INADAPTADO

Los turnos nocturnales se caracterizan por estar poblados de gente que, de una u otra manera, ha quedado en una especie de marginalidad laboral. Entre los puestos que se me vienen a la cabeza oscilan los guardias privados (de empresas privadas, ya sabemos que esa privación parte básicamente de no dormir de noche), los playeros de estación de servicio (aunque no sé si abundan actualmente), los empleados de farmacias de turno (o de multinacionales 24 hs); los operadores telefónicos de servicios que se contratan para que respondan todo el año y todos los días, y, a simple vuelo de pájaro, pienso en los panaderos que deambulan por las madrugadas amasando lo que hemos de desayunar. 
Este número de personas, que en la ciudad suele ser elevado, podemos identificarla a la luz del día porque su tez ya no es amarillenta, como la de aquel que no sale mucho de su casa, sino que ya se ha tornado verdosa, contrastando con unas ojeras paulatinamente más oscuras. Y suelen caminar como perdidos, vistiendo ropas sin sentido estético, ya que raramente deben estar presentables durante algún evento diurno. Su alimentación es desbalanceada por el simple hecho de saltearse ya sea la primera ingesta del día o alguna de las restantes y su estado de ánimos contradice con las lógicas del clima y las fases lunares. 
Yo fui parte de ese grupo de inadaptados laborales durante dos años. Las consecuencias que generó en mí aún las arrastro con etapas de noctambulismo y picos energéticos a altas horas de la madrugada. Es más, estas palabras las escribo siendo las 02:47 am. Pero así como me ha brindado una capacidad de soportar el cansancio en momentos cuando la naturaleza y la lógica dictan ir a descansar, también me ha dado la posibilidad de encontrarme con las facetas humanas que solo y únicamente surgen al caer el sol. Si bien el objetivo es o era cumplir con nuestro trabajo, se tornaba inevitable compartir las profundidades de los seres que, al no tener descanso, manifiestan su claroscuro de una u otra manera. Como almas en pena, las personas que no duermen cuando deben terminan acostumbrándose a una especie de inframundo solapado por la sonrisa que se debería llevar cuando se tiene que trabajar de día. 
Tal vez, yo he sido víctima de ese acostumbramiento, pero, lejos de renegar, puedo decir que he conocido compañeros con los que he dialogado sobre disfuncionalidades familiares, por ejemplo, y es más, ahora que recuerdo, he escuchado al hijo de uno de los dueños de la empresa para la que trabajé confesarme la imposibilidad de acallar los pensamientos negativos mientras veía en su mirada el pedido de auxilio que, claramente, no estaba obteniendo de sus relaciones cercanas.
La noche como confesionario sensibiliza la virilidad diurna y nos pone como amebas a nadar en un éter de murmullos, del cual solo se oye el rumor de nuestra cabeza y alguna que otra cuchara revolviendo el café. No obstante, considero que es una etapa que todos deberíamos transitar más allá de la sonora fórmula: "Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón".

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