EMINENCIAS

 ...nuevamente en bici, cruzo avenidas y esquivo autos, se me parte el manubrio, pero sigo andando. No tengo destino alguno. Derivo en una sala con una mesa y algunas sillas de espera. Frente a mí un señor habla con autoridad sobre literatura mientras un chico y una chica le hacen una entrevista (en realidad ella es quien pregunta, él es silencioso). La chica le hace preguntas porque quedó con ansias (de esas propias de la gula) del día anterior cuando dio muy excelentemente su examen ante la eminencia. Yo sonrío por eso, ella me detecta y me ataca: ¿De qué te ríes? La literatura también es risa, le digo. El profesor sigue hablando con monotonía y logro distinguir que le recrimina al chico: Él, con treinta años, no puede decir cómo está compuesta la palabra "alfabéticamente". Yo intento hacerlo mentalmente y fallo también. Aparece una secretaria regordeta anunciando el inicio de una reunión: ¡Acuérdense que somos la pregunta!, exclama con alegría. Ahora el profesor se transformó en una mujer emperifollada con cabellos rojizos y rulos sin densidad, pero eléctricos; viste de marrón y su mirada está siempre a punto de tornarse violenta. Comienza a hablar de la métrica poética y de sus grandes poemas. Yo intento mostrarle uno de los míos, saco mi cuaderno de mi mochila pero ella me detiene. Yo aclaro: Sí, se me complica hacer bien la métrica. Por supuesto, responde ella. ¿Cómo sabe que es así (si nunca leyó nada mío)? Yo lo sé, -y su mirada que busco y rebusco es inapelable- podrías estar muchísimos años intentándolo (o algo similar de hiriente), termina de espetarme antes de que la pequeña regordeta los apure una vez más: ¡Somos la pregunta!, vuelve a exclamar. La mujer, siento, antes de entrar a la reunión me regala un halago implícito. Ahora en la sala hay nuevos profesores (una que reconozco mastica una aceituna), todos quieren que les cuente qué me dijo la eminencia colorada. Yo, despierto. 

NIEVE

 A quienes creen que los recorridos tienen una preconcepción, no solo por los tiempos en los que se realizan o cumplen en base a las expectativas sino también por las determinaciones que supuestamente nos rigen a partir del lugar donde hemos nacido, a esos me gustaría contarles las infinitas historias que reúnen a aquellos que todavía no hicieron lo que la mayoría sí. Y como no voy a poder contarlas a todas, voy a quedarme con una, con la que para mí resume los esfuerzos por llegar a instancias que deberían garantizarnos la felicidad, pero, así y todo, nos siguen dejando el sinsabor de lo no vivido. Experiencias que tardan en aparecer y, casi sin darnos cuentas, vamos desechando hasta quedarnos con el resabio de un mundo empobrecido dentro de lo ya reticente de las posibilidades. Irene fue mi novia durante cuatro años. En esa época ambos estábamos saliendo de los condicionamientos familiares y empezábamos a gozar de una independencia que nos daba mucho tiempo aunque poco dinero. Nuestros primeros viajes fueron a destinos clásicos como el mar en verano y la montaña, también en verano, ya que no podíamos elegir mucho por las limitaciones esgrimidas. Siempre íbamos de camping y, hasta que yo aprendí a manejar, nos desplazamos en colectivo y hemos hecho dedo en más de una ocasión. En unas de nuestras vacaciones en las montañas ella me mencionó lo hermoso que sería ver todo ese escenario cubierto de nieve. Yo continué con ese hilo mencionando otros viajes que había podido realizar con mi familia y con amigos, sin olvidar el, ya no, clásico viaje de egresados. Estaba en el medio de mi disertación sobre deportes sobre hielo y vi que su mirada estaba en otro lado, mientras con nervios inconscientes arrancaba motas de pasto. Me detuve abruptamente y le pregunté qué le pasaba. Luego de unos sucesivos e incómodos nadas, me confesó que nunca había conocido la nieve. Más de un año y medio estuvimos planeando el viaje a las montañas en otoño-invierno. Estiramos al máximo la fecha de partida para que las nevadas llegaran antes que nosotros. Estuvimos más de diez días en nuestro destino y las lluvias fueron permanentes. La inclemencia de la naturaleza fue tal que el camino en aerosillas a las cimas estuvieron todas inhabilitadas por días. Con el más profundo de los dolores, y el peor sentimiento de resignación en ella, volvimos a casa sin haber cumplido el sueño de Irene. Tiempo después, una vez separados, nos encontramos en la peatonal y charlando me dijo que todavía no la conocía. Deseé que la persona con la que estuviese tenga un pacto mejor con el destino o la naturaleza para poder darle algo que, para mí, es inherente a lo que significa vivir. Por otra parte, sin darme cuenta, la historia de Irene me demostró que toda la armonía que yo podía aspirar sobre lo que me rodeaba estaba lejos de ser remotamente así y, por sobretodo, depender de mí. 

ROEDOR

 Los trabajos universitarios tienen, entre sus tan pocas formas avaladas de realizarlos, una que consiste en tomar un hilo conductor y hacerlo dialogar (palabras o frase muy recurrentemente pedagógica) con dos, tres y no muchas más literaturas (en este, mi campo de estudio). Entonces, se puede hacer un análisis sobre las formas de violencia doméstica del Siglo XX en Europa Oriental utilizando la intertextualidad entre Los Hermanos Karamazov y Ana Karenina. De allí pueden desprenderse múltiples aristas o subtítulos que no vienen al caso. Hubo una vez, cuando ya no iba más a la universidad porque no me daban las pestañas (ni las neuronas) que hice un ensayo (sin saber, en ese momento, que lo era) para la carrera de nivel terciario sobre la concepción de la infancia como una etapa reconocida dentro del crecimiento humano vista desde una selección dentro de un libro de George Duby y dos literaturas. Estas últimas, lamentablemente, ya no las recuerdo. Sí recuerdo que quedé muy conforme con esa puesta en escena que fue, ni más ni menos, frente a una docente que dictaba cátedra en la universidad y luego, al final de la carrera, me confesó que me hubiese ido muy bien en el ámbito universitario. Supongo que ella no debe recordar eso que me dijo, pero por suerte la memoria es una de las pocas y reales propiedades de hecho, tanto así como lo que consideramos memorable. Este mediodía, durante el almuerzo con mi novia, nos propusimos que la comida durase treinta minutos. A los cinco ya me había devorado tres cuartas partes de mi plato. No tenés que cortar un pedazo mientras tenés otro en la boca todavía. Comé como un roedor: de a poco pero masticando mucho, me aleccionaba cual primate (con el perdón de los primos evolutivos). En ese período que duró el almuerzo me puse a pensar en el tiempo que le dedicaban las familias, los hombres y mujeres con sus hijos, parientes, vecinos, conocidos, de hace cientos (por qué no miles) de años para ese ritual del día. Horas tal vez, compartiendo el alimento cotidianamente sin la necesidad de salir despavoridos a retomar alguna actividad o simplemente revisar el celular. Creo que sería un buen tema para un ensayo universitario detectar algunos registros temporales del acto de almorzar o cenar en ciertas literaturas de determinadas épocas. Puede que algunos autores se detuviesen en ese aspecto como parte de una cotidianidad, marcando un poco más la huida de comida veloz en la que hemos convertido nosotros el compartir una mesa o, en realidad, un alimento. 

PARKOUR

 ¡Eso no cuenta como salto!, gritó Adrián desde la otra orilla. Nico lo miraba molesto mientras se limpiaba las rodillas con las manos. Por supuesto que sí, viejo, respondió señalando el espacio de aire que los distanciaba. No está permitido agarrarse de ninguna cosa para cruzar, querido. Las consignas eran claras; habían sido redactadas aquella tarde en el Parque Botánico cuando decidieron oficializar lo que parecía un pasatiempo. Carajo, siempre se me olvida eso, venía perfecto. Es que si no me impulso con la ayuda de la antena no creo que llegue. Ese no es mi problema, la fuerza viene de este templo –Nico golpeaba su pecho y sus piernas- y no de artificios externos. Bien, es verdad eso, pero eso lo decís porque sabés que tenés más fuerza de piernas que yo. ¿Vas a seguir buscando excusas o vas a volver a hacerlo? No, ya me cansé, vamos a otro lugar. Ah, claramente estás asustado. No. Sí. Ok, ahí voy. Nico se dejó caer por una pared hasta un techo, cayó de nuevo en una saliente, bajó unas escaleras, se tomó de un caño de agua que cruzaba de edificio a edificio y volvió a retomar el camino ascendente. Acordate, no te agarres de nada. No. Adrián observaba la escena con mucha atención; antes de saltar, Nico lo miró, lo vio pestañear y se sorprendió. Al despertar, Nico vio una luz amarillenta y sintió gusto a metal en la boca, sobre él había una figura con aspecto humano pero que no lograba identificar. No es Adrián, se dijo. Volvió a perder el conocimiento. Al recuperarlo una ráfaga de viento fue lo primero que recibió, la sintió primero en las piernas, luego en los brazos y por último en la cara. Al mirar hacia abajo vio la rugosidad de los techos. No estoy en el piso, se dijo. Al mirar hacia adelante se vio venir. Estaba subiendo la escalera e iba decidido a saltar, veía la secuencia, se veía caer y sentía desvanecerse. Una vez más despertaba, ahora en el piso, un líquido caliente se deslizaba desde una oreja en tanto todo alrededor se batía inestable. No puedo moverme. Miró hacia arriba, no había más que cielo y dos edificios enfrentados, pestañeó, al abrir los ojos vio aparecer una cabeza por sobre el edificio derecho, la figura se alargó toda sombra, se estiró y vino sobre él entrando por su boca llenándolo hasta descomponerlo. La oscuridad invadió. La cuarta vez que volvió en sí, se vio venir nuevamente, decidido. Abrió sus ojos lo más que pudo y quiso gritar, le fue imposible. Pestañeó, vio su salto, vio su error de cálculo y se vio caer. Se desmayó. Al despertar, Adrián no sabía cuánto tiempo había pasado, caminó hasta el borde, se asomó y vio a Nico tirado en el piso, un hilo de sangre salía de su cabeza. Desesperado abrió su boca y con fuerza inhumana gritó: ¡Adrián!


INTACTA

Los primeros testigos fueron dos vecinos, es más, fueron ellos quienes los encontraron. Para su poca suerte uno era pariente, primo hermano, así que en realidad la impresión fue doble o cuádruple. De todas maneras, poco significó frente a la magnitud total de la evidencia hallada. El verano tardaba en llegar, se repartía entre cambios de vientos y calentamientos globales que traían consigo intervalos de altas lluvias y bajas temperaturas. No obstante, esos últimos días, la calidez había estado pareja durante casi una semana permitiéndole a este grupo de cuatro integrantes concretar su despedida de año, que en realidad era festejo del día del amigo, tan habitual en el mes de diciembre. Muy cerca se encontraron un par de pelotas, lo que permite estipular que algún juego de fútbol se había realizado promediando la tarde del sábado; una mesa casi cuadrada de aproximadamente un metro de lado por sesenta centímetros de alto al principio generó muchas dudas, pero se dedujo que también podría haber sido utilizada para practicar cierto fútbol-tenis con variante de pique. A su vez, desperdigados alrededor, se hallaron diversos elementos propios de un evento veraniego.  Ahora bien, si del hecho puntual hay que referirse podría mencionarse que, tal como sucede con las noticias escabrosas, hay un pacto entre las instituciones gubernamentales y los medios de comunicación en no brindar detalles a la población en general. No por lo improbable de su acaecimiento sino por la magnificencia de su rastro, casi artístico, a la par de lo trágico de su consecuencia. Hay una serie de factores que deben confluir para que esto se produzca: la aleación química sumada a la fuerza del impacto que estatúa los elementos sólidos y evapora los líquidos, la zona de presión atmosférica llevada al mínimo y el cruce de temperaturas que oscilan en una variable de tiempo muy corta. Cerca de las 20:30 hs, aún con el sol amagando a irse, los vientos confundían a la nubosidad pero principalmente a los humanos. Desde la ciudad todo parecía más peligroso, desde el llano césped solo una tormenta más. Con lo que quedaba de energía, y ánimos, se supone que los jóvenes terminaron de sobredorar sus pieles en un partido de fút-table y se lanzaron presos del calor a las aguas de la pileta. Alguno de ellos, más precavido, fue en busca de una lata de cerveza para refrescarse aún más. Una vez todos adentro se quedaron en la charla habitual de los desacostumbrados a nadar cuando se acerca una tormenta. Habrían incluso hecho chistes sobre la tan poco probable chance de que sucediera algo así. Lo cierto es que todos vieron, tanto en la ciudad como en las afueras, ese cielo algodonado trazar figuras de pliegues sobre pliegues confluyendo en un gran ano gris. Y el movimiento fue tan súbito que solo nos queda imaginar lo que la naturaleza nos dejó. El aeródromo situado a escasos kilómetros todavía no puede explicar por qué sus instalaciones preventivas no fueron efectivas. Tal vez, en una deducción un tanto metafísica, fue esa comunión única de la amistad lo que desvió la atención del fenómeno. Se llegó a decir que el número de ph o la concentración de cloro fueron los elementos seductores, otros solo se lo atribuyen al azar. La mañana siguiente, después de una noche intermitente de destellos y centellas, el día estuvo de nuevo caluroso. Impecable verano. Brillante como la purga de un trabajo arqueológico, tallado con precisión quirúrgica como un Miguel Ángel. Nunca fue necesario reconocer las identidades. Tal cual un museo, como el flash de una foto, la luz se precipitó, los atrapó en burbujas interminables de energía y sin que pudiesen pestañear los dejó a todos descansando exactamente como estaban disfrutando. Una lata, imperial, quedó intacta, sostenida entre los dedos de ese primo que no pudo llevársela a la boca pero sí evidenciar su sed.