LEYENDA

Su llegada se identificaba por una densa humareda que salía de la chimenea producto de la quema de las peores maderas que juntaban de pueblo en pueblo. A medida que se acercaban, muchos salían presurosos a esconderse ya sea en lo profundo de la naturaleza, ya sea en la casa de algún familiar de prestigio, ya sea en la tapera más remota posible. Sin embargo, muchos, a pesar de esto, no lograban evadir una persecución que ya tenía nombre y apellido, y contaba con la peor de las señales: la condena social. A bordo del armatoste flotante había seres de los más variados y con distintos niveles de agudización en lo que ahora llamamos patologías. Es verdad que aquellos que subían con leves síntomas de una actitud antisocial, por ejemplo, terminaban mimetizados en la radicalización de lo que sea que los invadiese. De cada lado, de arriba y de abajo, salían raudos y esperpénticos los gritos de una población que, cuando se acercaba a una civilización, aullaba desenfrenada como sabiendo el temor que se propagaba y la histeria que generaban. Algunos decían que tenían un líder, un capitán de navío, quien contaba con la lucidez suficiente como para embarcar y desembarcar a los que consideraba pertinentes. Si en algún puerto no lo dejaban descartar al menos uno, se ocupaba de adelantarse unos kilómetros y dejaba a dos de los peores cerca de esa ciudad. La leyenda cuenta que a pesar de que fuesen el terror de las aguas, no dejaban de ser la nota de color que surcaba los ríos, arroyos y afluentes, buscando, según los especialistas, liberar una opresión que los tenía sometidos. Lo cierto es que varios ni siquiera se veían sufriendo, todo lo contrario, portaban risas de distinta mueca que a veces se confundía con tristeza, pero no más. La Nave de los Locos era contemplada desde la orilla de dos maneras: por el loco, de modo trágico, es decir, como una posible prisión que lo obligaría a estar encerrado en una superficie de madera flotante, a merced de otras locuras que podían llegar a ser peligrosas, no como la de él o ella, que podía ser cualquier cosa, menos peligrosa. Por el otro, el ciudadano normal, digamos, la percibía de modo crítico: una reflexión y un apercibimiento a los tipos de conducta que no debería liberar o exhibir debido a la posibilidad de ser juzgado y condenado a ser un marinero de aguas turbias. En algunas localidades, los chicos recibían a la nave lanzándole piedras y no mentiríamos si decimos que, entre ellos, algún que otro adulto se sumaba a dicha actividad. Eso despertaba y acrecentaba el griterío dentro de la barca, haciendo incluso que alguno se tirara al agua y pereciese al no saber nadar. En otros pueblos, en cambio, eran recibidos con música: una orquesta se aprestaba en cierto blanco cerca de la orilla y tocaba melodías calmas o alegres que apaciguaban los ánimos de los locos, aunque no evitaban que, de todas maneras, alguno decidiese saltar para querer compartir de cerca esto tan hermoso que generaban, y ellos extrañaban. No se sabe cuándo dejó de circular la nave, pero sí los modos en que cada sociedad, en el futuro, trató con la locura. 

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