INTACTA

Los primeros testigos fueron dos vecinos, es más, fueron ellos quienes los encontraron. Para su poca suerte uno era pariente, primo hermano, así que en realidad la impresión fue doble o cuádruple. De todas maneras, poco significó frente a la magnitud total de la evidencia hallada. El verano tardaba en llegar, se repartía entre cambios de vientos y calentamientos globales que traían consigo intervalos de altas lluvias y bajas temperaturas. No obstante, esos últimos días, la calidez había estado pareja durante casi una semana permitiéndole a este grupo de cuatro integrantes concretar su despedida de año, que en realidad era festejo del día del amigo, tan habitual en el mes de diciembre. Muy cerca se encontraron un par de pelotas, lo que permite estipular que algún juego de fútbol se había realizado promediando la tarde del sábado; una mesa casi cuadrada de aproximadamente un metro de lado por sesenta centímetros de alto al principio generó muchas dudas, pero se dedujo que también podría haber sido utilizada para practicar cierto fútbol-tenis con variante de pique. A su vez, desperdigados alrededor, se hallaron diversos elementos propios de un evento veraniego.  Ahora bien, si del hecho puntual hay que referirse podría mencionarse que, tal como sucede con las noticias escabrosas, hay un pacto entre las instituciones gubernamentales y los medios de comunicación en no brindar detalles a la población en general. No por lo improbable de su acaecimiento sino por la magnificencia de su rastro, casi artístico, a la par de lo trágico de su consecuencia. Hay una serie de factores que deben confluir para que esto se produzca: la aleación química sumada a la fuerza del impacto que estatúa los elementos sólidos y evapora los líquidos, la zona de presión atmosférica llevada al mínimo y el cruce de temperaturas que oscilan en una variable de tiempo muy corta. Cerca de las 20:30 hs, aún con el sol amagando a irse, los vientos confundían a la nubosidad pero principalmente a los humanos. Desde la ciudad todo parecía más peligroso, desde el llano césped solo una tormenta más. Con lo que quedaba de energía, y ánimos, se supone que los jóvenes terminaron de sobredorar sus pieles en un partido de fút-table y se lanzaron presos del calor a las aguas de la pileta. Alguno de ellos, más precavido, fue en busca de una lata de cerveza para refrescarse aún más. Una vez todos adentro se quedaron en la charla habitual de los desacostumbrados a nadar cuando se acerca una tormenta. Habrían incluso hecho chistes sobre la tan poco probable chance de que sucediera algo así. Lo cierto es que todos vieron, tanto en la ciudad como en las afueras, ese cielo algodonado trazar figuras de pliegues sobre pliegues confluyendo en un gran ano gris. Y el movimiento fue tan súbito que solo nos queda imaginar lo que la naturaleza nos dejó. El aeródromo situado a escasos kilómetros todavía no puede explicar por qué sus instalaciones preventivas no fueron efectivas. Tal vez, en una deducción un tanto metafísica, fue esa comunión única de la amistad lo que desvió la atención del fenómeno. Se llegó a decir que el número de ph o la concentración de cloro fueron los elementos seductores, otros solo se lo atribuyen al azar. La mañana siguiente, después de una noche intermitente de destellos y centellas, el día estuvo de nuevo caluroso. Impecable verano. Brillante como la purga de un trabajo arqueológico, tallado con precisión quirúrgica como un Miguel Ángel. Nunca fue necesario reconocer las identidades. Tal cual un museo, como el flash de una foto, la luz se precipitó, los atrapó en burbujas interminables de energía y sin que pudiesen pestañear los dejó a todos descansando exactamente como estaban disfrutando. Una lata, imperial, quedó intacta, sostenida entre los dedos de ese primo que no pudo llevársela a la boca pero sí evidenciar su sed.

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