Doblaron por la última cuadra antes de llegar al cementerio, antes eso era un terreno prácticamente inhóspito, pero ahora se había transformado en parcelas prolijamente delimitadas donde se podrían divisar, un tanto separadas, las construcciones de concepto abierto, con islas en la cocina y piletas rodeadas de pasto brasilero. El sendero, sin embargo, seguía siendo de tierra, porque bien se sabe que las inversiones alcanzan hasta llegar al común de la gente, o hasta la gente común, es lo mismo. En el oeste ya el sol había escondido un cuarto de su cuerpo y el firmamento a su alrededor comenzaba a teñirse de rosas violáceos, celestes verdosos y naranjas cobrizos; la visión de esto se les veía obstruida por los declives en el terreno que eran abrazados por las elevaciones en forma de barranco buscando evitar posibles inundaciones. Casi frente a ellos, a menos de un kilómetro, se podía distinguir el contorno de "el árbol", como ellos lo llamaban, ya que estaban seguros de que podía ser un roble, o un cedrón, o una acacia pero no estaban muy asesorados sobre especies, y tampoco les importaba. Lo que sí era válido era llegar hasta él, como un objetivo a cumplir en ese deambular patético que los reunía. Un mojón en esa inmensidad pampeana que de a poco se ocultaba junto al día y quedaba a merced de un diálogo esquizo que partía los caminos en hebras como serpientes reptando en un sentido que tampoco importaba hallar. Uno comentaba su deseo de unir el recorrido que iba desde su casa al trabajo montando a caballo; la escena incluía sombrero, cabalgata, riendas y bozal pero olvidaba mantenimiento, comida y bebida; la idealización de los proyectos impedía empañar una posible realidad por venir. El otro se ocupaba de su esfuerzo por ser un buen oyente y no interrumpir automáticamente el discurso ajeno con alguna autorreferencialidad que lo aislara en su mundo, que tarde o temprano lo frustraba por acotado. Así transcurría la caminata, mientras se multiplicaban los sonidos distintivos de chicharras, grillos, sapos, búhos y muchos otros seres que saben vivir mimetizados con la noche. Y como ya el ocaso los incluía, doblaron nuevamente para emprender el regreso. Al hacerlo, las luces altas de un auto los alumbró a doscientos metros generando un juego de sombras que se alargaban y contraían a medida que se acercaba. Los dos caminantes comenzaron a reír y a hacer chistes entre ellos haciéndole señas al auto. Se encontraron en el árbol y del auto último modelo, pero claramente descuidado por su dueño, se bajó un tercero que, luego de saludarlos, les ofreció una lata de cerveza a cada uno. Los tres se quedaron sentados en el capó mirando lo que quedaba antes de la oscuridad absoluta, recordando los tiempos pasados en que la escuela los unió aleatoriamente siendo eso el regalo más preciado que la vida, el destino y el azar les pudo haber regalado.
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