CÁSCARA

Una escena dentro de un libro determinado describe y narra el momento en que un policía corrupto pregunta, con la timidez de aquel que sabe que debe cobrar pero no se anima a apurar al que debe pagar por temor a perder el delgado y tácito vínculo ilegal, cuándo recibirá el monto acordado. Su interlocutor responde algo que no viene al caso, ya que, en mi imaginación de lector, esa instancia fue suficiente como para que me pusiese a pensar en todos esos seres que andan dando vueltas allí afuera, en la calle, buscando cobrar lo acordado a alguien. Esos acuerdos de palabra que son de palabra precisamente porque si fueran con papel y firma implicarían rendir cuentas que tanto uno como otro no desea, generando que, más allá de esa evasión que lo une, deban depositar toda la confianza en que el otro hará lo que dijo que iba a hacer. El movimiento del dinero es fundamental para que él mismo, el dinero, no deje de circular y se termine. El que debe, o al que le deben, entra en un flujo que lleva y trae porque probablemente si uno está esperando que le paguen, hay otro que está esperando que saldemos nuestra cuenta con él o ella. A pesar de este ciclo, que aparenta laberíntico y se retroalimenta con las necesidades que no cesamos de tener y, por si las moscas, inventar, el sueño de "salvarse" de un día para el otro no descansa. Cada mañana es la ideal para dejar de renegar con el que no paga o el que se resiste a comprar; cada mañana es la mejor para que llegue ese cliente que vendrá hacia nosotros y comprará todo el stock al precio que uno le ponga sin chistar y dejaremos de depender de esa carga que aparece hasta en sueños repitiendo y multiplicando el número de cajas apiladas a la espera de ser vendidas. Todavía confabulamos con que la agonía de correr detrás del billete termine, dedicándole tiempo y energía al modo de saltar por encima de la línea de la clase social que nos incluye. ¿Cuánto tiempo del día le dedicamos a esa cacería, a esa insatisfacción perenne?; ¿cuánto de la semana, del mes, de los años?; ¿por qué no podemos decirle a los y las pibas que el mundo de la adultez les traerá alegrías más grandes a las que el dinero permite acceder? Puede ser que a muchos no les moleste e incluso les apetezca la adrenalina de roer en el menudeo económico para sentir la vida siendo. Los autos se transforman en hogares que los y las conductoras acondicionan para pasar horas recorriendo los caminos que les den el ingreso necesario para mantener ese mismo auto y, por qué no, dar de comer a sus hijos. Lo cierto es que no todos sufren esa avidez, algunos la abrazan y la defienden porque es lo que mejor aprendieron a hacer, o les enseñaron. Me gustaría hablar con ellos unos minutos, para ver quiénes fueron sus maestros, para ver qué cae, qué se muestra al rascar un poco la cáscara de ese afán. Juro que hasta pagaría por eso.  
 

CONTINUUM

 Esto sucede, como debe ser, en el viaje de regreso a casa desde el trabajo arriba de un colectivo. Quien narra se toma el atrevimiento deliberado de observar críticamente a los que comparten el habitáculo enlatado con él. Se hace el que escucha música pero no tiene puesta ninguna melodía, solo se dedica a escudriñar y escuchar. El área, en general, está muy callada de voces; no así el exterior motriz, que ofrece el típico concierto de una ciudad metropolitana un miércoles a las cuatro de la tarde. También la luz del sol brinda imágenes nítidas de los rostros con sus arrugas graduales en tanto la edad que se pueda adivinar; siendo que la faena diaria acelera el ocaso de muchas pupilas aún jóvenes. De todas maneras, fue una piel pulida y clara, tersa y blanquecina, la que le llamó la atención y prometió no olvidarse o retener lo más eficientemente para luego describirla con detalle. La cualidad de impoluto que lo sorprendió no venía de un recién nacido o de alguien cuya procedencia genética debería ser suficiente, sino de la sorpresa que daba esa piel al encontrarse en contacto con raros estímulos después de mucho tiempo. Raros para esa piel, pero no para el común de las pieles. Lo segundo fue adivinar la edad, y aunque al principio le pareció sencillo decir 16 o 17 años, después empezó a visualizar otras cosas que lo hicieron dudar: las uñas tenían una amarillento aspecto que mostraban una decena de pliegues que solo el tiempo da; las medias estaban un tanto caídas y dejaban ver un bello renegrido y rizado, rodeado de algunas manchas o moretones, incluso alguna várice arácnida; la calidad del cabello era demasiado escasa, como de una persona con insuficientes nutrientes corporales como para darle un mínimo de vigor. Un leve movimiento acomodándolo detrás de la oreja reforzó la idea de que ese supuesto joven níveo hacía mucho, demasiado posiblemente, tiempo no salía de su casa. Un último detalle lo convenció: la patilla estaba crecida confundiéndose con el nacimiento de su barba. Tanto uno como otro formaban un continuum que no transmitía un estilo estético determinado sino más bien el resultado de cierta dejadez existencial o, como prefirió considerar, el efecto de un millar de horas frente a una pantalla (o a varias) sin salir de casa. Una vez centrado en ese pasajero, llegaba el momento de pensar lo que él estaría pensando. Ya no había vuelta atrás, era una de las necesarias y clásicas jugadas del observador crítico que después pasa todo a palabras. Era el momento de convertirse en Dios. Se acomodó en su asiento e ideó: "No estuvo tan mal salir, aunque ahora estoy un poco inquieto. Me siento el olor. Eso no está bueno. El sol está fuerte, aunque hace bien. Esa piba que se subió está linda, creo que la vi en Tik Tok, nah, qué digo, si las de Tik Tok no viven acá. ¿O en Instagram era? Qué se yo. Igual esto está bueno, es como tener una vida más. Como en Dark Society II. Al final, los videojuegos me sirvieron para entender que si entreno mis diferentes skills puedo desempeñarme mejor o peor en la realidad. Sociabilidad: 4, Inteligencia: 8, Encanto: 6 (hasta 7 alcanzo); Estilo: 9; Experiencia: 5; Personalidad: 7, Misterio: 8; Tecnología: 9; Dinero: 4. Tengo que estar atento, en una de estas tengo que tocar el timbre. Mejor me paro. Mirá ese, se hace el que escucha música y me mira como un acosador. La calle está llena de locos."