PRESA

 Hoy Clara estuvo lejos con el pensamiento. Esto se traducía en la tesura de sus facciones que, de por sí, eran bastante angulosas. El rictus de tensión componía, junto al ceño fruncido, una pareja que, de haber evidenciado olores, alejarían a cualquiera que tuviera un mínimo sentido del olfato. Igualmente, el verla era suficiente. Las razones para este gesto se desconocen pero, luego, al hablar con ella, alegó que simplemente tenía un mal día: "uno de esos que son fácilmente olvidables". Aunque en esa proposición había dos mentiras: que fuese uno solo y que sea olvidable. Tiempo después, mucho de lo que era su vida, o hasta lo que nosotros conocíamos, cambió significativamente. Todo lo que venía haciendo o formaba parte de su presente, más como construcción que como casualidad, se terminó. Una relación longeva, un trabajo deseado, una casa que realmente parecía un hogar, hasta las mascotas dejaron de ser. Y todo se fue dando en un silencio íntimo, sin ser compartido con casi nadie. Con quienes se encontraba, a medida que el desmoronamiento se acrecentaba, les contaba una pequeña novedad en el gran mapa de su desanclaje. Parecía un marinero que confiaba algún objeto que había decidido soltar para siempre. El tiempo nos dejó rearmar los fragmentos en un sentido flashback. Cada cual expuso lo que sabía y se callaba, por pedido expreso de Clara, y todos sabíamos algo similar y distinto a la vez. Las conclusiones sobre lo que le pasó eran variadas y casi todas erróneas, o mínimamente injustas. Además, nos dimos cuenta de que nosotros también éramos presa de algo que había decidido alejar de sí, buscando nuevas compañías. Hablando con su, ahora, ex compañero, nos comentó que, en esos días de sus gestos particularmente preocupados, había estado mirando videos viejos, hallados en una máquina de fotos digital olvidada y recuperada. Al mismo tiempo, se encontró con un amigo lejano y se vieron en varias oportunidades durante todo el día. "Este amigo vivía en un pueblo acá cerca, paraba en la casa de un pariente que le prestaba el cuarto de su hijo que estaba lejos por estudios - nos confesaba sin entender tampoco mucho-. Ahora que pasó todo puedo aceptarlo, pero, en ese momento, esos eventos no parecieron significar mucho." Clara empezó a tomar, en realidad a anunciar, sus decisiones con la calma del que tiene las cosas por demás masticadas. No discutió con nadie en el trabajo al irse, no reclamó la tenencia de ninguno de los dos gatos y con su novio fue arteramente sincero al confesarle que lo que fue el amor, así como gratamente no fue lo que ella imaginó antes de conocerlo, tampoco era lo que sentía en ese presente. Aún resta conocer los móviles de sus actos. Extrañamos una imagen de ella, aunque es precisamente eso lo que Clara quería, quiso y decidió cambiar. 

LUNARES

 Díscolo de rojo, díscolo de amarillo, díscolo de verde y atravesar el cemento para justificar la bifurcada. Una excusa no dicha vale más que mil evidencias sin suceder. Incluso si descartamos la posibilidad para engañar al deseo, hay una escena que puede incluir la espera, el nerviosismo, la adrenalina y la sequedad en la boca. Porque cuando nos acostumbramos a una representación determinada de la realidad perdemos la vergüenza; aletargados repetimos la pantomima con mayor destreza. Pero si nos ponen a barrer el tablón donde bailan los cisnes, sentimos que la labor supera nuestras capacidades. No niego a la emoción, tampoco a la indiscreción. Una veta tiene el rasgo de peligro como también de posibilidad. Acaecida sin preanuncios ni anticipos lunares, sucede como la primera gota que se desborda de una canilla mal cerrada. Mojemos entonces esa lengua seca por la afasia contenida en la respiración irregular, pestañeamos de más por temor a no pestañear de menos y manoseemos los cabellos desde la raíz hasta los remolinos; sonriamos al temor de la incertidumbre instantánea, porque no sabemos cuándo volverá a producirse sin nuestra egoísta e idealizada intervención. Detrás de un hecho descansan docenas de mirillas por las que espiar, algunas guardan risas sonrojadas y otras pesadumbre de pera apoyada sobre las palmas de una mano. Así y todo respetamos a la violencia de las catástrofes porque poseen la característica de presentarse en verticalidad frente al cúmulo de puntos que ordenamos para vivir en el tiempo. De esta manera: ¿qué no habríamos de tolerarnos a nosotros mismos sin ser víctimas de nuestro propio miedo al descontrol? En la dubitativa línea que nos trazamos para no caer, se encuentra la indeleble subversión que siempre se esconde detrás de lo normal. No hay mal en el goce de una transgresión basada en una manifestación más concreta que las leyes que aparentan censurarla. La dificultad de decir que no radica en decir que sí a todo lo que se venía haciendo y la fortaleza de ese acto reside en bañarlo de la honorable causa que es hacer uso de la libertad. Aunque luego todo siga como viene sucediendo. Aunque después de mucha abstención, nos vuelva a pasar la oportunidad, pero tengamos que atravesar díscolos de rojo, díscolos de amarillo y díscolos de verde. Aunque muchas veces, tengamos una oportunidad justo cuando la dejemos de buscar. 

PATRÓN

 Conseguir trabajo para mí nunca fue problema. Tengo amigos que desde la secundaria les cuesta quedar después de una o dos entrevistas o lograr que los contraten para puestos buenos. En mi caso, nada de eso sucedió desde que tuve que salir a ganarme mi propio dinero e, incluso, cuando vi que en mi actual trabajo no había posibilidad de ascender, decidí lanzarme a que me contraten en lugares mejores o, al menos, mejores pagos. Pero el último puesto que obtuve me hizo reconsiderar esta forma de ganar mi dinero. Puso en tela de juicio mis habilidades, osea la percepción que yo tenía de mis fortalezas y mis fortunas. El tema es que eso no provino de algún error mío o algún exceso de confianza que me llevara a darme la cabeza contra la pared sino de mi patrón. Ahora lo llamo así porque ya sé que ese es el nombre que mejor le cabe a una persona que trata o considera a sus empleados como propiedades dependientes a él. Y si bien en algún punto lo somos, ir descubriéndolo implicó desnudar modos de relación laboral que excedieron lo meramente económico. Recuerdo que la entrevista primera, incluso la segunda, no fueron hechas por él, sino por gente de recursos humanos, quienes fueron encantados por mis modos de expresión y mi experiencia que, para ser joven, es suficiente para cualquiera opción de contratación que se considere. El momento de conocernos llegó a la tercera, y última, entrevista. Su imagen buscaba ser fresca y desacartonada, aunque se percibía que las responsabilidades que caían sobre él eran las más importantes y pesadas. De todas maneras, me dedicó unos 45 minutos ahondando en lo que él consideraba relevante. Luego de ese encuentro, no nos volvimos a ver hasta pasados los tres meses de prueba. Yo, en esas instancias, también voy evaluando dónde estoy trabajando y mis posibilidades dentro de la pirámide laboral que me incluye y, al cruzar la puerta de su oficina, el balance era altamente positivo. Cuando ingresé, noté que esta vez no me estaba esperando y que mi presencia llegaba a molestarlo inclusive. Traté de iniciar el diálogo, pero fui interrumpido inmediatamente. Mientras intentaba acomodarme a la situación, él se sentó en su escritorio y, tras unos segundos de buscar algo en su computadora, giró el monitor y me mostró una tabla de valores con mi desempeño diciéndome que estaban realmente conformes y que la intención era que continuase con ellos. Hasta ahí todo iba bien, pero inmediatamente después de esas palabras, volvió a buscar algo en su computadora y empezó a mostrarme datos, fotos, videos e incluso un seguimiento de mi persona dentro y fuera de la empresa. Allí supe que las cosas estaban realmente complicadas, sin embargo, la curiosidad por lo que se venía fue más fuerte que mi temor. Lo siguiente que oí de mi patrón fue la famosa frase: "Lo que necesitamos de vos..." y después de eso, ya nada fue lo mismo. 

COLUMPIO

    En el seno de cada familia, las relaciones entre sus integrantes van tejiendo microrrelatos que, al reproducirse por otros integrantes de esa misma familia, van cobrando una ficcionalización que establecen, paulatinamente, los isotipos, los psicotipos, lo arquetipos que demarcarán los estigmas, las famas, las herencias, en definitiva, lo que condicionará el desarrollo y la forma de ser de cada uno o una. El caso de la familia Blázquez ha trascendido incluso los límites de sus propias ramificaciones, llegando a ser eco en las mesas familiares del pueblo donde vivía el núcleo duro, es decir, Norma Flandria y su esposo, Raúl Blázquez. Nombrarla a ella en primer lugar no es azaroso, ya que de quien más se sabía era de ella y sus andares por zonas que tiñeron de misterio lo que acontecía dentro de esa casa. Del matrimonio nacieron dos niñas, Kiara y Alma, que se llevaban tan solo 16 meses entre sí, pero eran diametralmente opuestas física y actitudinalmente. Se sabía, porque ella nunca lo ocultó, que Norma deseaba tener, al menos, un niño y como ninguna había cometido ese afán, el desprestigio corría para las dos por igual. Para las niñas, el desprecio fue algo natural y, mucho después, tal vez demasiado tarde, lograron entender la realidad en la que vivían. Cumplidos los ocho años, el matrimonio Blázquez decidió adoptar un hijo, es decir, un hermano que, según el relato de la madre: "estuvo esperando años para poder ser parte de la familia". Eso, sumado al consabido desprecio, significó para las hermanas pasar al ostracismo. Ni siquiera tuvieron la posibilidad de volcar algo de lo que recibían al recién llegado. Norma se ocupó de dividir la casa de manera tal que el único lugar en común fuese la cocina-comedor. Una vez que compartían las comidas, las niñas se iban a la parte superior de la casa mientras que el niño, de unos 6 años, podía acceder al patio. El desprecio pasó a ser odio mezclado con tristeza. Para los que vivíamos en el barrio, verlas apagarse y oscurecerse desde la llegada de su hermano fue notorio y, a la vez, doloroso. A Norma y Raúl, en cambio, se los veía alegres y entusiasmados. El señor Gálvez, dueño de la ferretería, mencionó que cuando le hicieron el encargue del columpio, le llevaron al niño para que le tomara las medidas y tanto el asiento como la altura fuesen hechos a medida y nadie más pudiese utilizarlo. El columpio se instaló a escasos metros de la habitación del niño y a una distancia en la que, desde la ventana de las hermanas, solo se lograba ver el balanceo del cuerpo hacia adelante pero no hacia atrás. La visión permitía ver el ascenso de su hermano y el rostro de felicidad que tenía al subir. Lo más ofensivo para ellas era imaginar a su madre o a su padre empujando desde el lado ciego. Como si una fuerza invisible, pero añorada, le llevara felicidad a él pero no a ellas. Y como la invisibilidad fue su característica principal, se dice que también ese mismo halo cubrió el accidente que se conoció en todo el pueblo pero nunca tuvo culpables. Lo cierto es que en el momento que ocurrió, nadie quería ser parte de la familia Blázquez. 

FRÁGIL

Cuando la crítica nace desde la ausencia ya sea de virtudes como de actos de presencia, es muy factible que se caiga en una acidez rancia que manchará no solo a nuestras lenguas sino también a las escalas de afecto que nos unen al criticado. Siempre hay, a su vez, una cuota de falta o carencia en relación al conocimiento que tiene el crítico con respecto a la situación del criticado. Pueden ser los móviles de sus actos u omisiones o los modos que poseen para abordar las trivialidades que el crítico considera con suficiente sapiencia como para resolverlas fácilmente y en total oposición al criticado. Por su parte, el criticado nunca está, o al menos no está cuando se produce la acción de la crítica. Entonces, nuevamente, la pieza faltante se repite convirtiendo el impulso en repetición, dando vueltas elípticas sobre el agujero negro de la desinformación, atrapando al crítico en aforismos superfluos o histeria neurótica contra un fantasma que lejos está de hacerse visible. El caso puntual es el de un amigo que hace poco logró ser padre. Digo logró porque tuvo una serie de intentos que, penosamente, se frustraron, generando incluso llegar a considerar que la vía biológica debía descartarse. Gratamente, el niño llegó, y la alegría fue inmensa. Todos sabían que ese era un logro producto de un esfuerzo y una perseverancia propia de ir más allá de lo que las probabilidades indicaban, contra las evidencias de la ciencia misma inclusive. A partir de ese evento, nuestro amigo dejó de asistir a prácticamente todas las reuniones, comidas, partidos de fútbol, etc. Su ausencia al principio fue entendida, pero más adelante, alguno se atrevió a preguntar qué era de su vida y, al final, todos se sumaron al cuestionamiento acerca de su alejamiento del ámbito social. Salomón nació prematuro. Estuvo un par de semanas en Servicios de Neonatología y, cuando pudieron llevárselo a casa, sus padres tuvieron que salir corriendo porque se ahogaba con su propio flujo estomacal. La primera vez que lo visitamos se lo notaba ofuscado, tenía cuatro meses de recién nacido, sin embargo, todas las críticas se desvanecieron. La vergüenza que sentíamos la tuvimos que ocultar con servicio y compañía. Nosotros fuimos hacia nuestro amigo, no esperamos que él viniese a ningún lugar. Lo frágil, la fragilidad no se critica. Lo endeble de la vida se cuida y se defiende a costa de cualquier comentario u opinión, de cualquier postura. Incluso la de aquellos que se jactan de amigos. 

ENCANTADO

Nosotros lo conocimos en una etapa que ya no era la mejor. Tenía muchos problemas fuera del ámbito laboral y le era inevitable llevarlos a cada entrenamiento. Eso decían, porque con nosotros siempre se manejó de manera respetuosa. Era el color de su piel, la de su cara, la que nos daba la pauta de que la heroicidad de a poco empezaba a ganarle el duelo a la trayectoria. Su mejor temporada fue la del 2000-2001, logrando el ascenso y luego el campeonato de primera división. Ahí nosotros ni existíamos o algunos tal vez estaban jugando en inferiores. Lo cierto era que todos sabíamos quién era y lo que había logrado. Cuando llegó, se presentó como si fuera cualquier hijo de Dios, pero a cada integrante del cuerpo técnico le dedicó seriedad y énfasis para decirnos qué había hecho cada uno para llegar hasta ahí. Los entrenamientos empezaron a ser totalmente diferentes a como eran. Desde lo técnico se enfocó en que trabajáramos en nuestros puntos débiles: los zurdos practicaban con derecha y viceversa, los defensores control, gambeta y definición; los mediocampistas no tener nunca la pelota y, luego, no dejar que el rival se las quitase, pero usando la pierna menos hábil y los delanteros ocupar roles defensivos mientras los defensores definían, o intentaban hacerlo. Desde lo táctico lo único que hizo fue consultarle a uno por uno qué posición disfrutaba más ocupar dentro de la cancha, la segunda pregunta fue qué puesto no le molestaría cubrir, dándole lugar a la tercera y última que era qué rol no ocuparía jamás si tuviese que elegir. Así organizó al equipo. No se puede negar que, al principio, el desconcierto era total y que para nuestra ubicación en la tabla (décimos de dieciséis) no era muy conveniente estar jugando al laboratorio. Aún así logramos terminar sextos esa temporada. Cuando promediaba el torneo siguiente, estábamos segundos a un punto del líder, con cinco fechas por jugar. Nos enfrentábamos al tercero y al término del primer tiempo íbamos 1 a 0 abajo y si hablamos de él ahora es, no solo por lo que significó en su mejor momento, sino también, por lo que nos dijo cuando las cosas se presentaban adversas: "Jóvenes, si hemos llegado hasta aquí es por el esfuerzo de todos y cada uno. Queda poco para terminar el campeonato y creo que lo vamos a ganar. Es una certeza que me llega casi de forma intuitiva, pero no por eso menos infalible. También ha sido una certeza para mí algo que me viene sucediendo incluso antes de agarrar este plantel. Algo que es tan adverso como ir perdiendo un partido clave durante los cuarenta y cinco minutos iniciales. Algo que logré cambiar incluso contra todo lo establecido por este contexto futbolístico que nos rodea. En contra de las tradiciones, del folclore, del periodismo, incluso en contra de mi familia. Es preciso para mí decirles, porque lo intuyo necesario, que hace un tiempo estoy en pareja con un ex compañero de mi época de futbolista. Y estoy muy feliz. Digamos que estoy encantado de poder decírselos."  

CENIZAS

Aunque no fui al único que se lo dijo, sus palabras reunidas en una frase tan sentida, pero utilizadas en tono humorístico, me incomodaron de tal manera que no logro erradicarlas de mi cabeza: ¿No vas a saludar a papá? Y mi cuello torciendo hacia todos lados casi tanto como mis ojos cerraban el remate del chiste. El silencio tras la pregunta, sumado a la cara de complicidad de su novia allí presente, no hicieron más que acentuar mi vergüenza y, lejos de querer sacarme de ella, volvieron al ataque: Un poco desubicado de tu parte, ¿no? Cuando ya no sabía qué hacer con mis muecas ni con mis movimientos, ambas comenzaron a reírse. Hacía un mes que el padre de mi amiga había muerto. Yo no la había visto desde entonces y un día decidí ir a visitarla para charlar y darle mis condolencias. A llegar, nos abrazamos sin efusividad, porque tanto ella como yo no somos muy demostrativos. Comenzamos a charlar automáticamente de temas irrelevantes hasta que me invitó a pasar a una habitación recientemente reciclada produciéndose la escena ya relatada. En el estante más alto de un mueble empotrado había una caja de no más de 30x30 con una placa que supuse decía lo que decía, porque no alcanzaba a leerse de lejos. Me descontracturé tratando de evadir mi evidente incomodidad, ya que sus preguntas en algún punto pusieron en duda la muerte misma de su padre y algo en mí hizo buscar el cuerpo de una persona de unos 60 años mínimo postrado en un catre. El humor negro es una de las formas más crudas y, por ende, reales de exponer la tragicomicidad de nuestro paso por esto llamado vida. El haber diagramado un chiste a partir del dolor propio no hizo más que acrecentar el cariño hacia ella. Me sumé a la lista de ocurrencias en base a la "presencia" del padre no sin antes preguntarle de manera directa a qué se debía el uso del humor a tan poco tiempo de haber acontecido su muerte. Me confesó que esa era su manera de hacer el duelo o, al menos, de sobrellevar un acontecimiento que, sumado a la muerte de su madre hace algunos años atrás, la había dejado totalmente sola. "Y cuando una está sinceramente sola o, en este caso, se queda sola, no hay otra opción más que conciliar con lo que una es hasta el momento en que la abandonan. Digamos que hasta este momento yo sé que soy lesbiana y que tengo un humor ácido y, si no lo aplico con libertad, nada de lo que me dejaron ellos, más allá de esa cajita que ves ahí y el auto que está estacionado afuera, va a ser válido o significativo. Y ese no es mi objetivo actual." Terminamos hablando de los conflictos familiares que había acarreado la herencia legada en vida del padre y la verdadera tragedia que es que lo material interfiera en las relaciones humanas, al punto tal que aquellos sobrinos, que habían estado en su cumpleaños hace un par de semanas, ahora ni siquiera le dirigían la palabra por pensar que ella había perjudicado a su papá (o, peor aún, a su hermano). La cantidad de cenizas que dejan los muertos en tierra y no lo saben.  

LEYENDA

Su llegada se identificaba por una densa humareda que salía de la chimenea producto de la quema de las peores maderas que juntaban de pueblo en pueblo. A medida que se acercaban, muchos salían presurosos a esconderse ya sea en lo profundo de la naturaleza, ya sea en la casa de algún familiar de prestigio, ya sea en la tapera más remota posible. Sin embargo, muchos, a pesar de esto, no lograban evadir una persecución que ya tenía nombre y apellido, y contaba con la peor de las señales: la condena social. A bordo del armatoste flotante había seres de los más variados y con distintos niveles de agudización en lo que ahora llamamos patologías. Es verdad que aquellos que subían con leves síntomas de una actitud antisocial, por ejemplo, terminaban mimetizados en la radicalización de lo que sea que los invadiese. De cada lado, de arriba y de abajo, salían raudos y esperpénticos los gritos de una población que, cuando se acercaba a una civilización, aullaba desenfrenada como sabiendo el temor que se propagaba y la histeria que generaban. Algunos decían que tenían un líder, un capitán de navío, quien contaba con la lucidez suficiente como para embarcar y desembarcar a los que consideraba pertinentes. Si en algún puerto no lo dejaban descartar al menos uno, se ocupaba de adelantarse unos kilómetros y dejaba a dos de los peores cerca de esa ciudad. La leyenda cuenta que a pesar de que fuesen el terror de las aguas, no dejaban de ser la nota de color que surcaba los ríos, arroyos y afluentes, buscando, según los especialistas, liberar una opresión que los tenía sometidos. Lo cierto es que varios ni siquiera se veían sufriendo, todo lo contrario, portaban risas de distinta mueca que a veces se confundía con tristeza, pero no más. La Nave de los Locos era contemplada desde la orilla de dos maneras: por el loco, de modo trágico, es decir, como una posible prisión que lo obligaría a estar encerrado en una superficie de madera flotante, a merced de otras locuras que podían llegar a ser peligrosas, no como la de él o ella, que podía ser cualquier cosa, menos peligrosa. Por el otro, el ciudadano normal, digamos, la percibía de modo crítico: una reflexión y un apercibimiento a los tipos de conducta que no debería liberar o exhibir debido a la posibilidad de ser juzgado y condenado a ser un marinero de aguas turbias. En algunas localidades, los chicos recibían a la nave lanzándole piedras y no mentiríamos si decimos que, entre ellos, algún que otro adulto se sumaba a dicha actividad. Eso despertaba y acrecentaba el griterío dentro de la barca, haciendo incluso que alguno se tirara al agua y pereciese al no saber nadar. En otros pueblos, en cambio, eran recibidos con música: una orquesta se aprestaba en cierto blanco cerca de la orilla y tocaba melodías calmas o alegres que apaciguaban los ánimos de los locos, aunque no evitaban que, de todas maneras, alguno decidiese saltar para querer compartir de cerca esto tan hermoso que generaban, y ellos extrañaban. No se sabe cuándo dejó de circular la nave, pero sí los modos en que cada sociedad, en el futuro, trató con la locura. 

HONDA

 Camilo visitaba a su abuelo cada vez menos. Había crecido lo suficiente como para no necesitar más de sus consejos ni de sus afectos, incluso los materiales. El abuelo era uno de los pocos gallegos que quedaban con vida de este lado del charco y todas las generaciones junto a las costumbres, la jerga y las formas de ver la vida y el mundo habitaban en él. Es más, el nombre de Camilo le vino por un tal Camilo Abel Medina, capitán de la flota que los trajo a estas tierras de prosperidad. Según el abuelo, este capitán había impedido que muriese en el trayecto al levantarlo de las aguas oceánicas después de que cayera en dudoso estado de ebriedad. El abuelo aseguraba que lo habían empujado, pero no descartaba la teoría de la borrachera. Así, Camilo fue Camilo portando la fisonomía de aquel primero. Por dentro, él pensaba que su cuello corto y sus manos grandes derivaban de ese capitán que le valió el nombre, y no se equivocaba. El asunto o la visita, puntualmente, era que en la escuela le habían solicitado que realizara un proyecto que implicaba rastrear la genealogía familiar y, como el otro abuelo estaba muerto, no le quedó más opción que visitar al español. Es verdad que al viejo le costó reconocer al nieto, ya que su rostro había cambiado, tanto así como la altura y la contextura física y, en la mente del viejo, había quedado asociado el recuerdo a la imagen de un niño que apenas podía caminar. Y también es verdad que Camilo tuvo que hacer un esfuerzo para adaptar principalmente su olfato a los olores de la casa en la que entraba. "Vení, seguidme", le dijo apenas cruzaron el saludo llevándolo hacia el fondo donde tenía su taller y, por el polvillo reinante, en plena faena. "Bueno, preguntad", le ordenó a Camilo que no terminaba de acomodarse. Pero sin dejar que profiriera una palabra continuó: "¿Cómo era que tenías que hacer? ¿Quién te lo pide?". "Un proyecto, abuelo. La profesora de historia."."¿Y qué quiere saber que no digan los libros?". "No sé, algo así como precisamente lo que no dicen los libros. Algo familiar. Algo como -y sacando su celular para revisar - una historia mínima." "Que si es mía, no por eso debe ser mínima, hijo. ¿O acaso yo parezco mínimo?" "No, ya sé, creo que lo de mínima se refiere a lo que los libros no dicen pero es importante para vos -y dándose cuenta que hablaba con un familiar de sangre -, bah, para nosotros." "¿Y ese nosotros se refiere a la familia que nunca me visita?" -el abuelo parecía adivinar. Incómodo al extremo, Camilo quiso excusarse, pero el abuelo no lo dejó: "Es una broma, tío, qué poco sentido del humor, chiquillo." Automáticamente, se puso a buscar entre las herramientas y los cajones mientras farfullaba maldiciones por tamaño desorden mezcladas con melodías silbadas. En un momento se detuvo, miró hacia el cielo y apoyó su mano izquierda sobre la parte baja de su espalda. "¿Dónde la habré puesto?" Como el tiempo pasaba, Camilo intentó decirle que no importaba, que le contara lo del capitán Abel Medina, pero el viejo sin bajar la mirada exclamó: "¡Allí, coño! -señalando a un punto fijo. Y subiéndose a una banqueta bajó un objeto colgado. "Esto, Camilo." "¿Qué es eso, abuelo?" "Una honda, tío."¿Una qué?" "Pues...una honda. ¿Cómo es que le llaman?" "¿Una gomera?" "¡Eso, una gomera, una honda!" "Ah, sí, sí." "Bueno, dile a tu maestra que esta fue mi primera herramienta para darle de comer a toda una familia por venir."

INADAPTADO

Los turnos nocturnales se caracterizan por estar poblados de gente que, de una u otra manera, ha quedado en una especie de marginalidad laboral. Entre los puestos que se me vienen a la cabeza oscilan los guardias privados (de empresas privadas, ya sabemos que esa privación parte básicamente de no dormir de noche), los playeros de estación de servicio (aunque no sé si abundan actualmente), los empleados de farmacias de turno (o de multinacionales 24 hs); los operadores telefónicos de servicios que se contratan para que respondan todo el año y todos los días, y, a simple vuelo de pájaro, pienso en los panaderos que deambulan por las madrugadas amasando lo que hemos de desayunar. 
Este número de personas, que en la ciudad suele ser elevado, podemos identificarla a la luz del día porque su tez ya no es amarillenta, como la de aquel que no sale mucho de su casa, sino que ya se ha tornado verdosa, contrastando con unas ojeras paulatinamente más oscuras. Y suelen caminar como perdidos, vistiendo ropas sin sentido estético, ya que raramente deben estar presentables durante algún evento diurno. Su alimentación es desbalanceada por el simple hecho de saltearse ya sea la primera ingesta del día o alguna de las restantes y su estado de ánimos contradice con las lógicas del clima y las fases lunares. 
Yo fui parte de ese grupo de inadaptados laborales durante dos años. Las consecuencias que generó en mí aún las arrastro con etapas de noctambulismo y picos energéticos a altas horas de la madrugada. Es más, estas palabras las escribo siendo las 02:47 am. Pero así como me ha brindado una capacidad de soportar el cansancio en momentos cuando la naturaleza y la lógica dictan ir a descansar, también me ha dado la posibilidad de encontrarme con las facetas humanas que solo y únicamente surgen al caer el sol. Si bien el objetivo es o era cumplir con nuestro trabajo, se tornaba inevitable compartir las profundidades de los seres que, al no tener descanso, manifiestan su claroscuro de una u otra manera. Como almas en pena, las personas que no duermen cuando deben terminan acostumbrándose a una especie de inframundo solapado por la sonrisa que se debería llevar cuando se tiene que trabajar de día. 
Tal vez, yo he sido víctima de ese acostumbramiento, pero, lejos de renegar, puedo decir que he conocido compañeros con los que he dialogado sobre disfuncionalidades familiares, por ejemplo, y es más, ahora que recuerdo, he escuchado al hijo de uno de los dueños de la empresa para la que trabajé confesarme la imposibilidad de acallar los pensamientos negativos mientras veía en su mirada el pedido de auxilio que, claramente, no estaba obteniendo de sus relaciones cercanas.
La noche como confesionario sensibiliza la virilidad diurna y nos pone como amebas a nadar en un éter de murmullos, del cual solo se oye el rumor de nuestra cabeza y alguna que otra cuchara revolviendo el café. No obstante, considero que es una etapa que todos deberíamos transitar más allá de la sonora fórmula: "Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón".

SALVAJE

     Si ustedes nos hubiesen conocido, nos habrían ofrecido golosinas, habrían creado e improvisado actividades para vernos felices, habrían gastado el poco dinero de sus bolsillos para satisfacernos, se los prometo: contemplarnos era motivo de goce para todo aquel que entrara en contacto con nuestro campo de acción y presencia. Obviamente, para nosotros, era algo natural ser así, propio de nuestra edad; creo que las apuestas de abuelas, tíos, primos y padres de otros amiguitos oscilaban entre ser curas, jueces de paz, misioneros en Rwanda o cualquier destino de altruismo, honradez y grandeza. Es que, sinceramente, apuntábamos hacia esos imaginarios porque la bondad nos salía de manera involuntaria, brotaba de cada interacción como si fuese parte de las virtudes que nos habían sido brindadas o una ganancia de alguna vida pasada bien transitada. A medida que transcurrió el colegio, este perfil se mantuvo con docentes, directivos e incluso otros alumnos. Proliferaban las relaciones y la aceptación social casi nunca fue un inconveniente, todo lo contrario, los grupos se pelaban para incorporarnos a sus filas y, así y todo, lográbamos ser parte de todos y de ningunos a la vez. El primero en mandarse una fue Damián, pero como estaban acostumbrados a que nunca las malas viniesen de nuestra parte pasó inadvertido e incluso para nosotros semejante actitud no fue más que otra manifestación de una conducta permitida y bienintencionada. El segundo fue Tomás y esa vez, al menos, vinieron a preguntarnos si sabíamos algo, pero rápidamente le delegamos la culpa a otro que portaba más chapa de problemático que no tuvo mucho derecho a réplica. A partir de ahí, notamos que podíamos encubrirnos mutuamente manteniendo una imagen impoluta, solo había que controlar la frecuencia de las maldades como para no darle a nadie la oportunidad de sospechar con argumentos sólidos. La fama ya la teníamos, solo había que cuidarla. Y esto duró bastante, hasta podríamos decir que de no ser por la última eventualidad habríamos llegado a la adultez con certificado de buenas personas. Pero lo que sucedió fue que hubo una especie de acumulamiento producto de estar demasiado tiempo en la senda del supuesto bien y esa vez no pudimos echarle la culpa a nadie, ni siquiera pudimos individualizar al autor dentro del grupo, porque fuimos todos. El tema también fue que el acto fue salvaje, extremadamente salvaje. La sangre se hizo protagonista y en lugar de amedrentar nos envalentonó, despertando una oscuridad que, pese a lo que digan, tampoco parecía artificial. Al fin ya no tuvimos escapatoria y aprendimos que cuando nos sentimos acorralados no existe sentido de pertenencia que te salve. La bondad que parecíamos portar por esencia desapareció automáticamente, y por más que nuestros abogados intenten usar esto como piedra de toque, por más buenas que hayamos hecho una mala empaña todo el cuadro. Lo más lastimoso es que nada de lo que creíamos, y creían los demás, sobre nosotros parece ser cierto.

DESCUIDADO

 Doblaron por la última cuadra antes de llegar al cementerio, antes eso era un terreno prácticamente inhóspito, pero ahora se había transformado en parcelas prolijamente delimitadas donde se podrían divisar, un tanto separadas, las construcciones de concepto abierto, con islas en la cocina y piletas rodeadas de pasto brasilero. El sendero, sin embargo, seguía siendo de tierra, porque bien se sabe que las inversiones alcanzan hasta llegar al común de la gente, o hasta la gente común, es lo mismo. En el oeste ya el sol había escondido un cuarto de su cuerpo y el firmamento a su alrededor comenzaba a teñirse de rosas violáceos, celestes verdosos y naranjas cobrizos; la visión de esto se les veía obstruida por los declives en el terreno que eran abrazados por las elevaciones en forma de barranco buscando evitar posibles inundaciones. Casi frente a ellos, a menos de un kilómetro, se podía distinguir el contorno de "el árbol", como ellos lo llamaban, ya que estaban seguros de que podía ser un roble, o un cedrón, o una acacia pero no estaban muy asesorados sobre especies, y tampoco les importaba. Lo que sí era válido era llegar hasta él, como un objetivo a cumplir en ese deambular patético que los reunía. Un mojón en esa inmensidad pampeana que de a poco se ocultaba junto al día y quedaba a merced de un diálogo esquizo que partía los caminos en hebras como serpientes reptando en un sentido que tampoco importaba hallar. Uno comentaba su deseo de unir el recorrido que iba desde su casa al trabajo montando a caballo; la escena incluía sombrero, cabalgata, riendas y bozal pero olvidaba mantenimiento, comida y bebida; la idealización de los proyectos impedía empañar una posible realidad por venir. El otro se ocupaba de su esfuerzo por ser un buen oyente y no interrumpir automáticamente el discurso ajeno con alguna autorreferencialidad que lo aislara en su mundo, que tarde o temprano lo frustraba por acotado. Así transcurría la caminata, mientras se multiplicaban los sonidos distintivos de chicharras, grillos, sapos, búhos y muchos otros seres que saben vivir mimetizados con la noche. Y como ya el ocaso los incluía, doblaron nuevamente para emprender el regreso. Al hacerlo, las luces altas de un auto los alumbró a doscientos metros generando un juego de sombras que se alargaban y contraían a medida que se acercaba. Los dos caminantes comenzaron a reír y a hacer chistes entre ellos haciéndole señas al auto. Se encontraron en el árbol y del auto último modelo, pero claramente descuidado por su dueño, se bajó un tercero que, luego de saludarlos, les ofreció una lata de cerveza a cada uno. Los tres se quedaron sentados en el capó mirando lo que quedaba antes de la oscuridad absoluta, recordando los tiempos pasados en que la escuela los unió aleatoriamente siendo eso el regalo  más preciado que la vida, el destino y el azar les pudo haber regalado.