-¿Y para vos qué es?
- Un pantalón sin división.
Y me sorprendí de mi respuesta. Hacía tiempo que me sentía extremadamente preciso en mis intervenciones orales, por más que en sí solo fueran o sonaran como estupideces o nimiedades. La vida de los sueños, ciertamente, ahora que poseía tiempo por las tardes para poder dormir siestas sin límite, se había acrecentado en cantidad y variedad. Eso me brindaba energía y sagacidad, creía yo, para, a la vuelta, en el plano consciente, escuchar con atención y responder de forma superadora o resuelta, por más que, repito, el diálogo parezca más inverosímil de lo que fue. Yo lo reducía casi todo a la posibilidad de introducirme en silencio y bien reposado en el universo de incongruencias atemporales. No hacía mucho, había esbozado una teoría en la que, en los sueños, las asociaciones se realizaban por eslabones temáticos, mientras que en la vigilia se producían por encadenamientos temporales. Esto me lleva a uno de mis últimos sueños en el que seres de hace diez años se pusieron en interacción con los de un pasado no muy remoto y, a su vez, con caras que había cruzado o imaginado esa misma mañana. El resultado fue una reunión bastante orgiástica, pero con el hilo conductor de ser todos personajes del ámbito estudiantil o académico. Al regreso, quedó un dejo de libido (no necesariamente sexual) que me hizo decir o hacer cosas a personas que rara vez podría llegar a atribuírseles. Por lo tanto, y aquí viene el punto por el cual inicié este bosquejo, en mí también hay un efecto libidinoso que es resabio de ese camposanto onírico que me da una fertilidad en la sinapsis y me aligera el celo que se siente al introducir la palabra productiva en el gran manto del discurso. O quizás me da el silencio y la paciencia necesaria para dar una estocada cuando el otro calla. Ayer fui a visitar a la hija de la prima de mi novia, tres años tiene, al principio no reconocía mi existencia, paseaba su mirada y se detenía en su madre o en otras personas presentes. Bastó para que me diese permiso para sentarme en su mesa de té para que en un intercambio no tan confuso, que podría catalogarse como diálogo, le pudiese explicar en una oración que jugar implicaba una cuota de compromiso por parte de los dos, ya que, si yo solo obedecía a todo lo que ella solicitaba, todo se resumía a un simple capricho. Esto, en otra etapa de mis sueños, no se lo podría haber explicado de ninguna manera.
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