ADORNO

 Lo forzado de esta elaboración obliga a un discurrir de palabras que se esparcen como pasta de un pomo apretado con fuerza mientras el orificio de salida apenas supera el diámetro de la cabeza de un alfiler. Ni la música de tiempos remotos, de esos que uno imagina cuando escucha subir las escalinatas melódicas de un chelo o un piano; ni las focalizaciones en objetos que uno tiene alrededor; nada viene en ayuda cuando la obstrucción creativa manda y la obligación escrituraria apremia. La postergación satisface a la irrealización que sonríe sarcástica al saber que por más que nos alejemos, tarde o temprano hay que volver para decir algo que es muy probable no tenga sentido o redunde en cosas, conceptos, metáforas, emociones o ideales ya dichos. Una calma, una pausa, una descripción de un tejado de época donde los gatos suelen dirimir sus querellas dicen que es la solución para detener las acciones y llevar al lector a lugares que seguramente no coincidirán con los que hemos pensado al momento de escribir. Pero la imaginación, la colectiva e individual al mismo tiempo, es el común denominador para compartir eso que el mundo llama literatura. Un adorno, un disfraz, una certeza, un punto de fuga, un modo de conocer, todas y cada una rodean nuestra corteza craneal cuando caminamos con la mirada de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Dentro, muy profundo, la inexplicabilidad yace tanto para el que escribe como para el que lee de que un tacto muy intenso unifica los tiempos y las tierras. Mientras tanto, ese esfuerzo primero se desovilla o, mejor dicho, se desanuda lentamente permitiéndonos retener en un haz de oraciones algún efecto propio, alguna imagen ajena o alguna teoría deliciosa. Entre los alambres de púa por los que arrastramos nuestro cuerpo creativo, se asoma una hoja escrita con vergüenza pero no por eso menos manchada de la sangre que solo busca decantar, junto con el tiempo que nos queda, la vida. De espaldas, doblada dentro de un folio, colgada como una prenda de un hilo y un broche o puede que reunida en un libro de un futuro inciertamente feroz, esperarán las escrituras fluidas y las trabajosas. Pensando que quien las leerá se dará cuenta del esfuerzo que demandaron y uno o una, al menos uno o una, agradecerá el sacrificio de la labor creativa, la inutilidad de la creación sin lucro, la despedida de un ignoto en los espacios blanquecinos de una, ya no, hoja en blanco. Pero primero concedámosle la vitalidad que tanto se hizo esperar, volviendo al plano de la acción, al respiro agitado y al tropiezo clandestino cuando todo parecía tan bien diagramado. Dejémosle que se oxigene bajo la rúbrica de un nuevo acontecer, un verbo que, de solo pronunciarlo, despierta la emoción del actuar. Un ordenamiento y una jerarquización del caos pleno en el pensamiento libre. Terminemos de una, y por esta vez, de escribir.   

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