RIBERA

En tanto la desmesura del arte no permanezca única y exclusivamente a la naturaleza, existirá una distancia insalvable que separará a hombres y mujeres en sus ansias por expresar un fenómeno artístico. Si nos detenemos a contemplar un paisaje, por ejemplo, del litoral santafesino, presenciaremos la armonía de colores, formas, matices, sonidos, texturas y brisas suficientes como para que ningún artificio sea requerido para sublimar el momento. A lo sumo podrá complementarla, generando o reproduciendo una música que lo acompañe o que esté inspirada allí mismo; pintando un cuadro que busque asemejarse al paisaje sin poder lograrlo; erigiendo en arcilla la figura totémica de la madre tierra como duplicado y agradeciendo a la mano que ofrece dicho espectáculo. Pero, ¿qué pasa con la desmesura? Ese desborde tan cercano al caos que tanto nos preocupa, pero que tanto anhelamos. Se encuentra, en este caso, en las explosiones nubosas que, algunas, poseen movimiento, otras invaden un fondo profundo; otras un horizonte más cercano, ciertas prometen la luz solar que ahora ocultan; otras se tensan con la pesadez de la lluvia venidera o pasajera. En sí, todo se desfasa de la apolínea imagen del marrón y el verde, del agua y de la tierra, como también del macrocosmos vegetal barranca abajo donde existe una lucha voraz por la vida y la coexistencia. Hasta aquí llegamos y el desborde se nos ofrece adaptable e incluso controlable y, de hecho, todo es una forma definida que nos rodea, en apariencia. Sin embargo, una vez vuelto el contemplador o contempladora a la arquitectura de la civilización, buscará resignificar la finitud de su retención y el aplacamiento que descarga el mundo de cemento al que pertenece y deberá preguntarse cómo puede poner en marcha artísticamente eso que lo movilizó y ahora debe pasar a ser su creación. Nuevamente, la distancia se manifiesta certera, en principio y fundamentalmente porque no todos poseen el beneficio económico de adquirir todos los materiales y las cantidades necesarias para llevar adelante un arte de la desmesura. Y de poseerlos, no todos pueden darse el lujo de tenerlos a todos en las cantidades suficientes, tampoco de liberar las fuerzas internas que intentan plasmarla y son como esas nubes estalladas en un varietal ahora indómito. Incluso en la libertad supuesta que da el arte, el que busca crear se verá atado en su (im)posibilidad material, debiendo aprender a mesurar sus impulsos si no quiere quedar con la manifestación inconclusa. ¿Controlar la pasión arrolladora o afrontar una obra a medias expresada? He aquí que el conocimiento de usos y técnicas para lograr grandes expulsiones del sinsentido existencial deberían considerar la posibilidad de que todos y todas podamos configurar el elemento artístico bajo una estrategia inagotable, más allá de la precariedad económica. Tan vital como convertir el agua en vino. 

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