Salió despedida de la antesala y el pasillo abovedado rumbo hacia la calle. La excusa era que faltaba leche, pero, por dentro, se drenaba una necesidad de desprenderse de ese hálito que envolvía el 2377 de la cortada Irizabal. Hacía días, semanas tal vez, que las cosas no estaban bien. Mamá cargaba una tristeza muy profunda luego del diagnóstico de la tía Vilma: cáncer. Era la palabra que de a poco dejó de ser tabú, pero no por eso menos dolorosa al nombrarla, como si fuese el error de todo aquello que aparentaba estar tan bien y que empezaba a trazar una fractura de generación en generación, cargando la sangre de hiel, dañando irreversiblemente la información cromosómica. Ella era parte de esa cadena, un eslabón más que, hasta hace unos meses, se preocupaba por ver si podía llegar a juntar la plata para el recital de Ca7riel y Paco Amoroso y ahora se sentía contaminada por algo que no había elegido y le tocaba simplemente por ser parte de su familia. Por nacer donde naciste, se repetía mientras cruzaba esquinas casi sin mirar si venía un auto. Reflexionaba sobre la desdicha de haber nacido bajo ese apellido o apellidos, el materno era el problema, o esa circunstancia o contexto. Solo podía ver la nube por encima de su cabeza, aunque no lograba trasladar la inducción a que no solo ella era presa de esa suerte, buena o mala. Recién cuando se alejó del calor del hogar, no sin antes dar los portazos necesarios, pudo ver que ese sino lo lleva cada uno y una adonde va, pero que rara vez se aplica al enjuiciar al que tenemos al lado. El otro tiene oportunidades, yo solo soy una víctima de mi destino, reflexionaba sinuosamente. En el camino que unía su casa con el almacén, también rememoró sus momentos con la tía enferma, como despidiéndose de antemano o viendo si su relación había sido lo suficientemente estrecha o quedaba algo por hacer. Concluyó que se veían muy poco y el dolor llegaba más por el padecimiento de mamá que de ella misma. Giró en una ochava y pudo detectar que el paredón había sido pintado con cal blanca y encima se habían pintado en negro las siguientes palabras: UN CORAZÓN HECHO JIRONES SIGUE SIENDO UN CORAZÓN, firmado por Poesía en acción. Se detuvo un instante para ver si lo que leía era efectivamente eso. Y así fue. Si esta es la poesía que nos va a salvar, estamos condenados, dijo al aire, apretando los puños. Siguió cincuenta metros más y llegó al almacén. Al ser atendida, ya se había olvidado por qué estaba allí, cediéndole su lugar a otro cliente para poder pensar. Recordó la leche y esperó su turno nuevamente. El almacenero buscó en la heladera el sachet y extenidéndolo le preguntó: ...y decime, ¿cómo está tu tía? Ahí supo, con certeza, que debía irse de una y definitivamente de ese pueblo.
Como si uno se pudiera ir de uno mismo no?
ResponderEliminarComo si salir de uno mismo significarse irse de un lugar físico...
Eliminar