COLUMPIO

    En el seno de cada familia, las relaciones entre sus integrantes van tejiendo microrrelatos que, al reproducirse por otros integrantes de esa misma familia, van cobrando una ficcionalización que establecen, paulatinamente, los isotipos, los psicotipos, lo arquetipos que demarcarán los estigmas, las famas, las herencias, en definitiva, lo que condicionará el desarrollo y la forma de ser de cada uno o una. El caso de la familia Blázquez ha trascendido incluso los límites de sus propias ramificaciones, llegando a ser eco en las mesas familiares del pueblo donde vivía el núcleo duro, es decir, Norma Flandria y su esposo, Raúl Blázquez. Nombrarla a ella en primer lugar no es azaroso, ya que de quien más se sabía era de ella y sus andares por zonas que tiñeron de misterio lo que acontecía dentro de esa casa. Del matrimonio nacieron dos niñas, Kiara y Alma, que se llevaban tan solo 16 meses entre sí, pero eran diametralmente opuestas física y actitudinalmente. Se sabía, porque ella nunca lo ocultó, que Norma deseaba tener, al menos, un niño y como ninguna había cometido ese afán, el desprestigio corría para las dos por igual. Para las niñas, el desprecio fue algo natural y, mucho después, tal vez demasiado tarde, lograron entender la realidad en la que vivían. Cumplidos los ocho años, el matrimonio Blázquez decidió adoptar un hijo, es decir, un hermano que, según el relato de la madre: "estuvo esperando años para poder ser parte de la familia". Eso, sumado al consabido desprecio, significó para las hermanas pasar al ostracismo. Ni siquiera tuvieron la posibilidad de volcar algo de lo que recibían al recién llegado. Norma se ocupó de dividir la casa de manera tal que el único lugar en común fuese la cocina-comedor. Una vez que compartían las comidas, las niñas se iban a la parte superior de la casa mientras que el niño, de unos 6 años, podía acceder al patio. El desprecio pasó a ser odio mezclado con tristeza. Para los que vivíamos en el barrio, verlas apagarse y oscurecerse desde la llegada de su hermano fue notorio y, a la vez, doloroso. A Norma y Raúl, en cambio, se los veía alegres y entusiasmados. El señor Gálvez, dueño de la ferretería, mencionó que cuando le hicieron el encargue del columpio, le llevaron al niño para que le tomara las medidas y tanto el asiento como la altura fuesen hechos a medida y nadie más pudiese utilizarlo. El columpio se instaló a escasos metros de la habitación del niño y a una distancia en la que, desde la ventana de las hermanas, solo se lograba ver el balanceo del cuerpo hacia adelante pero no hacia atrás. La visión permitía ver el ascenso de su hermano y el rostro de felicidad que tenía al subir. Lo más ofensivo para ellas era imaginar a su madre o a su padre empujando desde el lado ciego. Como si una fuerza invisible, pero añorada, le llevara felicidad a él pero no a ellas. Y como la invisibilidad fue su característica principal, se dice que también ese mismo halo cubrió el accidente que se conoció en todo el pueblo pero nunca tuvo culpables. Lo cierto es que en el momento que ocurrió, nadie quería ser parte de la familia Blázquez. 

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