DETERGENTE

Sucedió que salía de trabajar un sábado. Sí, sábado. Y me puse la campera primero por la manga izquierda y luego por la derecha. Me costó hacerlo porque comúnmente uno lo hace al revés o al menos ni se fija cómo lo hace. Qué me movió a generar tal cambio en mi universo no lo sé. No obstante, estaba realizando una acción comúnmente inconsciente de forma totalmente consciente y a su vez la estaba modificando. Abría la puerta del azar solo por curiosidad. Llego a la esquina, cruzo, voy en busca de mi bicicleta. En el camino surge una madre con su bebé, que recién daba sus primeros pasos. Acaricio suavemente un bucle rubio de su cabeza, introduzco la llave en el candado y ahí lo veo. El desencadenamiento de lo inevitable, la catástrofe hecha fruto cuando recién plantada la semilla. Y ahí estaba mi insolencia de ponerme la campera de otro modo plasmada. La rueda trasera totalmente doblada. Te la hicieron un ocho, me dijo la madre de la criatura que ahora eran atroces y detestables. Un acto de maltrato puramente despiadado ¿Sirve que me detenga a pensar si fue algo voluntario o no? ¿Si nació de un corazón por demás de maligno y dañino o fue solo un accidente (extraño de por sí)? No, no sirve de nada. Pero quién me quita el bodoque de bronca clavado en el pecho. Hice quince cuadras con la bici al hombro, en realidad diez porque me ayudó Rama (un amigo) el primer tramo, hasta mi departamento. Almorcé siendo las 14:30 y me dispuse a ir al súper siendo que hace semanas el detergente de la cocina es agua enjabonada.Ya sentía una molestia en la sien que seguramente venía de mi ceño fruncido como papel abollado. Cruzo Alvear altura Catamarca y alguien desde un auto me dice Pelotudo. ¿En serio? ¿Me acaban de decir Pelotudo? No, no creo. Miro al auto ya desde atrás, el conductor saca su brazo por la ventana y sí, me hace fuck you. Perfecto, no me equivoqué, ese completo extraño me dijo Pelotudo. Soy un agujero negro, ahora absorbo como el triángulo de las bermudas la riada de bosta que el universo despliega ante mi camino. Si alguien viene y se acerca va a sentir mi vaho maloliente y mi aura oscura tornándose cada vez más y más opaca. Fui, compré, pagué, salí. “Nada malo, nada nuevo malo. Nada malo por favor. Ya entendí el mensaje. Me quedo en el molde. Hoy no es hoy. Ya no pasa nada bueno hoy.” Caminé de vuelta, el cielo amenazaba con llover a cantaros, apuré el tranco, iba casi trotando. El viento movía las ramas y parecía mufarse de mi velocidad insuficiente. Estoy a una cuadra. Ya llego. Sí, me encierro for ever and ever en lo que queda de este sábado 4 de algún mes de mierda. Un auto sube a la vereda para meterse en una cochera, paso frente a su trompa, la bocina estalla a fondo ante mi humanidad. No lo puedo creer. Miro de reojo mordiéndome la puteada. No me voy a detener ante un potencial conflicto. Sigo caminando. A los dos metros me llaman. Giro mi cabeza y reconozco a un amigo de mi infancia. Me vuelvo, lo abrazo casi con ganas de llorar sobre su hombro y nos quedamos charlando. Su papá fue mi profesor de educación física y técnico de handball durante toda mi adolescencia, reconozco en él los gestos del pasado olvidados, la misma forma de mover sus manos, los mismos tics nerviosos. Épocas de gloria y de lo que uno ya no es pero fue y seguirá siendo. Fueron cinco minutos y nos despedimos. Volví a casa. En estos minutos, mientras escribo, el cielo se desploma en una tarde que se transformó en noche, relámpagos desde el sur y el oeste rajan la tierra a la distancia. La campera  gira y gira sola en el lavarropas.

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