NIEVE

 A quienes creen que los recorridos tienen una preconcepción, no solo por los tiempos en los que se realizan o cumplen en base a las expectativas sino también por las determinaciones que supuestamente nos rigen a partir del lugar donde hemos nacido, a esos me gustaría contarles las infinitas historias que reúnen a aquellos que todavía no hicieron lo que la mayoría sí. Y como no voy a poder contarlas a todas, voy a quedarme con una, con la que para mí resume los esfuerzos por llegar a instancias que deberían garantizarnos la felicidad, pero, así y todo, nos siguen dejando el sinsabor de lo no vivido. Experiencias que tardan en aparecer y, casi sin darnos cuentas, vamos desechando hasta quedarnos con el resabio de un mundo empobrecido dentro de lo ya reticente de las posibilidades. Irene fue mi novia durante cuatro años. En esa época ambos estábamos saliendo de los condicionamientos familiares y empezábamos a gozar de una independencia que nos daba mucho tiempo aunque poco dinero. Nuestros primeros viajes fueron a destinos clásicos como el mar en verano y la montaña, también en verano, ya que no podíamos elegir mucho por las limitaciones esgrimidas. Siempre íbamos de camping y, hasta que yo aprendí a manejar, nos desplazamos en colectivo y hemos hecho dedo en más de una ocasión. En unas de nuestras vacaciones en las montañas ella me mencionó lo hermoso que sería ver todo ese escenario cubierto de nieve. Yo continué con ese hilo mencionando otros viajes que había podido realizar con mi familia y con amigos, sin olvidar el, ya no, clásico viaje de egresados. Estaba en el medio de mi disertación sobre deportes sobre hielo y vi que su mirada estaba en otro lado, mientras con nervios inconscientes arrancaba motas de pasto. Me detuve abruptamente y le pregunté qué le pasaba. Luego de unos sucesivos e incómodos nadas, me confesó que nunca había conocido la nieve. Más de un año y medio estuvimos planeando el viaje a las montañas en otoño-invierno. Estiramos al máximo la fecha de partida para que las nevadas llegaran antes que nosotros. Estuvimos más de diez días en nuestro destino y las lluvias fueron permanentes. La inclemencia de la naturaleza fue tal que el camino en aerosillas a las cimas estuvieron todas inhabilitadas por días. Con el más profundo de los dolores, y el peor sentimiento de resignación en ella, volvimos a casa sin haber cumplido el sueño de Irene. Tiempo después, una vez separados, nos encontramos en la peatonal y charlando me dijo que todavía no la conocía. Deseé que la persona con la que estuviese tenga un pacto mejor con el destino o la naturaleza para poder darle algo que, para mí, es inherente a lo que significa vivir. Por otra parte, sin darme cuenta, la historia de Irene me demostró que toda la armonía que yo podía aspirar sobre lo que me rodeaba estaba lejos de ser remotamente así y, por sobretodo, depender de mí. 

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