La pregunta sobre qué significa ser mujer fue (y es) uno de los lazos más certeros que tengo con Vicky. Desde hace casi treinta años que somos amigas y hoy, con con 37 cada una, hemos llegado a un punto en el que esa misma incógnita está por definir una variable que, de producirse o no, va a cambiar nuestras vidas para siempre. Ambas somos graduadas universitarias, solo que ella sí ejerce de arquitecta. Mi trabajo como madre de tres ya no me deja tiempo para ni siquiera estar aceitada en estructuras básicas de la construcción. Si hoy tuviese que edificar algo, es muy probable que el primer viento lo tumbe. Ella, en cambio, recientemente ganó un concurso para levantar el primer rascacielos en medio de un área desértica de alguna ciudad perdida de Medio Oriente, donde no solo su carrera profesional llegó al punto más alto sino que también nació la razón por la que nuestra amistad está al borde de desaparecer. Es bien sabido que la vida cultural por aquellos lugares se presenta mínimamente exótica para nuestros ojos occidentales. Pero, en el tiempo que ella permaneció allá, estuvo en contacto con un grupo de mujeres que, en su condición, lejos están de ser lo que nosotras, desde chiquitas, entendíamos que una mujer debía ser y defender. Se involucró tanto que llegó a estar ligada a una agrupación que actúa necesariamente en la clandestinidad. Los móviles de este grupo son, por supuesto, la liberación de la mujer ante la opresión del hombre y, entre otras causas, la modificación genética de los óvulos cuando estos se congelan con el fin de ser fecundados más adelante. "Estas mujeres están tratando de liberar no solo un condicionamiento social e histórico sino incluso la manipulación en la obligación de tener que seguir trayendo gente al mundo. Continuando un escarmiento que solo nosotras podemos detener. El cambio tiene que ser radical y a fuego, algo que cambie hoy y para siempre", me escribió en la última carta que recibí (enviaba cartas porque decía que a los mails se los podían espiar tranquilamente). A mí sus palabras me daban más miedo que esperanza. Mis tres hijos fueron un motor en mi vida y no una opresión, pero entiendo que allá las cosas son diferentes y, sin ir más lejos, cerca nuestro también. La penúltima vez que nos comunicamos me dijo que estaba reunida con una doctora en biodecodificación y le había explicado todo acerca del método que haría cambiar el futuro de las mujeres, pero para eso necesitaba acceder a las clínicas de fertilización in vitro y hackear todas las incubadoras. Era un trabajo lento pero a gran escala. La última vez que nos vimos fue acá, en nuestro país, ella venía vestida con una formalidad que le permitiría el acceso y la no sospecha a cualquier clínica que fuese. Discutimos mucho sobre el sentido de sus acciones y el grado de certeza de sus convicciones. Sus palabras finales, con el mayor grado de justificación que, para mí, puede tener lo injustificable, fueron: Tengo que congelar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario