Fue una de las primeras salidas que hizo Bruno junto a sus dos hermanos mayores. Los más grandes minimizaban el acontecimiento, pero ya habían recibido el apercibimiento durante la tarde por parte de sus padres, en especial de la madre. Por la noche, se dirigieron los tres a la casa de Fausto, que celebraba su cumpleaños en el garage acondicionado para tal celebración. Al principio, los saludos hacia Bruno fueron especiales dada la particular circunstancia, pero a medida que se adentraba la noche, ya casi nadie le prestaba atención y, de a poco, él mismo se fue apartando hasta quedar en un rincón cercano a la puerta principal y, a su vez, a la del baño. Esta ubicación impidió que ellas lo vieran. Un grupo de chicas que ingresó casi en manada y claramente no eran las amigas del curso de sus hermanos. Saludaron a la mayoría tomando el control de la música y del ánimo festivo, una o dos se percataron de la presencia del individuo del rincón, pero ninguna le dio demasiada importancia. Bruno estaba pronto a irse a su casa (la condición que mantenía con sus hermanos era simplemente avisar), pero cuando salió de la oscuridad notó que lo poco que había tomado de alcohol estaba haciendo efecto y, lejos de generarle temor, lo envalentonó. Se acercó a la mesa donde estaban las bebidas e intercambiando miradas cómplices con los amigos de sus hermanos se sirvió un trago más. El panorama se abrió hacia una claridad inusitada y todos los peones parecieron moverse para dejar a merced la única mesa libre en el fondo que le permitiría recorrer de punta a punta el territorio peligroso dela pista de baile de manera ilesa. Así como él arribaba a la mesa, también lo hacían dos chicas y un chico dispuestos a jugar un partido de truco. Ante la falta de un cuarto jugador, lo invitaron dándole un protagonismo que Bruno no buscaba, aunque no le molestaba. Sin embargo, ya sea por el alcohol o por su propia personalidad definiéndose en ese preciso momento, dijo que sí e intentó cumplir con su rol lo mejor posible. Nada de eso fue fácil porque los reyes lo pusieron a jugar de compañero con una chica a la que no pudo dejar de contemplar, no solo para transmitir y recibir las señas propias del juego, sino porque de su antebrazo, ascendiendo hasta su hombro, tenía tatuado un dragón que combinaba rojos, violetas, rosas intensos y azules marinos, despertando los pensamientos y sentimientos más contradictorios y menos eficaces para ganar cualquier partida. Al decretarse la derrota, no le quedó más opción que levantarse de su asiento para darle lugar a otra pareja ganándose un sos horrible de su compañera y un guió de ojos que quedaron en ese espacio innegable donde los mejores sueños y fantasías de Bruno sucederán arriba de un tatuado dragón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario