DETERGENTE

Sucedió que salía de trabajar un sábado. Sí, sábado. Y me puse la campera primero por la manga izquierda y luego por la derecha. Me costó hacerlo porque comúnmente uno lo hace al revés o al menos ni se fija cómo lo hace. Qué me movió a generar tal cambio en mi universo no lo sé. No obstante, estaba realizando una acción comúnmente inconsciente de forma totalmente consciente y a su vez la estaba modificando. Abría la puerta del azar solo por curiosidad. Llego a la esquina, cruzo, voy en busca de mi bicicleta. En el camino surge una madre con su bebé, que recién daba sus primeros pasos. Acaricio suavemente un bucle rubio de su cabeza, introduzco la llave en el candado y ahí lo veo. El desencadenamiento de lo inevitable, la catástrofe hecha fruto cuando recién plantada la semilla. Y ahí estaba mi insolencia de ponerme la campera de otro modo plasmada. La rueda trasera totalmente doblada. Te la hicieron un ocho, me dijo la madre de la criatura que ahora eran atroces y detestables. Un acto de maltrato puramente despiadado ¿Sirve que me detenga a pensar si fue algo voluntario o no? ¿Si nació de un corazón por demás de maligno y dañino o fue solo un accidente (extraño de por sí)? No, no sirve de nada. Pero quién me quita el bodoque de bronca clavado en el pecho. Hice quince cuadras con la bici al hombro, en realidad diez porque me ayudó Rama (un amigo) el primer tramo, hasta mi departamento. Almorcé siendo las 14:30 y me dispuse a ir al súper siendo que hace semanas el detergente de la cocina es agua enjabonada.Ya sentía una molestia en la sien que seguramente venía de mi ceño fruncido como papel abollado. Cruzo Alvear altura Catamarca y alguien desde un auto me dice Pelotudo. ¿En serio? ¿Me acaban de decir Pelotudo? No, no creo. Miro al auto ya desde atrás, el conductor saca su brazo por la ventana y sí, me hace fuck you. Perfecto, no me equivoqué, ese completo extraño me dijo Pelotudo. Soy un agujero negro, ahora absorbo como el triángulo de las bermudas la riada de bosta que el universo despliega ante mi camino. Si alguien viene y se acerca va a sentir mi vaho maloliente y mi aura oscura tornándose cada vez más y más opaca. Fui, compré, pagué, salí. “Nada malo, nada nuevo malo. Nada malo por favor. Ya entendí el mensaje. Me quedo en el molde. Hoy no es hoy. Ya no pasa nada bueno hoy.” Caminé de vuelta, el cielo amenazaba con llover a cantaros, apuré el tranco, iba casi trotando. El viento movía las ramas y parecía mufarse de mi velocidad insuficiente. Estoy a una cuadra. Ya llego. Sí, me encierro for ever and ever en lo que queda de este sábado 4 de algún mes de mierda. Un auto sube a la vereda para meterse en una cochera, paso frente a su trompa, la bocina estalla a fondo ante mi humanidad. No lo puedo creer. Miro de reojo mordiéndome la puteada. No me voy a detener ante un potencial conflicto. Sigo caminando. A los dos metros me llaman. Giro mi cabeza y reconozco a un amigo de mi infancia. Me vuelvo, lo abrazo casi con ganas de llorar sobre su hombro y nos quedamos charlando. Su papá fue mi profesor de educación física y técnico de handball durante toda mi adolescencia, reconozco en él los gestos del pasado olvidados, la misma forma de mover sus manos, los mismos tics nerviosos. Épocas de gloria y de lo que uno ya no es pero fue y seguirá siendo. Fueron cinco minutos y nos despedimos. Volví a casa. En estos minutos, mientras escribo, el cielo se desploma en una tarde que se transformó en noche, relámpagos desde el sur y el oeste rajan la tierra a la distancia. La campera  gira y gira sola en el lavarropas.

CAPITAL

 No sé bien como expresarlo, digamos que es una especie de mundo dentro de otro mundo. Un plano interior abarcado por otro de mayor magnitud y resonancia. Una mamushka social pero aún así determinada por fuerzas similares e incluso análogas en pureza. A lo sumo la diferencia es mínima y compensada desde otro ángulo. La cuestión y la observación son las siguientes: dentro de un marco local, de pueblo, aldea, comunidad o conjunto de personas reducido, surge una banda musical conformada por un grupo de jóvenes (y otros no tanto) que comienzan a hacer temas propios teniendo contadas participaciones en los bares. Se hacen famosos en esa escala, la del boca en boca, la de la radio de ahí, la del club en el aniversario de la fundación del pueblo. Allí permanecen durante años y años casi siempre con los mismos integrantes exceptuando los que algún día se cansan o los que pasan a mejor vida, entre otros avatares. Pero jamás trascienden de esa dimensión hogareña donde todos se conocen con todos. Están cómodos, su música es escuchada y representan la voz popular, pequeña, pero popular al fin. Los niños aman sus recitales por la variedad polifónica que presentan y los ancianos siguen yendo a verlos porque reproducen los clásicos que escuchaban en su juventud y para ambos, tanto pequeños como adultos, la armonía está bien lograda, tiene identidad y la práctica los hace excelentes. Ahora bien, en ese plano dicha banda tiene éxito. Su meta está lograda. Lo poco que tenían lo hicieron mucho y encontraron su lugar en el mundo. Tal vez por negligencia, tal vez por no animarse al salto que implicaba tomar el auto del batero e ir a probar suerte a la capital, tal vez, sí, por cuestiones de destino, su realidad fue quedar anclados en el seno de su lugar natal dándole vida con la música que gestaban. Con los mismos parámetros quiero evaluar a la otra banda, a aquella que es mundialmente conocida y posee millones de seguidores que conocen su discografía y se tatúan su logo en el cuerpo. Hay éxito, por supuesto. Hay un fin logrado mucho más masivo evidentemente pero en definitiva tanto una formación como la otra logra su cometido de hacer nacer música para el regocijo propio y de los demás. Para darle un sentido a todo esto, hablando mal y pronto. El eje de por qué uno logra trascendencia mientras que el otro queda sumido en la mamushka más pequeña, no lo sabemos. Revolotean palabras fuertes en su contenido como azar, arriesgue, destino. En definitiva, unos se quedan donde nacieron, otros conocen el globo terráqueo con su música. Ambos logran una especie de éxito y mueven el nervio vital de quienes oyen. Con esto quiero demostrar, simplemente, que dentro de los planos cortos y allegados uno puede lograr la satisfacción de dar lo que tiene para dar. Puede que el superar nuestra esfera cuasi privada no dependa exclusivamente de nosotros pero al fin y al cabo la espiritualidad que tiene la música no podemos perderla. No es conformismo, no es delirio de grandeza, es saber gozar lo que se tiene cuando se lo tiene y no desaprovechar el recurso máximo que tiene el poder crear música. 

ANILLO

 En la comunidad se tomó la información como de quien venía. Para poder hacerla asunto de estado debía ser chequeada por integrantes del departamento de ciencia correspondiente y, una vez hecho esto, comunicárselo a las altas esferas para que decidieran transmitírselo a la generación vigente o esperar a que la venidera, tan pronta, gozase de dicho descubrimiento. El lugar del hallazgo, generalmente, está repleto de malos olores y figuras extrañas que se acercan algunas a hacer fluir el agua y otras a eliminar excrecencias. Estos últimos son las víctimas predilectas para la población, ya que están durante un período prolongado mirando un objeto aún más extraño y suelen elevar temperatura, permitiendo mayor atracción a los fines de la alimentación. Por su parte, el ser que suele ir a beber o a veces a recostarse en el agua no es el de interés tanto para la población como para él mismo. Su afán están más con las primas genéticas que comparten el cielo y la humedad.  El hecho, puntualmente, sucedió a media tarde de un día caluroso, ideal para las labores y la procreación. Una de las figuras, la que más transpiración apetitosamente generaba, estaba lavando las distintas superficies del cuadrante donde, según el informe, una decena de pobladores merodeaban por distintos rincones. En su mano derecha portaba un trapo color verde y en la izquierda una botella con una especie de difusor. El blanco no era sencillo de aproximación, ya que su movimiento era continuo y el grado de atención elevado, como para no ser víctima de un descuido en la zona de los tobillos, que sueles ser la más accesible. Sin embargo, el poblador Nro. 47.052 de la era 20/21 decidió acercársele a un sector cercano a una extremidad izquierdo. La víctima hizo un giro veloz hacia ese sentido y generó que Nro. 47.052 descendiese abruptamente a la plataforma blanca que obstruye el lugar que utilizan para defecar. Allí, sin tiempo de reacción, recibió una lluvia proveniente de la botella. El líquido inutilizó las alas, pero Nro. 47.052 dio batalla queriendo remontar vuelo; otra embestida lo embebió en el líquido quedando paralizado bajo una muerte, se infiere, dolorosa. La figura continuó con sus movimientos hasta retirarse del cuadrante y, por último, rociarlo con un spray de agradable aroma. Lo que no pudo percibir fue que del cuerpo desechado de Nro. 47.052 una iridiscencia comenzó a resplandecer desde el tercer anillo de su abdomen. Según el informante, sus alas se regeneraron y su zumbido se asemejó al de las primas, aunque su mirada ya no era la de él, ni la de nadie. 

JIRONES

Salió despedida de la antesala y el pasillo abovedado rumbo hacia la calle. La excusa era que faltaba leche, pero, por dentro, se drenaba una necesidad de desprenderse de ese hálito que envolvía el 2377 de la cortada Irizabal. Hacía días, semanas tal vez, que las cosas no estaban bien. Mamá cargaba una tristeza muy profunda luego del diagnóstico de la tía Vilma: cáncer. Era la palabra que de a poco dejó de ser tabú, pero no por eso menos dolorosa al nombrarla, como si fuese el error de todo aquello que aparentaba estar tan bien y que empezaba a trazar una fractura de generación en generación, cargando la sangre de hiel, dañando irreversiblemente la información cromosómica. Ella era parte de esa cadena, un eslabón más que, hasta hace unos meses, se preocupaba por ver si podía llegar a juntar la plata para el recital de Ca7riel y Paco Amoroso y ahora se sentía contaminada por algo que no había elegido y le tocaba simplemente por ser parte de su familia. Por nacer donde naciste, se repetía mientras cruzaba esquinas casi sin mirar si venía un auto. Reflexionaba sobre la desdicha de haber nacido bajo ese apellido o apellidos, el materno era el problema, o esa circunstancia o contexto. Solo podía ver la nube por encima de su cabeza, aunque no lograba trasladar la inducción a que no solo ella era presa de esa suerte, buena o mala. Recién cuando se alejó del calor del hogar, no sin antes dar los portazos necesarios, pudo ver que ese sino lo lleva cada uno y una adonde va, pero que rara vez se aplica al enjuiciar al que tenemos al lado. El otro tiene oportunidades, yo solo soy una víctima de mi destino, reflexionaba sinuosamente. En el camino que unía su casa con el almacén, también rememoró sus momentos con la tía enferma, como despidiéndose de antemano o viendo si su relación había sido lo suficientemente estrecha o quedaba algo por hacer. Concluyó que se veían muy poco y el dolor llegaba más por el padecimiento de mamá que de ella misma. Giró en una ochava y pudo detectar que el paredón había sido pintado con cal blanca y encima se habían pintado en negro las siguientes palabras: UN CORAZÓN HECHO JIRONES SIGUE SIENDO UN CORAZÓN, firmado por Poesía en acción. Se detuvo un instante para ver si lo que leía era efectivamente eso. Y así fue. Si esta es la poesía que nos va a salvar, estamos condenados, dijo al aire, apretando los puños. Siguió cincuenta metros más y llegó al almacén. Al ser atendida, ya se había olvidado por qué estaba allí, cediéndole su lugar a otro cliente para poder pensar. Recordó la leche y esperó su turno nuevamente. El almacenero buscó en la heladera el sachet y extenidéndolo le preguntó: ...y decime, ¿cómo está tu tía? Ahí supo, con certeza, que debía irse de una y definitivamente de ese pueblo. 

DRAGÓN

 Fue una de las primeras salidas que hizo Bruno junto a sus dos hermanos mayores. Los más grandes minimizaban el acontecimiento, pero ya habían recibido el apercibimiento durante la tarde por parte de sus padres, en especial de la madre. Por la noche, se dirigieron los tres a la casa de Fausto, que celebraba su cumpleaños en el garage acondicionado para tal celebración. Al principio, los saludos hacia Bruno fueron especiales dada la particular circunstancia, pero a medida que se adentraba la noche, ya casi nadie le prestaba atención y, de a poco, él mismo se fue apartando hasta quedar en un rincón cercano a la puerta principal y, a su vez, a la del baño. Esta ubicación impidió que ellas lo vieran. Un grupo de chicas que ingresó casi en manada y claramente no eran las amigas del curso de sus hermanos. Saludaron a la mayoría tomando el control de la música y del ánimo festivo, una o dos se percataron de la presencia del individuo del rincón, pero ninguna le dio demasiada importancia. Bruno estaba pronto a irse a su casa (la condición que mantenía con sus hermanos era simplemente avisar), pero cuando salió de la oscuridad notó que lo poco que había tomado de alcohol estaba haciendo efecto y, lejos de generarle temor, lo envalentonó. Se acercó a la mesa donde estaban las bebidas e intercambiando miradas cómplices con los amigos de sus hermanos se sirvió un trago más. El panorama se abrió hacia una claridad inusitada y todos los peones parecieron moverse para dejar a merced la única mesa libre en el fondo que le permitiría recorrer de punta a punta el territorio peligroso dela pista de baile de manera ilesa. Así como él arribaba a la mesa, también lo hacían dos chicas y un chico dispuestos a jugar un partido de truco. Ante la falta de un cuarto jugador, lo invitaron dándole un protagonismo que Bruno no buscaba, aunque no le molestaba. Sin embargo, ya sea por el alcohol o por su propia personalidad definiéndose en ese preciso momento, dijo que sí e intentó cumplir con su rol lo mejor posible. Nada de eso fue fácil porque los reyes lo pusieron a jugar de compañero con una chica a la que no pudo dejar de contemplar, no solo para transmitir y recibir las señas propias del juego, sino porque de su antebrazo, ascendiendo hasta su hombro, tenía tatuado un dragón que combinaba rojos, violetas, rosas intensos y azules marinos, despertando los pensamientos y sentimientos más contradictorios y menos eficaces para ganar cualquier partida. Al decretarse la derrota, no le quedó más opción que levantarse de su asiento para darle lugar a otra pareja ganándose un sos horrible de su compañera y un guió de ojos que quedaron en ese espacio innegable donde los mejores sueños y fantasías de Bruno sucederán arriba de un tatuado dragón.

 -¿Y para vos qué es?

- Un pantalón sin división. 

Y me sorprendí de mi respuesta. Hacía tiempo que me sentía extremadamente preciso en mis intervenciones orales, por más que en sí solo fueran o sonaran como estupideces o nimiedades. La vida de los sueños, ciertamente, ahora que poseía tiempo por las tardes para poder dormir siestas sin límite, se había acrecentado en cantidad y variedad. Eso me brindaba energía y sagacidad, creía yo, para, a la vuelta, en el plano consciente, escuchar con atención y responder de forma superadora o resuelta, por más que, repito, el diálogo parezca más inverosímil de lo que fue. Yo lo reducía casi todo a la posibilidad de introducirme en silencio y bien reposado en el universo de incongruencias atemporales. No hacía mucho, había esbozado una teoría en la que, en los sueños, las asociaciones se realizaban por eslabones temáticos, mientras que en la vigilia se producían por encadenamientos temporales. Esto me lleva a uno de mis últimos sueños en el que seres de hace diez años se pusieron en interacción con los de un pasado no muy remoto y, a su vez, con caras que había cruzado o imaginado esa misma mañana. El resultado fue una reunión bastante orgiástica, pero con el hilo conductor de ser todos personajes del ámbito estudiantil o académico. Al regreso, quedó un dejo de libido (no necesariamente sexual) que me hizo decir o hacer cosas a personas que rara vez podría llegar a atribuírseles. Por lo tanto, y aquí viene el punto por el cual inicié este bosquejo, en mí también hay un efecto libidinoso que es resabio de ese camposanto onírico que me da una fertilidad en la sinapsis y me aligera el celo que se siente al introducir la palabra productiva en el gran manto del discurso. O quizás me da el silencio y la paciencia necesaria para dar una estocada cuando el otro calla. Ayer fui a visitar a la hija de la prima de mi novia, tres años tiene, al principio no reconocía mi existencia, paseaba su mirada y se detenía en su madre o en otras personas presentes. Bastó para que me diese permiso para sentarme en su mesa de té para que en un intercambio no tan confuso, que podría catalogarse como diálogo, le pudiese explicar en una oración que jugar implicaba una cuota de compromiso por parte de los dos, ya que, si yo solo obedecía a todo lo que ella solicitaba, todo se resumía a un simple capricho. Esto, en otra etapa de mis sueños, no se lo podría haber explicado de ninguna manera. 

HUELLA

 La costumbre indica que los viajes de retorno, luego de unas vacaciones, suelen ser más largos y tediosos que los de ida. Está a las claras el por qué: la emoción de ir de un punto a otro es distinta, las ganas de estarlo es otra, la paciencia con la que se abordan también. En fin, obviamente estamos hablando de viajes hechos en auto, donde todo se hace más ameno si hay varios que conduzcan. La cuestión es que en el viaje que unió la ciudad de Curuzú Cuatiá con Las Grutas, fuimos tres los pasajeros y solo uno tenía noción de manejo. La distancia supera apenas los mil kilómetros, pero eso trasladado a tiempo sobre el asfalto es de casi diez horas. La ida y todo lo acontecido durante los días que nos quedamos allá son dignos de contar, pero en alguna crónica de esas cargadas de anécdotas positivas y gratas. Pero lo que voy a relatar corresponde al regreso del mismo, a bordo de un Renault Gol dotado de los requerimientos mínimos en cuanto a tecnología y comodidad; el "básico" como se le suele llamar. Es pertinente mencionar lo acontecido la noche anterior a la salida, debido a que es un atenuante significativo para el resto del tramo. Teníamos pensado retornar una vez nos levantásemos de la salida nocturna final, bien dormidos y descansados. Habíamos conocido, unos días antes, a unas cordobesas con las que entablamos una de esas relaciones propias de las vacaciones y, entre una cosa y otra, regresamos al departamento que alquilábamos pasadas las cinco de la madrugada, pensando que gozaríamos mínimo de siete y ocho horas de sueño. Sin embargo, a las diez de la mañana, nos golpean la puerta solicitándonos que dejemos el lugar, ya que otros inquilinos esperaban por entrar. A pesar de nuestras quejas, tenían razón. Apuramos el empaque y salimos hacia la playa, que era el único espacio donde no nos iban a cobrar por quedarnos. Dormimos mal y acalorados. Nos despedimos de nuestras amigas y salimos promediando el mediodía. Rotamos el copilotaje, pero rápidamente el tercero de nosotros se durmió profundamente en el asiento trasero. La temperatura fue in crescendo y los vidrios bajos no lograban alivianar el calor, más bien todo lo contrario. El número de plásticos de botellas de agua fue aumentando en la medida que teníamos estaciones de servicio para detenernos. El sol nos pegaba recto en las piernas, haciéndonos transpirar y achicando las pupilas para enfocarnos en la ruta. Hubo un fragmento que admito haber cabeceado, es más lo hice realmente, porque al despertar solo atiné a ver al conductor que seguía firme con la mirada en el camino y me decía: Va a cambiar el panorama, señalando con el movimiento de su cuello el firmamento frente a nosotros. Tras siete minutos ya estábamos debajo de ella. Solo queríamos que el auto y sus neumáticos no salieran de la huella hecha sobre el pavimento. Nos despabilamos, pero ahora el agua venía de afuera hacia adentro. Literal. Desde la alfombra brotaba agua y solo atinábamos a reír del nerviosismo. Nuestro amigo, atrás, dormía. 

ADORNO

 Lo forzado de esta elaboración obliga a un discurrir de palabras que se esparcen como pasta de un pomo apretado con fuerza mientras el orificio de salida apenas supera el diámetro de la cabeza de un alfiler. Ni la música de tiempos remotos, de esos que uno imagina cuando escucha subir las escalinatas melódicas de un chelo o un piano; ni las focalizaciones en objetos que uno tiene alrededor; nada viene en ayuda cuando la obstrucción creativa manda y la obligación escrituraria apremia. La postergación satisface a la irrealización que sonríe sarcástica al saber que por más que nos alejemos, tarde o temprano hay que volver para decir algo que es muy probable no tenga sentido o redunde en cosas, conceptos, metáforas, emociones o ideales ya dichos. Una calma, una pausa, una descripción de un tejado de época donde los gatos suelen dirimir sus querellas dicen que es la solución para detener las acciones y llevar al lector a lugares que seguramente no coincidirán con los que hemos pensado al momento de escribir. Pero la imaginación, la colectiva e individual al mismo tiempo, es el común denominador para compartir eso que el mundo llama literatura. Un adorno, un disfraz, una certeza, un punto de fuga, un modo de conocer, todas y cada una rodean nuestra corteza craneal cuando caminamos con la mirada de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Dentro, muy profundo, la inexplicabilidad yace tanto para el que escribe como para el que lee de que un tacto muy intenso unifica los tiempos y las tierras. Mientras tanto, ese esfuerzo primero se desovilla o, mejor dicho, se desanuda lentamente permitiéndonos retener en un haz de oraciones algún efecto propio, alguna imagen ajena o alguna teoría deliciosa. Entre los alambres de púa por los que arrastramos nuestro cuerpo creativo, se asoma una hoja escrita con vergüenza pero no por eso menos manchada de la sangre que solo busca decantar, junto con el tiempo que nos queda, la vida. De espaldas, doblada dentro de un folio, colgada como una prenda de un hilo y un broche o puede que reunida en un libro de un futuro inciertamente feroz, esperarán las escrituras fluidas y las trabajosas. Pensando que quien las leerá se dará cuenta del esfuerzo que demandaron y uno o una, al menos uno o una, agradecerá el sacrificio de la labor creativa, la inutilidad de la creación sin lucro, la despedida de un ignoto en los espacios blanquecinos de una, ya no, hoja en blanco. Pero primero concedámosle la vitalidad que tanto se hizo esperar, volviendo al plano de la acción, al respiro agitado y al tropiezo clandestino cuando todo parecía tan bien diagramado. Dejémosle que se oxigene bajo la rúbrica de un nuevo acontecer, un verbo que, de solo pronunciarlo, despierta la emoción del actuar. Un ordenamiento y una jerarquización del caos pleno en el pensamiento libre. Terminemos de una, y por esta vez, de escribir.   

LANZAR

 En sus inicios, solía ir a las plazas quedándose lejos del centro, trataba de que ninguna palabra se le escapara. Marcaba los ritmos con el pie y estaba atento a cuando alguno caía fuera o tropezaba. Eso, sin embargo, era evidente para la mayoría del auditorio. El ambiente le era extraño: su estrato social, la escuela a la que iba, el barrio en que vivía, ninguno era el acorde para pertenecer. De todas maneras, para él ese era el punto neurálgico de la explosión cultural, ahí se gestaba "la verdad" de su época por encima de lo que digan los que no saben realmente y de cualquier aula, museo o galería. Era crítico con lo que escuchaba y veía, detectaba las constantes en los recorridos que se hacían para poder lograr ciertos pareos: "matar al otro (figurativa y literalmente)"; "el nivel que el otro dice tener pero no tiene"; "vine a demostrar lo que vengo demostrando hace tiempo"; "sacar a relucir el pasado vergonzoso del otro"; "evidenciar lo malo que es el otro en sus mismos términos". Todo era anotado en un chat que tenía consigo mismo en el celular, cuando un encuentro finalizaba. También, registraba algunas máximas tales como: "el insulto explícito es una demostración de falta de recursos"; "dominar los tiempos es dominar la batalla"; "la rima no debe caer únicamente en el final de las palabras, pueden cortarse y rimar, aún mejor." Así se hizo su primer amigo, cuando en plena anotación escuchó: "¿y tenés bases para aplicar todo eso?" y al mirar hacia arriba vio a uno igual a él, esperando por su turno. Este amigo lo cuidó, principalmente de no entrar en el mambo antes de tiempo. Le pasó las bases más sencillas al principio, para, luego, ir complejizando; incluso sabía tirar beatbox. Sus primeras batallas fueron contra sus compañeros de escuela, a todos los venció. Pero se notaba que su mente estaba afuera, la arena principal era la plaza. Su amigo le dijo que, tal vez, estaba preparado, pero de poco sirvió. Su primer contrincante le ganó bien, por popularidad también, pero por mejor manejo de la retórica y la calle. Él tuvo un solo momento que fue al iniciar el duelo, con una temática que tenía preparada, aunque de poco sirvió. Al terminar, su vencedor lo tomó de los hombros y le dijo: "Pa, no podés prepararte las rimas con antelación. Las tenés que llevar con vos a todos lados, acá (poniendo el índice en la sien) y acá (apoyando el puño en el corazón)." Siguió participando de los duelos de la plaza hasta que se hizo familiar entre los asistentes. Decidió lanzar su nombre artístico y abrir un canal de YouTube, subiendo improvisaciones en su dormitorio y algunos videos de sus batallas. Se empezó a sentir parte de una comunidad, no solo por lo que vivía, sino también por lo que se podía decir. Una de sus anotaciones que tanto lo ayudaron en sus argumentaciones reza: Me siento parte de una generación sincera // que te dice careta sin importar quien seas. // Un grupo de pibes que muchos no tienen nombre // pero que sale a la calle con más huevos que muchos hombres. // Podrán decirme que no tengo proveniencia // pero yo me forjé es un hecho // pisando cada plaza con la misma insolencia, // sabrán mi nombre los wachos del futuro // porque yo lo que construyo // lo tallo en los muros (la variable agresiva, por si se había picado, cambia "los muros" por "tu culo"). 

CONGELAR

La pregunta sobre qué significa ser mujer fue (y es) uno de los lazos más certeros que tengo con Vicky. Desde hace casi treinta años que somos amigas y hoy, con con 37 cada una, hemos llegado a un punto en el que esa misma incógnita está por definir una variable que, de producirse o no, va a cambiar nuestras vidas para siempre. Ambas somos graduadas universitarias, solo que ella sí ejerce de arquitecta. Mi trabajo como madre de tres ya no me deja tiempo para ni siquiera estar aceitada en estructuras básicas de la construcción. Si hoy tuviese que edificar algo, es muy probable que el primer viento lo tumbe. Ella, en cambio, recientemente ganó un concurso para levantar el primer rascacielos en medio de un área desértica de alguna ciudad perdida de Medio Oriente, donde no solo su carrera profesional llegó al punto más alto sino que también nació la razón por la que nuestra amistad está al borde de desaparecer. Es bien sabido que la vida cultural por aquellos lugares se presenta mínimamente exótica para nuestros ojos occidentales. Pero, en el tiempo que ella permaneció allá, estuvo en contacto con un grupo de mujeres que, en su condición, lejos están de ser lo que nosotras, desde chiquitas, entendíamos que una mujer debía ser y defender. Se involucró tanto que llegó a estar ligada a una agrupación que actúa necesariamente en la clandestinidad. Los móviles de este grupo son, por supuesto, la liberación de la mujer ante la opresión del hombre y, entre otras causas, la modificación genética de los óvulos cuando estos se congelan con el fin de ser fecundados más adelante. "Estas mujeres están tratando de liberar no solo un condicionamiento social e histórico sino incluso la manipulación en la obligación de tener que seguir trayendo gente al mundo. Continuando un escarmiento que solo nosotras podemos detener. El cambio tiene que ser radical y a fuego, algo que cambie hoy y para siempre", me escribió en la última carta que recibí (enviaba cartas porque decía que a los mails se los podían espiar tranquilamente). A mí sus palabras me daban más miedo que esperanza. Mis tres hijos fueron un motor en mi vida y no una opresión, pero entiendo que allá las cosas son diferentes y, sin ir más lejos, cerca nuestro también. La penúltima vez que nos comunicamos me dijo que estaba reunida con una doctora en biodecodificación y le había explicado todo acerca del método que haría cambiar el futuro de las mujeres, pero para eso necesitaba acceder a las clínicas de fertilización in vitro y hackear todas las incubadoras. Era un trabajo lento pero a gran escala. La última vez que nos vimos fue acá, en nuestro país, ella venía vestida con una formalidad que le permitiría el acceso y la no sospecha a cualquier clínica que fuese. Discutimos mucho sobre el sentido de sus acciones y el grado de certeza de sus convicciones. Sus palabras finales, con el mayor grado de justificación que, para mí, puede tener lo injustificable, fueron: Tengo que congelar.

PEZ

 ¿Qué recorrido le espera a aquel que tuvo su religión durante la infancia de manera heredada (o impuesta como más le guste), se alejó y, luego, con el correr de los años, debió asumir la inevitable incógnita de qué hacer con su vida espiritual? ¿Qué recorrido les cabe a aquellos otros que no han tenido experiencias previas y se hallan con la religión por vez primera y ya de adultos? Las preguntas podrían ser muchas más, sin embargo, estas dos iniciales son suficientes para marcar un encuentro y que de ambas se desprenda la idea de ver cómo se asimila estar frente a algo novedoso. Hace un par de días, estuve en la casa de un amigo que practica un culto que data de cinco mil años antes de Cristo. Él está alojando a otro correligionario proveniente de Brasil, pero nacido en el conurbano bonaerense. Tuve la oportunidad de ser parte de sus actividades, de poder verlas y hasta de participar, si era de mi agrado. Pero más allá de esto, lo trascendente fue la charla que tuvimos sentados sobre una manta entre mates y tortas fritas. A mi amigo ya le conozco las aventuras y desventuras, y se ha ganado mi respeto de "vivir la vida", con todo lo que ello conlleva. Pero su compañero empezó a narrar su historia previa a llegar al punto que nos reunía y le sacó tres o cuatro cuerpos a "la calle" que cualquiera puede ostentar por haber vivido de mochilero en el norte tres meses. No obstante, a lo que apunto es a destituir un lugar común como lo es pensar que todo el que llega a una etapa de resignación material es por ser un gusano de templo que no lo quedó otra alternativa. La segunda premisa a derrocar es esta: Envidio a los que creen en Dios, porque tienen el camino allanado. A partir de esta afirmación el escéptico lubrica su sacrificio cotidiano por afrontar la existencia sin ninguna mano que lo condicione y, mucho menos, guíe. Pensando que el devoto deja su cuerpo flotar como un pez en el agua eterna y atemporal del Supermo al depositar su destino en esa fuerza y desestimando las restricciones físicas, materiales, alimenticias y terrenales que implican elegir un desafío por y para la espiritualidad. Claro, porque a nosotros, ateos-agnósticos-progresistas nos va de maravillas permitiéndonos todos los placeres y goces posibles, al punto de sentirnos pésimo si no estamos en un disfrute constante de cada minuto que respiramos. Una de las cuestiones que remarcaron ellos, estando allí, sobre nosotros, los que estamos acá, es la preconcepción que tenemos de que la práctica religiosa es un mero dogma con un culto gregario que obliga al practicante a acometer actos estrafalarios en nombre de la Verdad develada y no una creencia (fe, en la jerga) en que las cosas están dichas hace milenios antes de que existiésemos. Sin asumir que lo que no podemos es dar un pequeño, ínfimo, paso al costado y dejar de vernos como el centro, la causa, la razón y la finalidad por la que todo el mundo, el universo y lo desconocido existe. ¿Que creen ciegamente (y no tanto) en algo? Es verdad. ¿Que depositan su confianza en eso plenamente? También. Ahora, ¿que parezcan no estar viviendo plenamente por practicar un ejercicio de espiritualidad? Eso, definitivamente, no lo puedo creer.

IMBÉCIL

 Reunidos estábamos luego de quince años de haber terminado la escuela secundaria. El gimnasio, que otrora había sido sede de competencias deportivas, amontonaba diez tablones con un manteles que rozaban los muslos incómodamente. Las luces blancas de los fluorescentes refulgían en modo led y todo parecía estar demasiado claro como para darle vida a las arrugas que nadie se salvaba de compartir. Pero el espacio no era lo único que nos reunía, también estaba el vino. Alguno más avieso al néctar escarlata subía y bajaba su vaso a una velocidad mayor que el resto, al tiempo que esperábamos para recibir el plato de entrada. Lo cierto es que cuando fue el turno de la comida principal, había un promedio de cinco comensales que ya tenían los ojos por demás de vidriosos. Es factible que, a pesar de que haya transcurrido tanto tiempo, aún tenían la certeza de que el enemigo central de las instituciones educativas son los vicios. El primero en acercarse fue el profesor de gimnasia, saludó como si reconociera a todos y cada uno, pero en el pasaje de su mirada se notaba que varios apellidos no estaban en el registro de su memoria. La siguiente fue la profesora de lengua, una mujer, ahora más, menudita que en su momento acaparaba los amores incipientes de los adolescentes, pero que su estadía tan prolongada en el colegio le había pasado evidentemente factura. No obstante, debido al nivel etílico, varios se gastaron en elogios por el pasado que fue mejor. Por último, y no menos sino más importante, se arrimó al tablón el director que, muy atrás en el tiempo, regía la primaria, en nuestra época la secundaria y, se decía, poseía acciones como propietario de la escuela. Sus palabras, lejos de ser gratificantes o de bienvenida, fueron en reprobación por la cantidad de cadáveres de vidrio que se distribuían por la mesa. Su mensaje fue corto pero contundente: Siempre los mismos. Y eso me incluía. Acto seguido subió al escenario para dirigirse a todos los presentes no ocurriéndosele otra cosa mejor que repetir la reprimenda a nuestra mesa. El silencio en el gimnasio fue palpable y las palabras rebotaban en un eco que las hacían el doble de incómodas. Alguno que otro trató de tomar esto con humor esbozando una sonrisa por lo bajo, pero el director, lejos de retraerse, continuó elevando su retórica contra los que desprestigiaban el nombre de la escuela. El punto cúlmine se produjo cuando empezó a decir uno por uno los apellidos de los herejes. Al llegar al mío, recuerdo que, en un envión energético y calórico, previo a salir bajo una lluvia de aplausos y posterior a patear mi silla de plástico, grité con la copa en la mano alzada: ¡Cállese, viejo imbécil!