COYUNTURAL

Como padre, la peor sensación de lo que desataría el terror en función explícita era una explosión súbita. Cada vez que prendía el horno, abría el agua caliente y el calefón encendía o algún elemento gaseoso de alta y espontánea combustión estaba cerca de su familia, lo invadía un escalofrío que ya había logrado socavar en gestos aprendidos, aunque por dentro el miedo lo estremeciera implacablemente. La imagen del cuerpo desmembrado de su hija o de su mujer, él intentando agarrarlas en el aire despedidas por la sorpresa y el impacto; el calor y el aturdimiento lacerando pieles y tímpanos, todo confluía en un microinstante de indefensión absoluta, donde su poder y responsabilidad quedaban sin efecto, demostrándole que, por más que se esforzase, un evento así podía arrebatarle lo más amado de manera instantánea. En realidad, no existían razones certeras para poseer estos temores, sin embargo, parecían nacer desde un lugar más primitivo que el de sus instrumentos de cocina y baño eficazmente calibrados. No sucedía lo mismo con el agua, a la que respetaba pero no así temía en demasía; los demás recursos naturales e incluso las fuerzas peligrosas provenientes de los hombres no lograban tensionarlo en situaciones cotidianas. La explosión sí. El impacto voraz y devorador lo hacía rezar por las noches antes de dormirse a una imagen de Dios que pudiese controlar tal fuerza que él no. Esto no lo había compartido con nadie, ni con la mamá de su hija siquiera, ya que ese sentimiento lo tenía antes de que la niña naciera. Todo devino cuando cayó en la cuenta de que lo que él consideraba que era amar a alguien implicaba cuidar a esa persona de los males circundantes. Se ve que su mente, hábil conspiradora, rastreó y configuró una escena que le presentara el peor de los escenarios posibles y le demostró que ya no era suficiente con desestimar la finitud de su propia existencia cuando ahora había otros que se respaldaban en él. A partir de allí, del reconocimiento de ese sentimiento que tranquilamente podía transformarse en presagio, buscó las maneras de evitar y alejar a sus seres queridos de instancias que pudiesen motivar aquellos resultados tan temidos: se encargaba de prender el horno siempre, pedía que se alejen del calefón cada vez que lavaba los platos, jamás puso un tanque de gas al auto, evitó siempre los lugares que usaran garrafas para su encendido (esto lo llevó a cancelar unas vacaciones en unas cabañas del norte hasta encontrar un hospedaje a gas natural). Pero a pesar de sus esfuerzos y contemplaciones, el tiempo pasó, su familia creció, él creció, y ese temor coyuntural lejos estuvo de disiparse. Empezó a temerle al fuego en casi todas sus formas y manifestaciones, quitándole un goce indispensable para procesar los ciclos básicos de la satisfacción, el dolor y, por sobre todo, el equilibro entre la vida y la muerte. Ya grande, entrado en años y cansado, a pedido de su intacta hija mayor, comenzó a ir a terapia.