Si ustedes nos hubiesen conocido, nos habrían ofrecido golosinas, habrían creado e improvisado actividades para vernos felices, habrían gastado el poco dinero de sus bolsillos para satisfacernos, se los prometo: contemplarnos era motivo de goce para todo aquel que entrara en contacto con nuestro campo de acción y presencia. Obviamente, para nosotros, era algo natural ser así, propio de nuestra edad; creo que las apuestas de abuelas, tíos, primos y padres de otros amiguitos oscilaban entre ser curas, jueces de paz, misioneros en Rwanda o cualquier destino de altruismo, honradez y grandeza. Es que, sinceramente, apuntábamos hacia esos imaginarios porque la bondad nos salía de manera involuntaria, brotaba de cada interacción como si fuese parte de las virtudes que nos habían sido brindadas o una ganancia de alguna vida pasada bien transitada. A medida que transcurrió el colegio, este perfil se mantuvo con docentes, directivos e incluso otros alumnos. Proliferaban las relaciones y la aceptación social casi nunca fue un inconveniente, todo lo contrario, los grupos se pelaban para incorporarnos a sus filas y, así y todo, lográbamos ser parte de todos y de ningunos a la vez. El primero en mandarse una fue Damián, pero como estaban acostumbrados a que nunca las malas viniesen de nuestra parte pasó inadvertido e incluso para nosotros semejante actitud no fue más que otra manifestación de una conducta permitida y bienintencionada. El segundo fue Tomás y esa vez, al menos, vinieron a preguntarnos si sabíamos algo, pero rápidamente le delegamos la culpa a otro que portaba más chapa de problemático que no tuvo mucho derecho a réplica. A partir de ahí, notamos que podíamos encubrirnos mutuamente manteniendo una imagen impoluta, solo había que controlar la frecuencia de las maldades como para no darle a nadie la oportunidad de sospechar con argumentos sólidos. La fama ya la teníamos, solo había que cuidarla. Y esto duró bastante, hasta podríamos decir que de no ser por la última eventualidad habríamos llegado a la adultez con certificado de buenas personas. Pero lo que sucedió fue que hubo una especie de acumulamiento producto de estar demasiado tiempo en la senda del supuesto bien y esa vez no pudimos echarle la culpa a nadie, ni siquiera pudimos individualizar al autor dentro del grupo, porque fuimos todos. El tema también fue que el acto fue salvaje, extremadamente salvaje. La sangre se hizo protagonista y en lugar de amedrentar nos envalentonó, despertando una oscuridad que, pese a lo que digan, tampoco parecía artificial. Al fin ya no tuvimos escapatoria y aprendimos que cuando nos sentimos acorralados no existe sentido de pertenencia que te salve. La bondad que parecíamos portar por esencia desapareció automáticamente, y por más que nuestros abogados intenten usar esto como piedra de toque, por más buenas que hayamos hecho una mala empaña todo el cuadro. Lo más lastimoso es que nada de lo que creíamos, y creían los demás, sobre nosotros parece ser cierto.
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