HUELLA

 La costumbre indica que los viajes de retorno, luego de unas vacaciones, suelen ser más largos y tediosos que los de ida. Está a las claras el por qué: la emoción de ir de un punto a otro es distinta, las ganas de estarlo es otra, la paciencia con la que se abordan también. En fin, obviamente estamos hablando de viajes hechos en auto, donde todo se hace más ameno si hay varios que conduzcan. La cuestión es que en el viaje que unió la ciudad de Curuzú Cuatiá con Las Grutas, fuimos tres los pasajeros y solo uno tenía noción de manejo. La distancia supera apenas los mil kilómetros, pero eso trasladado a tiempo sobre el asfalto es de casi diez horas. La ida y todo lo acontecido durante los días que nos quedamos allá son dignos de contar, pero en alguna crónica de esas cargadas de anécdotas positivas y gratas. Pero lo que voy a relatar corresponde al regreso del mismo, a bordo de un Renault Gol dotado de los requerimientos mínimos en cuanto a tecnología y comodidad; el "básico" como se le suele llamar. Es pertinente mencionar lo acontecido la noche anterior a la salida, debido a que es un atenuante significativo para el resto del tramo. Teníamos pensado retornar una vez nos levantásemos de la salida nocturna final, bien dormidos y descansados. Habíamos conocido, unos días antes, a unas cordobesas con las que entablamos una de esas relaciones propias de las vacaciones y, entre una cosa y otra, regresamos al departamento que alquilábamos pasadas las cinco de la madrugada, pensando que gozaríamos mínimo de siete y ocho horas de sueño. Sin embargo, a las diez de la mañana, nos golpean la puerta solicitándonos que dejemos el lugar, ya que otros inquilinos esperaban por entrar. A pesar de nuestras quejas, tenían razón. Apuramos el empaque y salimos hacia la playa, que era el único espacio donde no nos iban a cobrar por quedarnos. Dormimos mal y acalorados. Nos despedimos de nuestras amigas y salimos promediando el mediodía. Rotamos el copilotaje, pero rápidamente el tercero de nosotros se durmió profundamente en el asiento trasero. La temperatura fue in crescendo y los vidrios bajos no lograban alivianar el calor, más bien todo lo contrario. El número de plásticos de botellas de agua fue aumentando en la medida que teníamos estaciones de servicio para detenernos. El sol nos pegaba recto en las piernas, haciéndonos transpirar y achicando las pupilas para enfocarnos en la ruta. Hubo un fragmento que admito haber cabeceado, es más lo hice realmente, porque al despertar solo atiné a ver al conductor que seguía firme con la mirada en el camino y me decía: Va a cambiar el panorama, señalando con el movimiento de su cuello el firmamento frente a nosotros. Tras siete minutos ya estábamos debajo de ella. Solo queríamos que el auto y sus neumáticos no salieran de la huella hecha sobre el pavimento. Nos despabilamos, pero ahora el agua venía de afuera hacia adentro. Literal. Desde la alfombra brotaba agua y solo atinábamos a reír del nerviosismo. Nuestro amigo, atrás, dormía. 

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