. En un momento se detuvo, miró hacia el cielo y apoyó su mano izquierda sobre la parte baja de su espalda. "¿Dónde la habré puesto?" Como el tiempo pasaba, Camilo intentó decirle que no importaba, que le contara lo del capitán Abel Medina, pero el viejo sin bajar la mirada exclamó: "¡Allí, coño! -señalando a un punto fijo. Y subiéndose a una banqueta bajó un objeto colgado. "Esto, Camilo." "¿Qué es eso, abuelo?" "Una honda, tío."¿Una qué?" "Pues...una honda. ¿Cómo es que le llaman?" "¿Una gomera?" "¡Eso, una gomera, una honda!" "Ah, sí, sí." "Bueno, dile a tu maestra que esta fue mi primera herramienta para darle de comer a toda una familia por venir."
INADAPTADO
SALVAJE
Si ustedes nos hubiesen conocido, nos habrían ofrecido golosinas, habrían creado e improvisado actividades para vernos felices, habrían gastado el poco dinero de sus bolsillos para satisfacernos, se los prometo: contemplarnos era motivo de goce para todo aquel que entrara en contacto con nuestro campo de acción y presencia. Obviamente, para nosotros, era algo natural ser así, propio de nuestra edad; creo que las apuestas de abuelas, tíos, primos y padres de otros amiguitos oscilaban entre ser curas, jueces de paz, misioneros en Rwanda o cualquier destino de altruismo, honradez y grandeza. Es que, sinceramente, apuntábamos hacia esos imaginarios porque la bondad nos salía de manera involuntaria, brotaba de cada interacción como si fuese parte de las virtudes que nos habían sido brindadas o una ganancia de alguna vida pasada bien transitada. A medida que transcurrió el colegio, este perfil se mantuvo con docentes, directivos e incluso otros alumnos. Proliferaban las relaciones y la aceptación social casi nunca fue un inconveniente, todo lo contrario, los grupos se pelaban para incorporarnos a sus filas y, así y todo, lográbamos ser parte de todos y de ningunos a la vez. El primero en mandarse una fue Damián, pero como estaban acostumbrados a que nunca las malas viniesen de nuestra parte pasó inadvertido e incluso para nosotros semejante actitud no fue más que otra manifestación de una conducta permitida y bienintencionada. El segundo fue Tomás y esa vez, al menos, vinieron a preguntarnos si sabíamos algo, pero rápidamente le delegamos la culpa a otro que portaba más chapa de problemático que no tuvo mucho derecho a réplica. A partir de ahí, notamos que podíamos encubrirnos mutuamente manteniendo una imagen impoluta, solo había que controlar la frecuencia de las maldades como para no darle a nadie la oportunidad de sospechar con argumentos sólidos. La fama ya la teníamos, solo había que cuidarla. Y esto duró bastante, hasta podríamos decir que de no ser por la última eventualidad habríamos llegado a la adultez con certificado de buenas personas. Pero lo que sucedió fue que hubo una especie de acumulamiento producto de estar demasiado tiempo en la senda del supuesto bien y esa vez no pudimos echarle la culpa a nadie, ni siquiera pudimos individualizar al autor dentro del grupo, porque fuimos todos. El tema también fue que el acto fue salvaje, extremadamente salvaje. La sangre se hizo protagonista y en lugar de amedrentar nos envalentonó, despertando una oscuridad que, pese a lo que digan, tampoco parecía artificial. Al fin ya no tuvimos escapatoria y aprendimos que cuando nos sentimos acorralados no existe sentido de pertenencia que te salve. La bondad que parecíamos portar por esencia desapareció automáticamente, y por más que nuestros abogados intenten usar esto como piedra de toque, por más buenas que hayamos hecho una mala empaña todo el cuadro. Lo más lastimoso es que nada de lo que creíamos, y creían los demás, sobre nosotros parece ser cierto.