Conseguir trabajo para mí nunca fue problema. Tengo amigos que desde la secundaria les cuesta quedar después de una o dos entrevistas o lograr que los contraten para puestos buenos. En mi caso, nada de eso sucedió desde que tuve que salir a ganarme mi propio dinero e, incluso, cuando vi que en mi actual trabajo no había posibilidad de ascender, decidí lanzarme a que me contraten en lugares mejores o, al menos, mejores pagos. Pero el último puesto que obtuve me hizo reconsiderar esta forma de ganar mi dinero. Puso en tela de juicio mis habilidades, osea la percepción que yo tenía de mis fortalezas y mis fortunas. El tema es que eso no provino de algún error mío o algún exceso de confianza que me llevara a darme la cabeza contra la pared sino de mi patrón. Ahora lo llamo así porque ya sé que ese es el nombre que mejor le cabe a una persona que trata o considera a sus empleados como propiedades dependientes a él. Y si bien en algún punto lo somos, ir descubriéndolo implicó desnudar modos de relación laboral que excedieron lo meramente económico. Recuerdo que la entrevista primera, incluso la segunda, no fueron hechas por él, sino por gente de recursos humanos, quienes fueron encantados por mis modos de expresión y mi experiencia que, para ser joven, es suficiente para cualquiera opción de contratación que se considere. El momento de conocernos llegó a la tercera, y última, entrevista. Su imagen buscaba ser fresca y desacartonada, aunque se percibía que las responsabilidades que caían sobre él eran las más importantes y pesadas. De todas maneras, me dedicó unos 45 minutos ahondando en lo que él consideraba relevante. Luego de ese encuentro, no nos volvimos a ver hasta pasados los tres meses de prueba. Yo, en esas instancias, también voy evaluando dónde estoy trabajando y mis posibilidades dentro de la pirámide laboral que me incluye y, al cruzar la puerta de su oficina, el balance era altamente positivo. Cuando ingresé, noté que esta vez no me estaba esperando y que mi presencia llegaba a molestarlo inclusive. Traté de iniciar el diálogo, pero fui interrumpido inmediatamente. Mientras intentaba acomodarme a la situación, él se sentó en su escritorio y, tras unos segundos de buscar algo en su computadora, giró el monitor y me mostró una tabla de valores con mi desempeño diciéndome que estaban realmente conformes y que la intención era que continuase con ellos. Hasta ahí todo iba bien, pero inmediatamente después de esas palabras, volvió a buscar algo en su computadora y empezó a mostrarme datos, fotos, videos e incluso un seguimiento de mi persona dentro y fuera de la empresa. Allí supe que las cosas estaban realmente complicadas, sin embargo, la curiosidad por lo que se venía fue más fuerte que mi temor. Lo siguiente que oí de mi patrón fue la famosa frase: "Lo que necesitamos de vos..." y después de eso, ya nada fue lo mismo.
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