Quien descubre el dolor posee la ventaja de distinguir entre ese sentimiento y algún otro que, para no caer en dicotomías falsas, denominaremos no-dolor. Las del último grupo son de gamas variadas y muchas veces se confunden con el placer, por lo tanto, rompen la posibilidad de cotejar las experiencias en un uno contra uno. La ventaja no corre en relación a su historicidad, como en un antes y después de no conocer el dolor y sí adquirir su certeza, sino en concomitancia con otros individuos que han nacido en el dolor y les cuesta reconocer otra experiencia que no sea esa misma, como una cicatriz que siempre se rasca cuando está a punto de sanar. Hace tiempo, tuve una discusión con mi novio. Estábamos de viaje de vacaciones con otra pareja amiga. Ellas discutían casi todos los días por nimiedades (desde nuestra perspectiva) y nosotros podíamos anclar, en nuestro sentido crítico, la solidez del vínculo que creíamos tener y ellas carecer; con la calma de quien ya superó esa instancia de la discusión fácil y por todo. Un día, a la hora del almuerzo, la novia de mi amiga se puso a relatar algunas historias de su pasado, de su infancia (o de cuando era niña, porque no podría decirse que experimentó dicha etapa del desarrollo humano) hasta llegar a su precoz adultez, salteándose todo período previo. A medida que iba y venía con el relato de sus experiencias, la tragedia, el desamparo, la marginalidad y las malas decisiones competían para ver quién era la más lacerante. No solo su vida era una sucesión de desgracias, también las de sus padres (biológicos y adoptivos), las de sus abuelos (había una abuela, hay cosas que no se pueden olvidar y deben ser dichas, que había querido asesinarla arrojándole un ladrillo desde el techo de su casa), las de sus hermanos y hermanas (que no habían corrido mejor suerte que ella); su propio cuerpo (con una sangre que, análogamente, había estado enferma hasta hacía no mucho) y así, ordenadamente, una tras otra comentaba las causas por las que debía sentirse agradecida de estar hoy donde estaba. Por la tarde de ese mismo día, mi novio y yo discutimos. Los motivos, justicieramente, fueron trivialidades de la vida conyugal. De ese cortocircuito salí despedida a caminar para poder respirar con tranquilidad y calmar mi bronca mezclada con lo que, para mí, era el dolor. Llegué a un terreno de césped cortado al ras, limpio y deshabitado a la vera de un afluente del río. Una barranca se mostraba perpendicular con una inclinación de unos cuatro o cinco metros. Miré ese borde, ese límite, y vi todos los arbustos crecidos mezclados con cardos, pequeñas flores, espinas, troncos en estado de putrefacción, micro movimientos que delataban vida en ese híbrido. Entendí que mi vida había sido ese mismo terreno cuidado y bucólico que yo pisaba y mi situación vigente una declinación hacia el grado cero de la existencia como lo es el dolor. Y también comprendí a esa chica, novia de mi amiga, que vivió toda su estadía en este mundo en ese precipicio buscando, poco a poco, discusión a discusión, frustración tras frustración, llegar al plano estable en el que el dolor no sea una constante o, al menos, la única sensación conocida y por conocer.
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