¡Eso no cuenta como salto!, gritó Adrián desde la otra orilla. Nico lo miraba molesto mientras se limpiaba las rodillas con las manos. Por supuesto que sí, viejo, respondió señalando el espacio de aire que los distanciaba. No está permitido agarrarse de ninguna cosa para cruzar, querido. Las consignas eran claras; habían sido redactadas aquella tarde en el Parque Botánico cuando decidieron oficializar lo que parecía un pasatiempo. Carajo, siempre se me olvida eso, venía perfecto. Es que si no me impulso con la ayuda de la antena no creo que llegue. Ese no es mi problema, la fuerza viene de este templo –Nico golpeaba su pecho y sus piernas- y no de artificios externos. Bien, es verdad eso, pero eso lo decís porque sabés que tenés más fuerza de piernas que yo. ¿Vas a seguir buscando excusas o vas a volver a hacerlo? No, ya me cansé, vamos a otro lugar. Ah, claramente estás asustado. No. Sí. Ok, ahí voy. Nico se dejó caer por una pared hasta un techo, cayó de nuevo en una saliente, bajó unas escaleras, se tomó de un caño de agua que cruzaba de edificio a edificio y volvió a retomar el camino ascendente. Acordate, no te agarres de nada. No. Adrián observaba la escena con mucha atención; antes de saltar, Nico lo miró, lo vio pestañear y se sorprendió. Al despertar, Nico vio una luz amarillenta y sintió gusto a metal en la boca, sobre él había una figura con aspecto humano pero que no lograba identificar. No es Adrián, se dijo. Volvió a perder el conocimiento. Al recuperarlo una ráfaga de viento fue lo primero que recibió, la sintió primero en las piernas, luego en los brazos y por último en la cara. Al mirar hacia abajo vio la rugosidad de los techos. No estoy en el piso, se dijo. Al mirar hacia adelante se vio venir. Estaba subiendo la escalera e iba decidido a saltar, veía la secuencia, se veía caer y sentía desvanecerse. Una vez más despertaba, ahora en el piso, un líquido caliente se deslizaba desde una oreja en tanto todo alrededor se batía inestable. No puedo moverme. Miró hacia arriba, no había más que cielo y dos edificios enfrentados, pestañeó, al abrir los ojos vio aparecer una cabeza por sobre el edificio derecho, la figura se alargó toda sombra, se estiró y vino sobre él entrando por su boca llenándolo hasta descomponerlo. La oscuridad invadió. La cuarta vez que volvió en sí, se vio venir nuevamente, decidido. Abrió sus ojos lo más que pudo y quiso gritar, le fue imposible. Pestañeó, vio su salto, vio su error de cálculo y se vio caer. Se desmayó. Al despertar, Adrián no sabía cuánto tiempo había pasado, caminó hasta el borde, se asomó y vio a Nico tirado en el piso, un hilo de sangre salía de su cabeza. Desesperado abrió su boca y con fuerza inhumana gritó: ¡Adrián!
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