Reunidos estábamos luego de quince años de haber terminado la escuela secundaria. El gimnasio, que otrora había sido sede de competencias deportivas, amontonaba diez tablones con un manteles que rozaban los muslos incómodamente. Las luces blancas de los fluorescentes refulgían en modo led y todo parecía estar demasiado claro como para darle vida a las arrugas que nadie se salvaba de compartir. Pero el espacio no era lo único que nos reunía, también estaba el vino. Alguno más avieso al néctar escarlata subía y bajaba su vaso a una velocidad mayor que el resto, al tiempo que esperábamos para recibir el plato de entrada. Lo cierto es que cuando fue el turno de la comida principal, había un promedio de cinco comensales que ya tenían los ojos por demás de vidriosos. Es factible que, a pesar de que haya transcurrido tanto tiempo, aún tenían la certeza de que el enemigo central de las instituciones educativas son los vicios. El primero en acercarse fue el profesor de gimnasia, saludó como si reconociera a todos y cada uno, pero en el pasaje de su mirada se notaba que varios apellidos no estaban en el registro de su memoria. La siguiente fue la profesora de lengua, una mujer, ahora más, menudita que en su momento acaparaba los amores incipientes de los adolescentes, pero que su estadía tan prolongada en el colegio le había pasado evidentemente factura. No obstante, debido al nivel etílico, varios se gastaron en elogios por el pasado que fue mejor. Por último, y no menos sino más importante, se arrimó al tablón el director que, muy atrás en el tiempo, regía la primaria, en nuestra época la secundaria y, se decía, poseía acciones como propietario de la escuela. Sus palabras, lejos de ser gratificantes o de bienvenida, fueron en reprobación por la cantidad de cadáveres de vidrio que se distribuían por la mesa. Su mensaje fue corto pero contundente: Siempre los mismos. Y eso me incluía. Acto seguido subió al escenario para dirigirse a todos los presentes no ocurriéndosele otra cosa mejor que repetir la reprimenda a nuestra mesa. El silencio en el gimnasio fue palpable y las palabras rebotaban en un eco que las hacían el doble de incómodas. Alguno que otro trató de tomar esto con humor esbozando una sonrisa por lo bajo, pero el director, lejos de retraerse, continuó elevando su retórica contra los que desprestigiaban el nombre de la escuela. El punto cúlmine se produjo cuando empezó a decir uno por uno los apellidos de los herejes. Al llegar al mío, recuerdo que, en un envión energético y calórico, previo a salir bajo una lluvia de aplausos y posterior a patear mi silla de plástico, grité con la copa en la mano alzada: ¡Cállese, viejo imbécil!
Muy buenooo
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ResponderEliminarBrillante!