ROEDOR

 Los trabajos universitarios tienen, entre sus tan pocas formas avaladas de realizarlos, una que consiste en tomar un hilo conductor y hacerlo dialogar (palabras o frase muy recurrentemente pedagógica) con dos, tres y no muchas más literaturas (en este, mi campo de estudio). Entonces, se puede hacer un análisis sobre las formas de violencia doméstica del Siglo XX en Europa Oriental utilizando la intertextualidad entre Los Hermanos Karamazov y Ana Karenina. De allí pueden desprenderse múltiples aristas o subtítulos que no vienen al caso. Hubo una vez, cuando ya no iba más a la universidad porque no me daban las pestañas (ni las neuronas) que hice un ensayo (sin saber, en ese momento, que lo era) para la carrera de nivel terciario sobre la concepción de la infancia como una etapa reconocida dentro del crecimiento humano vista desde una selección dentro de un libro de George Duby y dos literaturas. Estas últimas, lamentablemente, ya no las recuerdo. Sí recuerdo que quedé muy conforme con esa puesta en escena que fue, ni más ni menos, frente a una docente que dictaba cátedra en la universidad y luego, al final de la carrera, me confesó que me hubiese ido muy bien en el ámbito universitario. Supongo que ella no debe recordar eso que me dijo, pero por suerte la memoria es una de las pocas y reales propiedades de hecho, tanto así como lo que consideramos memorable. Este mediodía, durante el almuerzo con mi novia, nos propusimos que la comida durase treinta minutos. A los cinco ya me había devorado tres cuartas partes de mi plato. No tenés que cortar un pedazo mientras tenés otro en la boca todavía. Comé como un roedor: de a poco pero masticando mucho, me aleccionaba cual primate (con el perdón de los primos evolutivos). En ese período que duró el almuerzo me puse a pensar en el tiempo que le dedicaban las familias, los hombres y mujeres con sus hijos, parientes, vecinos, conocidos, de hace cientos (por qué no miles) de años para ese ritual del día. Horas tal vez, compartiendo el alimento cotidianamente sin la necesidad de salir despavoridos a retomar alguna actividad o simplemente revisar el celular. Creo que sería un buen tema para un ensayo universitario detectar algunos registros temporales del acto de almorzar o cenar en ciertas literaturas de determinadas épocas. Puede que algunos autores se detuviesen en ese aspecto como parte de una cotidianidad, marcando un poco más la huida de comida veloz en la que hemos convertido nosotros el compartir una mesa o, en realidad, un alimento. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario