¿Qué recorrido le espera a aquel que tuvo su religión durante la infancia de manera heredada (o impuesta como más le guste), se alejó y, luego, con el correr de los años, debió asumir la inevitable incógnita de qué hacer con su vida espiritual? ¿Qué recorrido les cabe a aquellos otros que no han tenido experiencias previas y se hallan con la religión por vez primera y ya de adultos? Las preguntas podrían ser muchas más, sin embargo, estas dos iniciales son suficientes para marcar un encuentro y que de ambas se desprenda la idea de ver cómo se asimila estar frente a algo novedoso. Hace un par de días, estuve en la casa de un amigo que practica un culto que data de cinco mil años antes de Cristo. Él está alojando a otro correligionario proveniente de Brasil, pero nacido en el conurbano bonaerense. Tuve la oportunidad de ser parte de sus actividades, de poder verlas y hasta de participar, si era de mi agrado. Pero más allá de esto, lo trascendente fue la charla que tuvimos sentados sobre una manta entre mates y tortas fritas. A mi amigo ya le conozco las aventuras y desventuras, y se ha ganado mi respeto de "vivir la vida", con todo lo que ello conlleva. Pero su compañero empezó a narrar su historia previa a llegar al punto que nos reunía y le sacó tres o cuatro cuerpos a "la calle" que cualquiera puede ostentar por haber vivido de mochilero en el norte tres meses. No obstante, a lo que apunto es a destituir un lugar común como lo es pensar que todo el que llega a una etapa de resignación material es por ser un gusano de templo que no lo quedó otra alternativa. La segunda premisa a derrocar es esta: Envidio a los que creen en Dios, porque tienen el camino allanado. A partir de esta afirmación el escéptico lubrica su sacrificio cotidiano por afrontar la existencia sin ninguna mano que lo condicione y, mucho menos, guíe. Pensando que el devoto deja su cuerpo flotar como un pez en el agua eterna y atemporal del Supermo al depositar su destino en esa fuerza y desestimando las restricciones físicas, materiales, alimenticias y terrenales que implican elegir un desafío por y para la espiritualidad. Claro, porque a nosotros, ateos-agnósticos-progresistas nos va de maravillas permitiéndonos todos los placeres y goces posibles, al punto de sentirnos pésimo si no estamos en un disfrute constante de cada minuto que respiramos. Una de las cuestiones que remarcaron ellos, estando allí, sobre nosotros, los que estamos acá, es la preconcepción que tenemos de que la práctica religiosa es un mero dogma con un culto gregario que obliga al practicante a acometer actos estrafalarios en nombre de la Verdad develada y no una creencia (fe, en la jerga) en que las cosas están dichas hace milenios antes de que existiésemos. Sin asumir que lo que no podemos es dar un pequeño, ínfimo, paso al costado y dejar de vernos como el centro, la causa, la razón y la finalidad por la que todo el mundo, el universo y lo desconocido existe. ¿Que creen ciegamente (y no tanto) en algo? Es verdad. ¿Que depositan su confianza en eso plenamente? También. Ahora, ¿que parezcan no estar viviendo plenamente por practicar un ejercicio de espiritualidad? Eso, definitivamente, no lo puedo creer.
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